2. Pascua 2022 C Jn 20,19-31
“Creer sin haber visto”, y además proclamamos que “está vivo”
Decir esto, es de un realismo brutal. Estamos para decir, como Tomás: “si no lo veo, no lo creo”.
Pero también Tomás vio y palpó las llagas de Jesús que, siendo llagas de muerte, se palpaban en un ser viviente, y esto fue lo que le llevó a reconocer en Jesús a su Señor y su Dios.
Que el sepulcro se ha quedado sin cadáver, que el testigo ve a Jesús resucitado con su cuerpo -por eso lo conoce como el profeta de Galilea y como el crucificado en el monte Calvario-, es demasiado y, más si se añade que Jesús se les aparece como Señor, es decir, que su vida es divina, que vive de un modo totalmente distinto a como vivió históricamente: se muestra con el Señorío de Dios, con la autoridad de quien da la vida nueva, la eterna.
Es el crucificado, pero ahora su presencia es gloriosa. La conclusión es clara: la fe no se deriva de razones controlables.
Afirmar que está vivo es normal desde la teología que nos han enseñado. Esta realidad de nuestra fe, la resurrección, la presentamos sin racionalizar el acontecimiento, ni tampoco espiritualizándola para evitando el escándalo.
Los testigos que lo vieron no cuentan cómo resucitó, sino que resucitó, efectivamente, porque está vivo. No podemos reducir el acontecimiento a experiencia, porque es el Resucitado el que crea la experiencia, no al revés. Por tanto aquí no es la fe la que crea el acontecimiento, la resurrección, sino que el Resucitado ha creado la fe y la capacidad de verlo.
Juan llama “dichosos a los que creen sin haber visto”. La realidad es que los apóstoles vieron y creyeron, porque para ellos se les apareció, para que lo viesen y fuesen testigos; pero no sólo fue esto, sino que recibieron una luz interior que va más allá de la visión física, para poder percibirlo en su vida de Señor, es decir, de fe.
Claro: el acontecimiento es previo, y por eso el testimonio de los que lo vieron, también.
A nosotros nos toca oír y creer (Rom 10), cuando la fe no es creencia ideológica, se me da percibir al Nazareno como real y viviente. Nada de esto es posible sin entrar en la relación personal, sin relación con Jesús no podemos percibir lo real que es. Relación con él, vitalmente desde el corazón. Me implico en un proceso de conocimiento y relación con la persona de Jesús, que me permite ir más allá de la verificación de la resurrección para fundamentar el sentido de la existencia en la persona de Jesús y este paso la mayoría no quiere darlo.
Dios entra por los sentidos cuando nuestros sentidos ven y palpan dolor y sufrimiento, llagas y cicatrices de muerte. Pero ahí ya no hay muerte, sino vida, esperanza y futuro.
¿Qué enseñamos nosotros como pruebas de lo que Jesús es de verdad? Sí, en estos momentos en los que nos toca vivir la realidad de la Iglesia, de nuestras comunidades, de nuestra vida, ¿qué enseñamos? Llagas de dolor, de sufrimiento y de muerte, porque no lo olvidemos: a Tomás le bastan las llagas, las heridas, para que haga un acto de fe; aquí estamos nosotros porque la bendición final es para aquellos que creen en base al testimonio apostólico, nosotros sí tenemos que creer para ver. Hoy, en medio de guerras, muerte, desolación y espantada generalizada en la Iglesia, es el momento mejor para hacer nuestro acto de fe en la fuerza de la vida, que vence a la muerte, porque: creemos en la vida, en el futuro de la vida para siempre, creemos en el amor, el amor vence siempre, por esto somos bienaventurados, no incluso sin haber visto, sino precisamente por esto, porque no hemos visto ni tocado al Eterno Viviente: Jesús.
Cuando Él quiere y como quiere me sale al encuentro y se me da percibir su persona y señorío, de modo que certeza interior y experiencia se me hacen confesión de fe: Jesús, mi Señor Jesús. “No lo habéis visto y lo amáis. Sin verlo, creéis en él, y os alegráis con gozo indecible y glorioso (1Pe 1,8). En el relato de la aparición de Jesús resucitado al discípulo Tomás encontramos el acto de fe más solemne de todo el Nuevo Testamento: “¡Señor mío y Dios mío!”