Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

I. Lo propio del ser humano es ir (diástole) y volver (sístole). La vida es cinética, irremediablemente móvil, y lo que no late está muerto. Toda existencia es intencional, es decir, va hacia y viene de. La vida es adventicia. Sólo las personas advienen-hacia; cualquier fe de toro sentado es arrogante, hay que buscarla humildemente, ir a ella si queremos que ella venga a nosotros. Todas las cosas llegan aleatoriamente porque carecen de finalidad. Cuando las cosas llegan, o es por casualidad, o movidas por alguna persona. Lo “algo” no adviene, sólo el “alguien”. A la persona enquistada no le resultará fácil ningún adviento; adviento es acontecimiento novatorio, abierto a la novedad. Por su carencia de ósmosis (endósmosis/exósmosis) morirá ahogado como el rey Midas en el oro de su propia coraza (coraza es todo aquello que carece de corazón). Hay que estar abiertos, aventura es adventura, oh dichosa aventura en una noche escura con ansias en amores inflamada.

Se suele decir que vivimos en el tiempo, cuando realmente deberíamos decir lo contrario. Es la Persona quien da vida al tiempo, lo inaugura al nombrarlo, es su palabra quien lo pone en realidad y lo hace con una finalidad, pues sin finalidad no hay tiempo, no hace falta.

Lo que denominamos por naturaleza también tiene tiempo, pero no lo conoce, carece de palabra, ella y su tiempo están indiferenciados, son una misma cosa, es la persona quien al observarla llega hasta sus entrañas y allí precisamente le presta su palabra y habla por ella, con ello no solo le dota de tiempo, también le dota de sentido, ambos, tiempo y sentido, se reclaman mutuamente, son inseparables, si desaparece uno desaparece el otro. De esta forma la naturaleza queda incorporada al destino del hombre, sin éste carecería de sentido y de tiempo y por tanto de historia.

En la vida de la persona el sufrimiento es un existencial, está ligado a ella desde su primer suspiro y le acompañará a lo largo de su existencia hasta su último aliento. El homo patiens es previo al homo sapiens, no en una relación temporal, pero si en una relación causal. Su sufrimiento no emerge a consecuencia de un proceso evolutivo, ya está en el origen de su existencia y por tanto no hay ciencia que pueda explicarlo. Si el “por qué” del sufrimiento le está vetado en origen, como así mismo le está vetado el “por qué” de su vida; el “para qué”, es la única posibilidad que le queda para encontrar un sentido al que acogerse y que el sufrimiento pierda su aguijón de muerte. Esta será la tarea principal de toda persona, la de encontrar un sentido a su sufrimiento y por tanto a su vida, todo su quehacer imperativamente estará orientado hacia este fin y cualquier desvío del mismo siempre acabará en frustración existencial.

Admiro a mi amigo Carlos Díaz, filósofo personalista muy prolífico, porque se manifiesta aún más pesimista que yo; es decir, sabe utilizar mejor la inteligencia. El hombre expresa su angustia, al comprobar que lo que se dice coram pópulo no se entiende bien, y eso que él domina los secretos etimológicos de las palabras. En el fondo, viene a concluir que los discursos de ciertas gentes ociosas no influyen gran cosa. Yo participo de una sensación parecida. Por lo menos, me sumo a la tesis de Carlos Díaz sobre los peligros de la adicción a los teléfonos móviles y las redes sociales, un fenómeno tan general en nuestro mundo. Coincido con el filósofo en no disponer de teléfono móvil con imágenes y un sinfín de aplicaciones. Somos, pues, unos reaccionarios en su prístino sentido. En otros siglos, nos habrían destinado a la hoguera. Que conste que, Carlos y yo no nos conocemos, personalmente; nuestra relación es, solo, la de corresponsales. Nos une el ensimismamiento ante el teclado.

José Manuel Alonso
Profesor de escritura. Instituto Emmanuel Mounier, Madrid.

Para Suso Batista Santana y Antonio Guedes Guedes.    

Debajo hay fuego
Vivimos sobre volcanes. Todos. Aunque la mayoría no lo sabemos. O fingimos no saberlo. Los canarios sí son conscientes, y por eso muchos son pausados al hablar, intercalan palabras y silencios como si estuvieran escuchando a la vez que hablan, como si tuvieran en todo momento un oído pegado al suelo, atendiendo a algún leve latido de la tierra que a nosotros nos pasa inadvertido. Por debajo de la piel del mundo, de la piedra que cimenta nuestras casas, fluye un magma que preferimos ignorar, pues ningún banco nos prestaría dinero para construir nuestra casa sobre lava. Necesitamos estabilidad para edificar nuestra vida. Y sin embargo esa roca firme sobre la que alzamos nuestro ser fue fuego un día, es fuego frío que flota sobre un océano subterráneo de sangre (Wegener).

La iniciativa de un filósofo “maldito”, Carlos Díaz, sobre la esperanza y la desesperación

Hay una colección, no demasiado extensa, de palabras mágicas que tienen por misión mover y conmover las almas, disponerlas o indisponerlas para la acción y producir en ellas un gozo íntimo intransferible o un dolor desmesurado, igualmente indecible, cualidad ésta, la incomunicabilidad, que ya Aristóteles detectó en la experiencia individual. Dos de ellas, junto a otras como amor, patria, justicia, libertad y muchas más (no existe aún un diccionario de ellas), son esperanza y desesperación.

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