Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

La derecha agarra la pasta y no se hace fotos; se rodea de farándula y de morralla, pero es como baratija de feria de timadores y trileros, la España cutre de Puerto Hurraco aunque la mona se vista de seda con sus cacerías, princesas que pringan con sus aceites y sus cremas. Cultura cero. La playa, el pescaíto, los yates, y los negocios sucios que no pasan por Hacienda. Es la España de los españolistas patrióticos y del pelo gomoso terminando con un caracolillo en la nuca. Es la España de pachanga y pandereta que no acaba, de las jacas, de las marismas, de las romerías, de los desmayos desbordados por la cursilería afectiva de los sombreros de feria, y de todo ese peso muerto, lastre emocional y ruina económica siempre necesitada de subvención. Sólo pido que no me entierren en el mismo ataúd con una pareja de la guardia civil para vigilarme y de paso para ahorrarse el sepelio, porque les robo la pistola y salgo como sea de ese pudridero pegando tiros. La derecha amante de su prole y ladrona del salario para las proles de los hijos de los jornaleros, aparentadora, culera, de alta cuna y de baja cama, el espíritu burgués de esa España mediocre, es el Australopitecus en la evolución de las especies. Dejémoslo aquí; en su favor digo que esta gente no engaña a nadie, más o menos tranquilos en su tribu.

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Cada vez que viajo a algún país con buenas librerías me encuentro en sus escaparates pilas de libros de los maestros pensadores especializados, según su propia proclama, en violentar el pensamiento1, que es la seña de identidad del moderno: «El rimbaudiano il faut être absolument moderne no es un programa estético ni para estetas, sino un imperativo categórico de la filosofía»2 escribía Theodor W. Adorno, un personaje muchísimo más oscuro que Hegel, un lápiz sin punta, al cual desde luego podría aplicársele lo que él predica de Hegel: «Hegel es el único con el cual de vez en cuando no se sabe, ni se puede averiguar de forma concluyente, de qué se está hablando, y con el cual no está siquiera garantizada la posibilidad de semejante averiguación»3. Dijo la sartén al cazo.

Alcanzar la oscuridad, el retorcimiento, el violentar el pensamiento es imprescindible para el moderno. Violentar el pensar es necesario para pensar. Para ello, se supone, habría que tener un pensamiento bruto o materia prima al que luego someter a distorsión violenta, oscura y difícil, «oscurezcámoslo un poco más». El prestigio de gente sin ideas ni convicciones brillantes, la violencia hegemónica de su ‘pensamiento’, recuerda otra vez al barón de Münchhausen halándose de la propia coleta para salir del pozo en que había caído. Pero da igual, la impostura personificada en lo moderno puede con todo cuando la ideología violentadora ha devenido idología. Entre violentos anda el juego: dos rinocerontes peleándose hasta perder sus cuernos al embestirse se entienden perfectamente entre sí con sus mutuas tarascadas, su juego común, pero lo que queda destrozado es el césped en el que batallan, el de la razón, único suelo donde el césped sembrado por otros puede ser destrozado por los violentadores.

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La comunidad pospascual de Mateo está ‘muerta de miedo’. Siente el vértigo que produce proclamar el evangelio. Lo de siempre, después de veintiún siglos, el nadar contracorriente produce miedo, y, por tanto, produce ‘cristianos corrientes’, digamos ‘mediocres’ .

El confinamiento no ha sido el mal más grave, sino el ‘encerramiento’ en nosotros mismos; atemorizados, miedosos, tristes, sin creatividad, calculadores, deprimidos, cuyo resultado es el crecimiento de depresiones. ¿Es asunto sólo psicológico, o principalmente teológico? Cuando uno no se fía ni de Dios, no hay dios que nos dé confianza, esperanza. ¿Qué motivos tengo para ser fiel, permanecer, confiar, esperar, si la muerte es la única evidencia?

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Era la morada de los dioses apenas una montaña enana aunque nebulada, que permitía el trasiego y el ir y venir de los dioses a los terrícolas. Como no podía ser menos, el machismo de la peor especie, si es que hay algún machismo bueno, reina por todo el Olimpo griego en las cosmogonías, en las teogonías, y en todo lo que tenga que ver con gónadas (goné), es decir, ovarios o testículos.

Existen allí desde luego algunas excepciones, pero si tu marido es de la ralea de Júpiter, estás perdida, pues sus infinitas amantes fueron sin excepción vejadas hasta la saciedad, y hasta su misma esposa Juno, la miriónima por tener diez mil nombres, corrió la misma ‘suerte’, pues el cabrón de su esposo en cierta ocasión la suspendió de una cadena de oro entre cielo y tierra, dejándola allí, colgada y pataleando, con un yunque de oro en cada pie, pues entre dioses los elementos de tortura habían de ser de metal nobilísimo, después de lo cual Júpiter prorrumpió en una enorme carcajada para entregarse de nuevo a su libertinaje. Menos mal que Vulcano desde su fragua ígnea subterránea oyó los alaridos de su madre e intentó desatarla, algo que impidió el impresentable Júpiter propinando a su propio hijo una patada tan descomunal que hizo rodar al hijo desde el cielo hasta la tierra, de resultas de lo cual quedó cojo. La venganza planeada por Juno posteriormente contra el animal de su marido también fue captada por el espionaje secreto del protodios que, apiadándose de ella en atención a su condición de esposa perfectamente honrada y modelo, además de madre de su prole, atemperó su castigo.

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En la mitología helénica Apolo es la contrafigura de Dyonisos, pero además ambos son arquetipos de toda la humanidad, ya que no hay ser humano al que falten ambas dimensiones. El estado apolíneo y el dionisiaco corresponden al fenómeno del desdoblamiento que se opera en el fondo subconsciente de las personas, sin que éstas cobren conciencia de la realidad de las sugestiones que dicho subconsciente les envía, por ello asisten como espectadoras a su propio espectáculo una vez perdida la relación entre autor y actor. Lo saben muy bien los publicitarios; los culebrones de los mass media son la crónica olímpica que distrae a las masas medias, las cuales, a modo de voyeurs, aplauden y moquean las gestas de sus héroes buenos, e incluso se ponen las camisetas de los malos. He ahí los medios cuyos fines no son otros que la generación de mediocridades satisfechas con sus héroes, que también les venden perfumes en los entreactos.

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Rea Sylvia, una vestal romana a la cual violentó el dios Mercurio, por lo que fue condenada a muerte, dio a luz dos hijos gemelos, Rómulo y Remo, los cuales se salvaron porque fueron puestos en el río en una cesta de mimbre que, arrastrada por la corriente, se detuvo al fin en la maleza, hasta que una loba los acogió y amamantó entre sus cachorros. Un mellizo contra otro, como no podía ser menos, pues no hay enemistad mayor que la entre ellos generada, y al final Rómulo, es decir, Roma. Otra vez Moisés salvado de las aguas. En el Olimpo todo cambia y nada impide que la megalópolis en que luego se convirtió la capital de Italia haya nacido de una buena loba, algo que hubiera causado el regocijo de aquel naturalista admirable que fue Rodríguez de la Fuente, que siempre sembraba en los animales intenciones teleológicas cargadas de humanidad.

En efecto, todo cambia entre los olímpicos, un lujo que sólo ellos pueden darse. Por referirnos solamente a un caso como ejemplo, Venus vienen de venire, de la que todo viene, el eterno femenino, pero el Olimpo es cruel y, cuando se la dibuja en cuclillas para llevar a cabo las olorosas artes menores es denominada Venus Anadiómenes. Por otra parte, la frívola Venus, dada su fogosidad, casó con el explosivo Vulcano pero, dada su ninfomanía, pronto se entregó a Marte, que al parecer le proporcionaba al respecto mejores y más marciales prestaciones. Sin embargo, los personajes olímpicos distan de ser de una pieza, y la galana diosa Venus es famosa al mismo tiempo por su bélica actitud durante la guerra de Troya. En realidad, Venus, símbolo de la belleza física, nubla los sentidos y ofusca la razón, es tan mala consejera que debe evitarse, sobre todo en cuestiones de bajo vientre, pues quienes se entregan al sexo siguiendo sus recomendaciones han de ir bien pronto al venereólogo (veneris, genitivo de Venus).

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