Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

Calambur es un juego de palabras. «Con dados se ganaron condados», dijo Quevedo. Y yo, quevedesco en mucho, estoy tan poseído por el calambur que, después de crearlo con suma facilidad, tanta que a veces tengo que luchar por librarme de él, vuelvo a crear otro, lo repito durante algún tiempo en mi cabeza, lo olvido, y al rato de olvidarlo ya estoy creado el siguiente. Estos rituales neuróticos tienen su chispita de gracia en el instante en que surgen, pero no van mucho más allá, así que procuro no aburrir con ellos a mis amistades, aunque alguno de ellos se me escapa de cuando en cuando; lo peor es que casi siempre espero el reconocimiento de esas mis ‘genialidades’ por parte de los demás, como un pobre niño necesitado de cariño. Peor aún si los otros no ven el chiste a la gracieta, o si directamente me lanzan el obús: ‘pues no le veo la gracia’. Malditos proculeyanos (pero no se preocupen, no es lo que parece: los proculeyanos deben su nombre al jurisconsulto Próculo).

Y, si me apuro un poco, la manía que lleva a cometer actos delictivos para conseguir nombradía se llama erostratismo y se debe a un efesio que, considerando que no destacaba en nada, ni en lo físico –nunca ganaría en los Juegos Olímpicos–, ni en lo intelectual, ni en el arte de la guerra, ni en el de la política, para inmortalizar su nombre decidió incendiar el Artemisón de Éfeso, el mayor templo de la Antigüedad, más grande que el estadio Santiago Bernabeu. Yo soy un incendiario de poca monta, pero lo suficiente como para tener siempre el dardo en la palabra y el dedo en el gatillo. No congenio, pues, con el fabianismo, movimiento socialista de carácter reformista que debe su nombre a Quinto Fabio Máximo, cónsul romano del siglo III a. C, apodado cunctator, el contemporizador, el cual utilizaba métodos dilatorios para alejar al enemigo. El arte de dejar que las cosas se pudran sin ser peleadas no lo cultivo, pues no soy gallego, y cuando piso la escalera todo el mundo sabe si subo o si bajo.

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Ser tonto y tener trabajo, esa es la felicidad; ser inteligente y cumplir una tarea, esa es una conciencia desgraciada en un contexto alienante.

Preguntado Zeus si el pudor, el respeto, el sentido moral (aidós) debería ser repartido entre todos los ciudadanos, o sólo a unos pocos, respondió sin vacilar: «A todos, y que todos participen. Pues no existirían las ciudades si tan sólo unos pocos de ellos lo tuvieran, como sucede con los saberes técnicos. Es más, dales de mi parte una ley: que a quien no sea capaz de participar de la moralidad y de la justicia lo eliminen como a una mala peste de la ciudad»1.

¿Y si ya está la ciudad entera infectada de esa mala peste? Siempre quedará alguien amigo de la anaídeia, que es frescura, e incluso desfachatez, capaz de atacar los falsos ídolos y de propugnar su desenmascaramiento ideológico; alguien que se niegue a rendir homenaje a lo ‘respetable’ y ‘honorable’ denunciando la inautenticidad; alguien que sea marginal y audaz; alguien que quiera ser no sólo feliz, sino sobre todo digno de la felicidad, aunque para ello le ninguneen o le maten los amantes del desorden establecido, de lo ‘civilizado’ (asteîon): alguien que con mezcla de lo serio y de lo jocoso (spoudaiogéloion) sea lo bastante cínico para morder como el perro la carne rosada de los espectáculos públicos y su ‘moralismo’ amable; alguien que sea activo en el Kenismós, incluso con desvergüenza, como el can, y no con el Zynismus del hipócrita; alguien así quedará. Mi deseo nunca ha sido pertenecer a la secta de Diógenes el perro, pero estoy cada día más dispuesto a pagar el desprecio con que se castiga al happy few marginal por parte de los caballeros de la Orden del Zynismus. Ya me cago en la electricidad y en el ferrocarril, como el maestro Unamuno.

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“Entiendo por humanismo el conjunto de discursos mediante los cuales se le dice al hombre occidental: ‘si tú no ejerces el poder, puedes sin embargo ser soberano. Aún más, cuanto más renuncies a ejercer el poder y cuanto más sometido estés a lo que se te impone, más serás soberano’. El humanismo es lo que han inventado paso a paso estas soberanías sometidas que son: el alma (soberana sobre el cuerpo, sometida a Dios), la conciencia (soberana en el orden del juicio, sometida en el orden de la verdad), el individuo (soberano titular de sus derechos, sometido a las leyes de la naturaleza, o a las reglas de la sociedad), la libertad fundamental (interiormente soberana, interiormente consentidora y ‘adaptada a su destino’). En suma, el humanismo es todo aquello a través de lo cual se ha obstruido el deseo de poder en Occidente -prohibido querer el poder, excluida la posibilidad de tomarlo-. En el corazón del humanismo está la teoría del sujeto, en el doble sentido del término. Por eso el Occidente rechaza con tanto encarnizamiento todo lo que puede hacer saltar ese cerrojo. Y ese cerrojo puede ser atacado de dos maneras: ya sea por un des-sometimiento de la voluntad de poder (es decir, por la lucha política en tanto que lucha de clase), ya sea por un trabajo de destrucción del sujeto como pseudo/soberano (es decir, mediante el ataque ‘cultural’: supresión de tabús, de limitaciones y de separaciones sexuales; práctica de la existencia comunitaria; desinhibición respecto a la droga; rupturas de todas las prohibiciones y de todas las cadenas mediante las que se reconstruye y se reconduce la individualidad normativa. Pienso sobre esto en todas las experiencias que nuestra civilización ha rechazado o no ha admitido más que como elemento literario”1.

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Cuenta Max Weber que, cuando estuvo en los Estados Unidos en 1904, coincidió en el tren con un viajero dedicado a las pompas fúnebres. Cuando Weber comunicó su extrañeza por el poder de las sectas religiosas, éste le contestó: “A mi me da igual lo que la gente crea, pero no confiaría ni cincuenta centavos de crédito a un granjero o a un comerciante que no perteneciese a ninguna iglesia. ¿Por qué iba a pagarme, si no cree en nada?”. Y Weber estuvo de acuerdo.

El mundo griego recomendó conócete a ti mismo, y también derivadamente ocúpate de ti mismo -la epimeleia, luego la romana cura sui- el cuidado de sí mismo. No existen en la Hélade, sin embargo, consejos del tipo cuida del otro, y nada en absoluto del tenor cuida del otro como de ti mismo. En este panorama la acumulación de las riquezas y de los honores traza con adelanto la línea que habría de seguir la humanidad después: ocuparse con el propio dinero, jrémata, jrémata aner, el hombre es dinero, ideología de la acumulación del capital que incluía también la apropiación del esclavo, del débil, de la mujer, e incluso de los propios hijos.

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«Me sorprende que no me hayas enviado el artículo al que te comprometiste en la reunión de febrero. Supongo que ni te has acordado, aunque lo apuntaste en ese momento. Así que te refresco la memoria, el tema era: Personalismo y ecologismo. Interrelación entre el ser humano y la naturaleza. Ecolatría y ecodulía (4 páginas). No lo despaches de un plumazo, necesitamos profundidad».

Esto me escribe el director de Acontecimiento, a quien pido perdón por el olvido, tal vez derivado de que ya he escrito mucho sobre ello, por lo que suele ocurrirme a estas alturas lo que también le ocurría a Juan Luis Ruiz de la Peña, que se las veía y se las deseaba para hacer florituras o inventar algunos acordes para que el mismo perro al final no dejase de llevar el mismo collar.

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La derecha agarra la pasta y no se hace fotos; se rodea de farándula y de morralla, pero es como baratija de feria de timadores y trileros, la España cutre de Puerto Hurraco aunque la mona se vista de seda con sus cacerías, princesas que pringan con sus aceites y sus cremas. Cultura cero. La playa, el pescaíto, los yates, y los negocios sucios que no pasan por Hacienda. Es la España de los españolistas patrióticos y del pelo gomoso terminando con un caracolillo en la nuca. Es la España de pachanga y pandereta que no acaba, de las jacas, de las marismas, de las romerías, de los desmayos desbordados por la cursilería afectiva de los sombreros de feria, y de todo ese peso muerto, lastre emocional y ruina económica siempre necesitada de subvención. Sólo pido que no me entierren en el mismo ataúd con una pareja de la guardia civil para vigilarme y de paso para ahorrarse el sepelio, porque les robo la pistola y salgo como sea de ese pudridero pegando tiros. La derecha amante de su prole y ladrona del salario para las proles de los hijos de los jornaleros, aparentadora, culera, de alta cuna y de baja cama, el espíritu burgués de esa España mediocre, es el Australopitecus en la evolución de las especies. Dejémoslo aquí; en su favor digo que esta gente no engaña a nadie, más o menos tranquilos en su tribu.

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