Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

Durante el tiempo de confinamiento científicos, filósofos, intelectuales y teólogos han puesto en comunicación interesantes reflexiones sobre el después. Estas reflexiones deben ser desconfinadas y puestas en diálogo para hacer posible nuestro futuro común y que no sean palabra del pasado, sino fraterna palabra del futuro.

El futuro le pertenece a Dios, pero el esfuerzo de colaborar con Él nos pertenece a nosotros. Estamos viviendo como lo que se ha llamado «la nueva normalidad», y requiere una nueva actitud para situarse ante ella: lo perdido no nos conduce a ningún lugar.

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Hace medio siglo, desde que nos casamos, que paso parte del verano en Burgos, la patria chica de mi esposa. Es una ciudad hermosa, limpia, verde, habitable y burguesa, en la que el generalísimo Franco lanzó su celebérrima declaración del día de la victoria el 1 de abril en un palacete ahora reconvertido en burocrática propiedad de la Junta de Castilla y León, donde se juega a pasar que allí no pasó nada y se exponen cosas anodinas que nadie visita ni antes ni después del Covid.

Castilla la Vieja es eso: vieja y castellana, ajena a todo menos a su macicez de siempre, ahora aderezada con las guindas de la gente pija y posmoderna, renuevo de lo tradicional. A mí, anarquista, me encanta sin embargo un cierto personalismo comunitario de José Antonio Primo de Rivera, con independencia de muchas cosas displacenteras. Pero su hálito de eternidad que en él se concentra en Castilla permanece en mí: «Castilla, que es la tierra, sin galas ni pormenores, la tierra absoluta, la tierra que no es el color local, ni el río, ni el lindero, ni el altozano. La tierra que no es, ni mucho menos, el agregado de unas cuantas fincas ni el soporte de unos intereses agrarios para regatearlos en asambleas, sino que es la tierra; la tierra como depositaria de valores eternos, la autoridad en la conducta, el sentido religioso en la vida, el habla y el silencio, la solidaridad entre los antepasados y los descendientes. Y sobre esta tierra absoluta, el cielo absoluto.

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España ha jugado siglos enteros fuera de juego su tiempo histórico, con monarquías de quita y pon, constituciones defendidas con fervorín por el cura Vinuesa, y coplillas populares como ésta:

«Dar audiencia al Liberal,
Tiranizar al Realista,
Abrir la puerta al sofista,
Encadenar la verdad;
Abatir la Majestad,
Valerse de la traición,
Queriendo en la confusión
Matar a nuestro Fernando,
Y tomar ellos el mando;
Esta es la Constitución».

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«El estudio de Felipe II era pequeño, sencillo, más parecido a la celda de un monje que al despacho de trabajo del más poderoso monarca de su tiempo. Allí está la alta y estrecha mesa donde Felipe II escribía constante e interminablemente; y allí están sus libros encuadernados en cuero, los clásicos griegos y romanos. Y, junto a su silla plegadiza, el escabel, cortado en dos, sobre el cual descansaba la pierna enferma mientras trabajaba. Pero desde una ventana de la habitación captamos una pincelada de belleza. Abajo, un jardín de árboles de boj; más allá, la campiña extendiéndose hacia las montañas. ¡Pero el dormitorio de Felipe! ¡Qué pequeño y oscuro, con su altarcito en un rincón! A través de las montañas el monarca podía ver el altar mayor de la iglesia y participar en la misa. Aquí Felipe II pasó al otro mundo. Desde Madrid lo trajeron en una silla de manos a que muriese en El Escorial, y durante siete días robustos sirvientes cargaron con él por la áspera carretera. La silla en que fue transportado todavía se halla en el cuartito que da al Salón de Embajadores. A un extremo del salón se encuentra la pequeña mesa donde firmaba los documentos de Estado. Más que las galerías de aquella obra maestra. Más que la iglesia de exquisita belleza, me impresionaban estas estancias de Felipe II»1.

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«Durruti era un amigo. Tenía muchos amigos. Se había convertido en el ídolo de todo un pueblo. Era muy querido y de corazón. Todos los allí presentes sentían su muerte como una pérdida atroz e irreparable, pero expresaban sus sentimientos con sencillez. Callarse, quitarse la gorra y apagar los cigarrillos era para ellos tan extraordinario como santiguarse o echar agua bendita. Miles de personas desfilaron ante el ataúd de Durruti durante la noche. Esperaron bajo la lluvia, en largas filas. Su amigo y su líder había muerto. El entierro se llevó a cabo al día siguiente por la mañana. Desde el principio fue evidente que la bala que había matado a Durruti había alcanzado también al corazón de Barcelona. Se calcula que uno de cada cuatro habitantes de la ciudad había acompañado su féretro, sin contar las masas que flanqueaban las calles, miraban por las ventanas y ocupaban los tejados, e incluso los árboles de las Ramblas. Todos los partidos y organizaciones sindicales, sin distinción, habían convocado a sus miembros. Al lado de las banderas de los anarquistas flameaban sobre la multitud los colores de todos los grupos antifascistas de España. Era un espectáculo grandioso, imponente y extravagante: nadie había guiado, organizado ni ordenado a esas masas. El escuadrón de caballería y la escolta motorizada que debían de haber encabezado el cortejo fúnebre se hallaban totalmente bloqueados, estrujados por la muchedumbre de trabajadores. Por todas partes se veían coches cubiertos de coronas, atascados, e imposibilitados de avanzar o retroceder. Con un esfuerzo mayúsculo se logró allanar el camino para que los ministros pudieran llegar hasta el catafalco.

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Muchos son los que sin ganar las batallas se las apropian, incluso también cuando las pierden, como aquel que dijo «no sabía si íbamos a ganar las derechas o las izquierdas, pero hemos ganado las derechas», o a la inversa. Esto yo mismo lo he padecido en propia carne con aquel empleado en censurar con lápiz rojo las frases o los libros enteros durante la dictadura de Franco que ya en la democracia alardeaba de demócrata con coche oficial. Por el contrario, son muy pocos los que autocríticamente asumen la propia derrota, como lo hace Diego Abad de Santillán: «La revolución debe provenir directa y espontáneamente de las bases, y esto sólo es posible cuando el pueblo ha alcanzado un nivel de conciencia superior. Por ejemplo, los comedores populares que se improvisaron por doquier en las barriadas y daban de comer gratis y cuanto quisiera a quien lo pedía, funcionaron varias semanas y consumieron todas las reservas de que disponían la ciudad y el campo. Nos exigían cada vez más víveres, y cuando no podíamos dárselos, iban a buscarlo directamente los almacenes y comercios. No dejaban nada para las milicias del frente. Sus ‘incautaciones’ arruinaron la economía de la región. Fueron una constante pesadilla que nos causó trastornos y mucha inseguridad. La falta de conciencia no podía atribuirse sólo a ciertos partidos u organizaciones; fue un fenómeno general. Para mucha gente la revolución consistía principalmente en repartir el botín y disfrutarlo. Muy pocos pensaban en volver a llenar los depósitos saqueados y en intensificar el trabajo en la industria y en la agricultura»1.

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