Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

Isis recibe de Hermes el pensamiento universal, las siguientes enseñanzas iniciáticas que transmite a su hijo Horus: «Los humanos arrancarán las raíces de las plantas, estudiarán las propiedades de los jugos naturales, observarán la naturaleza de las piedras, practicarán la disección no sólo en los animales, sino en su misma especie, inquiriendo cómo han sido formados. Extenderán sus manos audaces hasta los mares, pasarán de una costa a otra buscándose entre sí. Perseguirán los secretos íntimos de la Naturaleza hasta las alturas y querrán estudiar los movimientos celestes. Más aún; cuando hayan llegado al punto extremo de la Tierra, querrán alcanzar los confines mismos de la Noche. Si no hallan obstáculos, si viven exentos de pena, al abrigo de todo temor y deseo, querrán extender su poder sobre los Elementos. ¿Hasta dónde puede llegar su fuerza, armados de una audacia indiscreta? ¿Acaso sus almas, exentas de temor, no les conducirán hasta los mismos astros? Por ello, haz que la inquietud penetre en sus proyectos, de modo que hayan de temer los pesares del fracaso; haz que el mordisco del dolor acompañe sus fallidas esperanzas. Que sus almas sean presa de diversos proyectos, de insatisfechos anhelos, de deseos que en ocasiones podrán ser alcanzados y a veces no, con el fin de que la dulzura de lo conseguido les conduzca a la dolorosa experiencia de males mayores. Que la fiebre les consuma como castigo de sus concupiscencias. ¿Sufres, querido Horus, escuchando todo cuanto expone tu madre?, ¿acaso no sientes asombro y estupor ante el peso de miserias que se abate sobre la pobre humanidad? Pues aún no te he contado lo peor…»1.

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El doctor en filosofía y en lenguas clásicas, el alemán Carlos Marx, fue atacado vesánicamente por quienes no le leyeron, generalmente le tenían pavor porque primero iba a fusilar a dios y luego les iba a quitar la boñiga de la vaca y la cuenta corriente. Sin embargo, el propio Marx estaba siempre económicamente a dos velas, no obtuvo salario funcionarial ni burocrático, y tuvo muchas dificultades para sobrevivir: sólo el apoyo del empresario y fiel discípulo Federico Engels evitaba la muerte por inanición de la familia Marx, tantos años en el exilio y la persecución. A cambio, el doctor Marx hacía la vista gorda amparando y adosando a su materialismo histórico aquellas bobadas doctrinarias de Engels tales como el histérico materialismo dialéctico, por no hablar de otros asuntos más personales y delicados.

Aunque parezca mucho decir, he tenido la suerte de estudiar y traducir a ambos como para afirmar que, si bien Carlos Marx no era de la talla intelectual de Hegel, no le iba mucho a la zaga, sin hipérbole; fue una de las cabezas privilegiadas mayores de Europa y con absoluta libertad y sin ninguna dependencia fáctica de nadie, y con enorme arrojo, abrió camino a una nueva teoría social para un mundo supuestamente mejor, el marxismo, pronto devaluada y casi muerta en su ortodoxia, y luego podrida y desfigurada en su deriva heterodoxa, la socialdemocracia1.

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«Los libros sublimes de la filosofía se han escrito para algunos sabios; al género humano le hace falta una filosofía, semejante a la par que diferente; esta filosofía es la religión, y esta religión, tal y como es de desear y como se la necesita, es el Evangelio». La primera en la frente, ya salió el toro del redil, y pronto embiste: «Los derechos y los poderes de la religión no son sino los derechos y los poderes del sacerdocio que la representa». Y esto no es un texto del libro judío Levítico, sino del Boletín Eclesiástico de Vitoria retomado por el Boletín Oficial de la Diócesis de Oviedo y reproducido en catarata1. Aunque discrepe del todo, no seré yo quien niegue que el polisilogismo es perfecto, en cualquier caso: la filosofía no sirve; sólo sirve si sirve a la religión; y esta sólo sirve si está levíticamente administrada por su clero; luego sólo el clero sirve. Sean, pues, todas las universidades cenobios, y todos los cenobios universidades. Y biba la cristiandad, y biban los quintos de mi pueblo.

Pues bien, Don Paulino Souto, a la sazón Gobernador de la provincia de Asturias, se presenta engalanado en la catedral de Oviedo el 25 de julio de 1866 en el Acto solemne en honor a Santiago Apóstol, y perora como sigue: «Recibid, Apóstol Santo, la ofrenda que por mi mano os rinde llena de cristiana piedad mi Augusta Reina Doña Isabel II, de la católica estirpe de los Recaredos, Alfonsos y Fernandos, que felizmente rige los destinos de la Nación Española»2. A cuyo florilegio responde complacido y complaciente el Excmo Sr. Cardenal Arzobispo de Oviedo: «Siento un vivo placer al recibir la piadosa ofrenda que por el digno conducto de V.S. hace hoy S.M. la Reina Católica Isabel II al Glorioso Patrono de España». Qué bonito.

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En los primeros siglos la Iglesia celebraba anualmente la misa sobre la tumba de cada mártir. Con el tiempo, como el número de mártires llegó a ser tan crecido, fue precisa una fiesta para honorarlos a todos conjuntamente. Ante los emperadores anticristianos, fueron tantos los que se autoacusaban, que no había cárceles para ellos, por lo que los césares determinaban su libertad. Y muchas de las profesiones indignas dejaron de ser realizadas por los primeros cristianos, por lo que casi desaparecieron.

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«El Párroco tiene que habérselas con los hombres, es necesario que los conozca; corrige las pasiones humanas, preciso es que tenga una mano delicada y suave, llena de prudencia y mesura. Estando en el círculo de sus atribuciones las faltas, los arrepentimientos, las miserias, las necesidades y pobrezas de la humanidad debe tener el corazón abundante de tolerancia, de misericordia, de mansedumbre, de compasión, de caridad y de perdón. Su puerta debe estar abierta a todas horas para el que le vaya a despertar; su lámpara siempre encendida y su bastón siempre en la mano. No debe distinguir ni estaciones, ni contagio, ni distancias, ni sol, ni nieves, en tratándose de llevar el bálsamo al herido, el perdón al culpable, o Dios al moribundo. No debe haber delante de él, como delante de Dios, rico ni pobre, pequeño ni grande, sino hombres, esto es, hermanos de miserias y de esperanzas.

»El Párroco tiene relaciones administrativas de muchas clases con el Gobierno y con la autoridad municipal. Sus relaciones con el Gobierno son sencillas: le debe lo que todo ciudadano, ni más ni menos: obediencia, sumisión y respetos a sus determinaciones y mandatos. No debe apasionarse ni en pro ni en contra de las formas o de los jefes de aquí abajo: las formas se modifican, los poderes cambian de nombres y de manos; los hombres se precipitan alternativamente en el poder, cosas humanas, pasajeras y fugitivas.

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La duda es parte constituyente de la persona racional. Hoy, como siempre, la duda nos rodea, dudamos de todo y de todos. Se ha creado un caldo de cultivo permanente; tenemos razones para dudar ante tanto engaño, tanta promesa incumplida, ante tanta infidelidad, traición de personas en las que habíamos puesto nuestra confianza, etc.

En la Iglesia, en la comunidad, sucede algo parecido. Se caen las expectativas mal fundadas, se tienen ideas preconcebidas de la Iglesia y de la comunidad, llega el fracaso, no se ve futuro, no creo en lo que hago, ni en lo que hacen los demás, todo es negativo, y se termina abandonando. Y razono y digo: ‘es imposible’ –pues claro–, ‘así que ahí te quedas, Jesús’, ‘ahí te quedas, Iglesia’, ‘ahí te quedas, comunidad’, ‘me voy, adiós’.

Por aquí pasó primero Jesús, pero Dios lo resucitó. Estamos ante la gran paradoja de la fe cristiana: la crucifixión, que es la expresión máxima del deshonor convertida por Dios en ocasión de gloria.

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