Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

Del viernes santo al domingo de resurrección celebra la liturgia cristiana la Semana Santa, es decir, la muerte y resurrección de Jesucristo. En tan sólo tres días (viernes de dolores, sábado santo y domingo de resurrección) se condensa el último tramo de la existencia del nombre inefable de Adonai, que en griego es Kyrios, en latín Dominus y en español Señor: “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor” (Rm 14,7-8). En setenta y dos horas la suprema contradicción que el hombre experimenta desde siempre —la contradicción entre la vida y la muerte— ya ha sido superada con la Resurrección. A partir de ese momento santo, la contradicción más radical no se da ya entre el vivir y el morir, sino entre el vivir para el Señor y el vivir para sí mismos. Vivir para sí mismos es el nuevo nombre de la muerte, vivir para el Señor es el nombre de la eternidad, un cambio de época radical: el fin de los siglos viejos y el comienzo del nuevo eón.

Domingo de Ramos 2021. Jn 14,15-,47.

“Y Jesús, dando un fuerte grito expiró”

Se acabó todo lo que Dios quería revelar al hombre, y comienza todo lo que el hombre está dispuesto a hacer con su vida respecto a este Dios y sus prójimos.

Este es Jesús, el amor desarmado de Dios. Nadie podía pensar algo así, el primero Pedro, y el resto, y… parece que hoy siguen muchos así: o esperando al Mesías o no esperando nada, ni a nadie, nihilistas. (Ateos: Paolo Flores d’ Aarcais, Fernando Savater, Michel Onfray, Gustavo Bueno, Richard Dawkins y Piergiogio Odifreddi, Bart D. Ehrman, Christopher Hitchens; y por otra parte con los agnósticos nihilistas M. Caccisiari, V. Vitiello, J. Derriba, W. Weischedel, E. Trías o P. Palanceros). Estos comparten con los “nuevos ateos” la afirmación de la finitud, pero se desmarcan de ellos reconociendo la existencia de una relación que está más allá de lo finito. En términos de maravilla, lucha, agonía, y ética o cuidado, estos últimos ya tienen bastante que ver con lo fundamental del Viernes Santo y con el silencio del Sábado Santo y una prudente distancia con respecto a la descolocante sorpresa y novedad del Domingo de Resurrección (Cf. Mtz Gordo).

La sabiduría de Dios: “el que se aborrece a sí mismo en este mundo…”

5. Cuaresma 2021 Jn 12, 20-33

¿Es de recibo esta palabra para nuestros contemporáneos? ¿Aborrecerse no va en contra del amor a nosotros mismos, en contra de la autoestima necesaria para vivir como personas e hijos de Dios? En un mundo de narcisismo exacerbado como en el que vivimos, esta palabra suena a nuestros oídos como detestable, hiriente y, sin embargo, más necesaria que nunca. Estamos ante una declaración solemne y central de Jesús que nos explica cómo se producirá el fruto de una vida, el fruto de la vocación-misión: no se puede producir vida sin dar la propia. El egoísmo es la raíz principal de la ceguera humana que produce muerte. La vida es fruto del amor, y no brota si el amor no es pleno, si no llega al don total. Jesús afirma que la muerte es la condición para que se libere toda la energía vital que contiene (el grano caído en tierra produce mucho fruto). El fruto comienza en el mismo grano que muere. Estamos muriendo constantemente por amor, pero se puede morir y dar muerte por odio. ¿Qué frutos producirá mi muerte? La respuesta ya te la ha dado Jesús. Hoy, en el acercamiento a los alejados, a los no creyentes, a los pobres, nos hablan ya del anticipo y de una promesa de fecundidad, y ésta va a depender, no de nuestros sermones, sino de una muestra extrema de amor.

El 30% de la natalidad ha descendido en España durante la pandemia. Ni dejar nacer ni querer morir.

El 100% de los parados no se asocia, pero el 100% pide que el Estado les solucione su crisis. En lugar de asociarnos, nos adherimos.

El instinto de conservación y de autoprotección funciona para el individuo, pero no para la especie, si atendemos al máximo problema de la humanidad, que es la ecología.

4. Cuaresma 2021 Jn 3,14-21

La oferta de Dios en Jesucristo es manifestación de la locura del amor de Dios: “Tiene que ser elevado el Hijo del hombre para que todo el que cree en él tenga vida eterna”.

Dios entregó a su Hijo, no para hacer justicia, sino para dar amor. Así que no existe la redención como “satisfacción”: no estamos llamados a satisfacer al ofendido de infinita dignidad, que es Dios. Esto sería hacer de la relación de Dios con los humanos una relación justiciera, y no una relación amorosa. Jesús no vino a juzgar al mundo para condenarlo, sino para salvarlo. Digámoslo más claro: Jesús no vino para condenar ni para juzgar. Jesús no amenaza a nadie por nada. Dios manifiesta su poder en el perdón y la misericordia, y por esto es todopoderoso.

3. Cuaresma 2021 Jn 2,13-25

“Encontró en el templo a los vendedores y a los cambistas sentados, y haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo”.

Hoy que los “templos” están cerrados por la pandemia, no debemos olvidar que el acceso a Dios no necesita templos: Jesús es el acceso. “Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. Jesús realiza un gesto de violencia provocativa, pero es violencia profética, no hay violencia de sangre, sino presencia salvadora de la Palabra: derriba simbólicamente la casa egoísta del dinero y la separación -que eso era el templo- para convertirse Él en casa de oración y encuentro (¿pretensión del carácter absoluto del cristianismo?). Es evidente que con este gesto de expulsar a los vendedores ofende al judaísmo (como hoy a los relativistas, buenistas, sincretistas), y lo hace sólo con la fuerza de su verdad, buscando el ideal de la oración, sin exclusión de los pobres, los enfermos, los marginados, los de otras etnias o religiones, ofreciendo comida para todos y familia universal.

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