Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

No sé yo si los católicos de hoy se confiesan tanto como los de ayer lo hacíamos, y no precisamente porque pequen más o menos que antaño. Mucho me extrañaría que los católicos actuales recordasen cuáles son los diez mandamientos de la ley de Dios y los mandamientos de la Iglesia a ellos añadidos para confesarse respecto de ellos uno tras otro. Desde luego estoy seguro de que ya no se conoce la distinción entre afectos de confusión y afectos de temor, los cuales últimos decían así para autoconsolación del beato confesante: «¡Cuántos millares de almas por ventura arden ahora en el infierno por menores culpas que las que yo entonces cometí!».

Yo mismo, dada la singularidad de mi frágil psicología, terminé cumpliendo a rajatabla los consejos para la confesión, lo cual terminó haciéndome caer en los brazos de psicólogos y psiquiatras laicos que cobraban y no perdonaban, a diferencia de los curas, que perdonaban y no cobraban, porque al final estalló en mí la neurótica obsesión pusilánime por culpa de recomendaciones anteriores a la confesión del siguiente tenor: «Si te has dejado antes algún pecado grave por olvido, dilo ahora. Si te dejaste por vergüenza o por otra causa culpable, o si no tuviste dolor o propósito de enmienda, entonces te confesaste mal, y te has de confesar de ese sacrilegio, y de cuantas confesiones y comuniones has hecho mientras has permanecido en pecado mortal, y estás obligado a hacer confesión general de todo ese tiempo. Por lo tanto, en el examen que vas a hacer, en vez de recordar los pecados desde la última confesión, procura acordarte de los que has cometido desde la última que hiciste bien, para arrepentirte de todos y confesarlos»1. La advertencia añadía: «Que, aunque el confesor vaya preguntando, puede ser que tengas tú pecados por los que él no pregunte, pero tú los has de confesar todos»2. A mí al menos esta detectivesca lupa a lo Holmes me obligaba a volver a la cola del confesionario e incluso a confesar por si acaso lo no hecho, dado mi terror de ir al infierno a causa de algún olvido. Aquel miedo a las llamas del infierno me resultaba tan insalvable, que a su lado el amor de Dios perdonador incondicional y de Padre amoroso apenas si tenía para mí peso alguno.

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En el diario El País de hoy leemos: «A cada zancada de los agentes en la arena, decenas de jóvenes cargados con cervezas abren el paso como aguas egipcias ante el profeta. En la Barceloneta, al igual que en la leyenda bíblica, en la noche de ayer los chavales no tardaron ni cinco minutos en volver a invadir el arenal en cuanto la policía se dio la vuelta.

»Los argumentos de los que se saltaron la norma en el primer fin de semana de prohibición discurrían entre la ignorancia (“primera noticia; no tenía ni idea”) a la rebeldía (“si no hay discotecas, ¿dónde bebemos?”). Con todo, el número que se concentró para beber en la playa de la Barceloneta fue menor al que se acostumbra a ver en un fin de semana normal, coincidieron los más asiduos.

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José Vasconcelos (1882-1958), el famoso político, filósofo, escritor, rector, pedagogo, etc., aspira –casi como Hegel respecto de la historia de la humanidad– a identificarse con cierta idea de México que él mismo crea o recrea en una de sus múltiples Memorias, la célebre Ulises criollo, elevando su propio destino a la categoría de un destino general. El Vasconcelos íntimo también se adhiere al destino general, pero sin proponérselo, casi a pesar suyo, y no por lo que lo distinga de los demás, sino precisamente por lo que lo asemeja a sus contemporáneos. Traigo aquí unos textos en parte hilarantes y en parte tristes, como la vida misma:

«Y en calidad de médico acudió a nuestra casa don Patricio Trueba, clínico famoso y a la vez director del Instituto. Más bien alto y grueso, con barba corta semicana y anteojos. Don Patricio era venerado por los estudiantes como ejemplo sobresaliente de sabiduría y de rectitud. Enciclopedista de viejo estilo, gozaba fama de poder reemplazar en sus faltas lo mismo al catedrático de matemáticas que al de historia. Durante mucho tiempo, la cultura de nuestras provincias no tuvo otro refugio que la devoción abnegada de unos cuantos varones ilustres que al margen de la política y del partidarismo aleccionarán a los jóvenes con el ejemplo a la vez que en la cátedra procuraban defender los más elementales valores contra la mentira de los hipócritas y el atropello del pretorianismo. Como médico, don Patricio hablaba poco, pero sabía dejar la impresión de que el enfermo tenía que sanar»1. Qué gran verdad.

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Tengo a Amando de Miguel por un maestro del lenguaje y por un modelo de lucidez creativa, valga como ejemplo un artículo reciente, El comprador de libros de lance: «Es un tipo humano extravagante y característico, quizá un poco pasado de moda: el comprador de libros de lance. Toda mi vida lo he sido, por lo menos desde la lejana época de estudiante universitario. Entonces lo perentorio era hacernos con los libros de texto que vendía ‘la Felipa’ en los aledaños del viejo caserón de San Bernardo. Al final de cada curso los volvíamos a revender.

»Terminada la carrera, me fui envenenando con la costumbre de husmear en las librerías de viejo, la cuesta de Moyano de Madrid o el mercado de San Antonio en Barcelona. Me fui haciendo con una notable colección de estadísticas históricas de población, que me servían para mis investigaciones y mis clases sobre la estructura social española. También fui rebañando otras varias series de libros publicados en el último siglo y medio, lo que yo llamo la España contemporánea. Concretamente, libros de texto de la enseñanza obligatoria, diccionarios, biografías, novelas, ensayos, testimonios y análisis políticos. Era consciente de que tal cúmulo de entradas en mi biblioteca no iba a poder digerirlas de momento, tan agitada ha sido mi vida. Pero yo seguía con el afán coleccionista. Cavilaba que alguna vez llegaría la ocasión de tener tiempo para embaularme toda esa ringlera de tomos. En cuanto pude, hice levantar una casa entera, que era más bien una biblioteca.

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«–Don José, no sé si me podrá absolver usted. Ayer domingo leí un libro pecaminoso que hablaba de las religiones en Inglaterra Los protestantes están allí en franca mayoría. ¿Cree usted, don José, que si yo hubiera nacido en Inglaterra hubiera sido protestante? Don José, el cura, tragaba saliva. –No sería difícil, hija. –Entonces me acuso, padre, de que podría ser protestante de haber nacido en Inglaterra»1.

La Guindilla ultrapusilánime era además el rayo que no cesa en su militancia en pro de la pureza sexual más rigorista: «–Pongamos luz en la sala y censuremos duramente las películas, don José, arguyó la Guindilla mayor. A la vuelta de muchas discusiones se aprobó la sugerencia de la Guindilla. La comisión de censura quedó integrada por don José, el cura, la Guindilla mayor, y Trino, el sacristán. Los tres se reunían los sábados en la cuadra de Pancho y pasaban la película que se proyectaría al día siguiente. Una tarde detuvieron la película en una escena dudosa. –A mi entender esa marrana enseña demasiado las piernas, don José, dijo la Guindilla. –Eso me estaba pareciendo a mí, dijo don José. Y volviendo el rostro hacia Tino, el sacristán, que miraba la imagen de la mujer sin pestañear y boquiabierto, le conminó: –Trino, o dejas de mirar así o te excluyo de la comisión de censura»2.

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Los doukhobors son campesinos industriosos, abstinentes, de una honradez y lealtad a toda prueba. Los doukhobors, cuyo nombre significa luchadores del espíritu, aparecieron en Rusia a mediados del siglo XVIII; de ascendencia tolstoiana, afirmaban que el espíritu de Dios habita directamente en el alma del ser humano, no importándoles si Jesús es Dios, de ahí la innecesariedad de las iglesias instituidas. Basándose en el Evangelio, practican la no-violencia y la no-resistencia contra el mal, negándose rotundamente a participar en los ejércitos y en las guerras: «He aquí lo que es el doukhobor: un Jesucristo predicando el amor, pues habla, vive y demuestra la posibilidad de una vida de amor; no pide que le sigan, la crítica no le turba. Pide que se tolere, ya que él tolera a los otros. Sin tratar jamás de comprenderos, responderá a vuestras preguntas con infinita paciencia, ya seáis el rector de una Universidad o un analfabeto. No jura, como lo hacen los predicadores de muchas sectas, que Cristo va a volver, sino que dice simbólicamente: “Jesús ha vuelto, lo sé porque vive en mí”»1. Como tantas otras comunidades, también los doukhoboros se trasladaron de lugar en lugar, exponiendo sus miembros de Puerto Rico, Colombia británica y Canadá sus principios en una asamblea general en 1930:

«1. La base del doukhoborismo es la ley divina, la Fe y la Esperanza manifestadas por el Amor: El fuerte debe ayudar al débil a fin de hacerse igual a él y cumplir la voluntad de Dios y el mandamiento de Cristo. Un doukhobor ama al mundo entero y honra a todos los hombres como hermanos.

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