Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

No conozco ninguna religión seria que no potencie el estudio como forma de meditación, el propio Buddha (cuyos seguidores más meditan sin embargo de lo que leen) afirmaba que la ignorancia es lo peor de todo fanatismo; en general el mundo oriental a través del confucionismo, jainismo, animismo, taoísmo, etc., vivió para la sabiduría, aunque no de ella; en grado distinto, pero no menor, ocurre lo mismo en la religión judía (lamentablemente sólo el islam ortodoxo cultiva la fe contra la razón, e ignora la hermenéutica y la ilustración reflexiva). Recordemos que la Biblia judía no es un solo libro, sino 72 libros nacidos en contextos diferentes, escritos por autores que no se conocían entre sí, y en la que se reconocen lectores posteriores desde hace más de dos mil años.

Suele decirse que monoteísmo, profetismo y mesianismo constituyen la aportación judía a la cultura humana, pero me gustaría añadir que, además, dada la comunidad de aventura de Yahvé y de su pueblo, el monoteísmo ha sido al mismo tiempo mono-antropo-teísmo, y por eso lo que afecta al otro es tan sagrado como lo que afecta a Dios. Negar, violar y deshacer al otro es negar, violar y deshacer a Dios, que si es Dios ha de ser el Dios de todos.

Ser creyente, pues, es ser lector desde la infancia, aunque el currutaco dizque creyente, y por supuesto el marmolillo anticreyente, que cree que es no creyente, se escandalicen por esta afirmación, precisamente por no ser ellos ni lectores ni creyentes.

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Hermanos: estamos en la fiesta gozosa de Pentecostés que aleja todos los miedos y nos lanza libres de egoísmos a la realidad humana previamente asumida. No hay lugar para los calculadores, mediocres y para los que no creen que el Espíritu siempre se sale con la suya, siguen ‘encerrados en sus ideas’, en sus cálculos, en su futuro, en una palabra: no se fían. ¿De quién? De los hermanos que Dios les ha dado, olvidando que es Jesús quien nos ha dado su Espíritu, que nos ha hecho hijos y hermanos.

Es la fiesta de Pentecostés. Hoy nos reunimos para pedir al Espíritu que reavive la misión, la misma que el Espíritu encarga a los apóstoles encerrados por miedo, amenazados por el fracaso según lo humano, pero ni fue, ni es así. La novedad y frescura de Pentecostés es la novedad y frescura de la misión de la Iglesia. Una misión que se hace desde la alegría. ¡Cristo vive para siempre!

La primera constatación es que estamos necesitados de Espíritu, para que a unos nos saque de la frialdad y nos dé fuego que arda en nuestros corazones, otros necesitarán esperanza y todos fe. ¿A nosotros qué nos falta? ¿Qué necesitamos que nos regale el Espíritu? Fe.

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Sabrán ustedes, porque se ha convertido en la comidilla de todos los chats, que a la poderosa Rosa María Mateo, presidenta de Radio Televisión Española, se le escapó en el Senado el día 26/05/2020 el gazapo «Radio Televisión Espantosa», supongo que para referirse a la Radio Televisión Española que ella lidera a su manera, aunque inmediatamente carraspeó y siguió adelante como si tal cosa, ay, si Don Sigmund levantara la cabeza… Pero yo no estoy aquí para cultivar la gordofobia, es decir, el horror a quienes me caen gordos, porque además lanzaría piedras contra mi pobre tejado.

Lo que hoy vengo a decirles es que no he chateado ni una sola vez en mi vida. Mis chats nunca existieron; ni siquiera cuando chatear consistía trasantaño en irse a tomar unos vinitos, chatos porque eran cortos. No recuerdo haber entrado nunca a ningún bar hasta los diecinueve años, y la primera cerveza me la tomé con mi padre en un local público, lo cual significó para mí una experiencia fantástica. Y si tal me ocurría entonces, mucho menos me entrego ahora a ese frenético chateo o choteo con manos nerviosas, que tanta pérdida de identidad y tanta dependencia conlleva, más que el alcohol. Chatea quien necesita comunicarse, pero compulsivamente, por lo cual ya no chatea, ha devenido un adicto, un chateópta.

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Tengo gran amor por la historia de las clases trabajadoras, sobre la cual –como era de temer– he escrito lo que no está escrito, gruesos volúmenes que son como las venas de mi sistema circulatorio. Históricamente la burguesía va unida a la propiedad privada de los medios de producción, a diferencia del proletariado que solamente posee su propia fuerza de trabajo. Por tanto, y sin ánimo de ofender, la burguesía y sus apologetas acumulan su riqueza a costa de la debida a los trabajadores.

Según los actuales burgueses eso ya pasó, pero la realidad dice que muchos trabajadores siguen siendo tanto más pobres cuanto más trabajan, son pobres por no ser más que trabajadores. A la burguesía hoy estratificada, aunque ya no forma un bloque, pertenecen banqueros, políticos, funcionarios, ejecutivos de alto standing, especuladores, etc. Lo peor es que el virus burgués se ha metido en los pulmones sociales y su contagio es letal e interminable. Con honrosas excepciones, hasta los pobres quieren hoy ser ricos de la única forma que ello es posible, que no es precisamente trabajando, sino empobreciendo. Hoy todos respiramos y tosemos parecidos virus burgueses, aunque tengamos la boca tapada, de ahí la derrota del proletariado, palabra que ya nadie quiere ver ni en pintura, olvidadas las causas de las grandes penas y penosidades de los explotados, frente al jolgorio y las risitas de los cabezas de chorlito cuyo lema es: yo nada vi, yo nada oí, yo nada puedo hacer. Pero sí, Borjamari burgués, tú la mamaste, tú la mataste, Burt Lancaster.

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Que los seres humanos somos mutadizos y proteicos lo han venido enseñando todas las religiones.

Primero fue el Adam Kadmon (en hebreo: אדמ קדמון), el Hombre del antes: antes de sus hechos de antaño. Antes de cometer el pecado, es decir, antes de su primera y horrible metamorfosis, Adam era el ‘hombre primordial’, el ‘hombre original’, la síntesis del Árbol de la vida, según la Cábala luriana. En su forma plural, en hebreo kadmoniot, significa ‘todas las generaciones’ desde el comienzo de la existencia de la creación.

Pero este megántropo (a no confundir con el macántropo, mi apelativo cariñoso para Juan Luis Ruiz de la Peña) quiso cambiar del formato edénico con el cual fuera diseñado, y mutó y fue desterrado, o transterrado, ya que su muda conllevó también la de su cuerpo ecológico, la adama (אדמה), la tierra: «Entonces el Señor Dios formó al hombre (adam- אָדָם) del polvo de la tierra (adama: אדמה), sopló en su nariz aliento de vida y fue el hombre un ser viviente»1.

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En toda obra literaria, bien sea una representación teatral o una novela en forma de historia o relato, siempre aparecen unos actores sobre los que se focalizan los acontecimientos que van teniendo lugar, a los que denominamos personajes. Los hay con aspecto de personas o no, según el papel que tengan que representar. Por lo tanto, el personaje siempre es una realidad de ficción.

Para que el personaje cobre trazas de realidad precisa de algo que sea creador de realidad. Precias de la persona, precias de su palabra. Todo personaje tiene tras de sí a la persona que le presta su palabra.

También precisa diferenciarse de la fisionomía de la persona que le presta su palabra para adquirir personalidad propia, aunque lo correcto sería decir personajeidad propia.

En un principio la persona que interpretaba un personaje se cubría la cara con una máscara para cobrar mayor realismo, dándose el caso de que una misma persona podía interpretar varios personajes usando varias máscaras. Varios personajes, pero la misma persona.

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