Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

Tantas son las cosas que un mal conferenciante quiere decir, que por querer decirlo todo empieza a beber agua, a sentir el sudor de sus manos, a marear los papeles que lleva escritos, a disculparse ante el público («esto me lo salto», llega a decir en voz alta una vez borrada la distancia entre el tú y el yo), y a desear que aquello concluya lo antes posible.

Y este mismo tormentito lo padecen el escritor malo, el filósofo malo, etc. La cosa es hasta cierto punto disculpable: «Un gentil se presentó ante Shammay y le dijo: “Me convertiré al judaísmo si puedes enseñarme toda la Ley al completo mientras me apoyo en un solo pie”. Shammay lo echó amenazándolo con la herramienta de albañil que llevaba en la mano»1. A mí mismo, que no he llegado tan lejos en el rabinato pese a mis denodados esfuerzos, cuando alguien me pide que le ‘resuma’ algo, le obedezco amorosamente: le sumo, le sumo, le sumo y le vuelvo a sumar todo hasta que, bien mareado, deja de pedir. Y, ya bien nokeado, le repito así: «Nadie debería decir “quiero estudiar la Biblia para que me llamen sabio”; o “quiero estudiar la Mishnah para que me llamen Rabbi”; o “quiero enseñar para convertirme en anciano y sentarme en la Asamblea del Sahnedrín”. No. Debe estudiarse por amor y, finalmente, el honor vendrá por sí mismo»2, al menos el honor de haber envejecido estudiando.

Contaba no hace mucho en mis Memorias de un escritor transfronterizo1 que durante toda mi vida me he sentido bien en el terreno de la ética social, y que incluso me hubiera encantado participar en la vida política institucional, pero también me ha ido enseñando la realidad que esto segundo iba a estarme vedado, ya sea por el sesgo de la política institucional europea, y más en concreto en el país en el que nací, ya sea por el sesgo de mi propia forma de ver la ética social. No encajo en ninguno de los árboles de Linneo, y ni siquiera soy capaz de dar saltos del uno al otro como un verdadero Tarzán. Más bien me ha tocado vivir al pie de los árboles y caminar umbrátilmente entre la umbría humedad de las setas. A veces seta venenosa, a veces benéfica y sabrosa, así van mi escritura y mi realidad, pero ya digo que esta es una situación residual que me displace. De hecho, no sé si el anarquista sin pistolas que soy tendría asiento en un parlamento en el que se defienden mientras se atacan y se atacan mientras se defienden unos y otros políticos unidos por el mismo cordón umbilical que les nutre.

A veces me imagino sentado en el banco azul, junto a los príncipes que en cada momento asientan sus muelles posaderas gobernando, regobernando y desgobernando. ¿Cómo sería mi actitud en esos monumentos, en qué estaría pensando yo durante las sesiones parlamentarias, acaso dormido o tal vez durmiendo, que no son lo mismo según Camilo José de Cela? Cuando estudié el diplomado superior de sociología política en lo que hoy es el Senado, siempre me detenía en el corredor de los pasos perdidos delante del busto de don Julián Besteiro, sobre el que llegué a escribir un libro lleno de respeto2. Que un anarquista como yo haya escrito un libro sobre un hombre culto, político, honrado, y con ideas y vivencias como las que él defendía me pareció algo hermoso ayer e incluso me lo sigue pareciendo hoy, incluso desde el punto de vista de la mera razón dialógica.

«Tal vez sea el cristianismo la única religión que haya disociado la fe del milagro. En él sólo se distinguen dos grandes milagros: Cristo y la permanencia del cristianismo»1. Supongo que cuando el rumano Mircea Eliade profesaba la fe católica no incurría en afirmaciones tan osadas como la mencionada, pero ni antes ni después hubiera debido escribir cosas semejantes, sobre todo teniendo en cuenta que con el curso del tiempo alcanzó el merecido mérito de padre de la historia comparada de las religiones por todos venerado, y también y sinceramente por mí.

Estas ligerezas se le pueden perdonar a los ignorantes, pero no a los sabios, lo que ocurre es que nadie es perfecto. En efecto, los deslices tienen lugar cuando se ironiza sin dejar bien claro el criterio de demarcación de la ironía, algo en lo que desafortunadamente incurre Eliade en este texto que menciono para referirse al término milagro, palabra lo suficientemente rica y polisígnica como para ser utilizada burlescamente, y menos convirtiendo en equívoco su sentido, pues Cristo no es el cristianismo, en todo caso el ‘milagro’ sería, si es que lo es y en un sentido chistoso, que las iglesias cristianas sigan existiendo a trancas y barrancas, a pesar de su lejanía respecto de Cristo. En ese sentido yo me siento parte de ese milagro.

Si existen dos palabras inevitables en la historia de la humanidad, ellas son sin la menor duda bueno y malo. Ninguna otra palabra ha nacido, ninguna otra ha vivido, ninguna otra ha peleado con más fragor y estruendo. Cuando la filosofía ha pretendido negarlas no ha sabido hacer otra cosa que reemplazarlas y, al final el pueblo ha dado su espalda a los nihilistas. Individuos y naciones hacemos el mal, pero defendemos el bien y defendemos el bien haciendo el mal, he ahí la derrota del escepticismo. Por algún inconfesable motivo que la psicología trata de explicar, los que tendemos a ser y somos malos nos ponemos la máscara de buenos. En general, los buenos son tildados de tontos, pero los malos acarrean desgracia. Para los buenos se pide recompensa, para los malos infierno. Ser malo es reprobado y reprobable, pero en ese terreno no son todos los que están, ni están todos los que son.

Que los malos triunfen en este mundo, aunque hagan daño y que gocen como resultado de sus tropelías de eterna beatitud es algo que ni antes ni después de Kant se ha tenido la osadía de defender con la cara alta. En realidad, hasta los malos quieren la felicidad, entendida como lo que es bueno para ellos. Cuando Robinsón encuentra al fin su isla evitando el Covid-19 resultante del contagio con otros congéneres se encuentra feliz como una perdiz, y en eso en algo parecido al Creador cuando vio que aquello que había creado era bueno.

Amigo Platón, pero más amiga la verdad. Como lo Cortés no quita lo Moctezuma, y no sin profundo dolor, deseo interpelar tranquilamente a quien tanto admiro como persona, Joseph Ratzinger, quien en pocas líneas expresa sin embargo una idea de razón tan lastrada de antemano, que resulta ser un argumento teóricamente capcioso más que discutible.

Según mi querido Papa, emérito por mérito, cuando la razón contradice a la fe religiosa es porque en el fondo existe «una orgía de la razón, una hybris o soberbia de la razón que la incapacita para reducirse a sus límites y a aprender a disponerse a prestar oídos a las grandes tradiciones religiosas de la humanidad. Si la razón se emancipa por completo y se desprende de tal disponibilidad para aprender, la razón se vuelve destructiva»1. Veamos como desarrolla el profesor Ratzinger, con quien he colaborado durante años en la Revista católica internacional Communio, esta agresividad desgraciadamente común a la Iglesia desde hace siglos.

Comienzo reconociendo plenamente que su aserto «no existe fórmula del mundo racional, o ética, o religiosa en la que todos pudieran ponerse de acuerdo» es verdadero de todo punto. El problema es, al menos en lo que se refiere a mi particular disciplina intelectual, si esta situación se debe única y exclusivamente a la razón, y no también a la razón que hay en la fe, pues si la fe no fuera razonable, si en ella brillase por su ausencia la razón, tampoco podríamos seguir dialogando.

El catálogo de desequilibrios humanos no conoce límite: egocéntrico, frágil, lábil, quebrantable, oxidable, miedoso, mentiroso, rencoroso, miserable, irresponsable, destructivo, compulsivo, tóxico, enervante, tramposo, incoherente, tonto de re-mate, enfermable, dolorido, resentido por tener que morir. Hay en mi corazón más de cinco jinetes del Apocalipsis y más de cinco cloacas que tapar. Otros justos sostienen la Tierra, los que cantan salmos mientras ingresan en los hornos crematorios, y los que salen de Auschwitz bendiciendo y con la bata blanca sanadora. Su esperanza está dentro y por encima de ellos mismos.

Yo creo por el amor de Dios en el amor de Dios, argumento Él de mi indignificancia dignificada, pese a la minimización frecuente del diagnóstico negativo que proyecto sobre mí mismo. El Dios en que creo me incluye en su vida eternamente amorosa por el sí de su eterno per-don restaurador. Creo en Dios, señor y dador de vida eterna, pues vida que no fuese eterna tampoco sería buena vida. Creo en Dios porque aspirar a algo menos sería poca cosa para un ser digno. Creo en Dios porque sin él tampoco creería en mí. Y creo que si Dios no existiera yo tampoco. Lo cual no significa que crea tanto más en Dios cuanto menos crea en mí, lo cual, por decirlo con Borges, me desatisface.

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