Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

Por no remontarnos demasiado en el tiempo, Meléndez Valdés escribió en 1790 sus Discursos forenses; Serafín Álvarez en 1873 El credo de una religión nueva; Lucas Mallada en 1890 Los males de la patria; Juan de Olavarría en 1834 una Memoria dirigida a S.M. sobre el medio de mejorar la condición física y moral del pueblo español; Tomás Giménez Valdivieso en el 1909 El atraso de España, libros publicados por la Fundación Banco Exterior al final de la década de los ochenta, y que me fueron regalados por mi querido amigo José Ángel Moreno, siempre maestro. Los autores citados podrían ser calificados de regeneracionistas, utópicos, habiendo entre ellos una mayoría de anticatólicos y una radicalidad crítica de distinto grado, aunque con la ingenuidad de dirigir sus escritos a los monarcas responsables del atraso y de la degeneración mismas. Más o menos, gente ilustrada, y algunos de ellos en el poder o en la periferia, donde las batallas son más duras que en ninguna parte.

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La primera novela de Unamuno fue Paz en la guerra, publicada en 1897, y a las alturas del 2020, después de haber leído todas y cada una de las suyas, en más de una cosa soy su sombra, asombrado además por tantas coincidencias y solicitaciones de la vida. Siendo don Miguel de Unamuno y don Carlos de Díaz tan raros, nada de raro tiene esta rareza. Al presentarnos a Pedro Antonio Iturriondo, el chocolatero, antiguo soldado de la primera guerra carlista, dice: «En la monotonía de su vida, gozaba Pedro Antonio de la novedad de cada minuto, del deleite de hacer todos los días las mismas cosas y de la plenitud de su limitación. Perdíase en la sombra, pasaba inadvertido disfrutando dentro de su pelleja, como el pez en el agua, la íntima intensidad de una vida de trabajo, oscura y silenciosa, en la realidad de sí mismo, y no en la apariencia de los demás. Fluía su existencia como corriente de río manso, con rumor no oído, y de que no se daría cuenta hasta que se interrumpiera». Supongo que en esta conceptualización de don Miguel no tendría poco que ver lo que su adorado Soren Kierkegaard (igualmente adorado por mí) denominaba repetición, excelente categoría existencial tan desaparecida en combate en nuestros días, donde la gente, aburriéndose por la repetición de lo cotidiano, se aburre buscando sin ser de ello consciente otra repetición, la repetición de novedades.

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Siempre me ha gustado leer directamente a los autores mucho más que a sus comentaristas. Por lo general existen dos clases de comentaristas, los unos son los hermeneutas o intérpretes serios, que saben de qué va la cosa, cuyas versiones resultan interesantes e inevitablemente diferentes entre sí, y los otros los repetidores y plagiarios, los cuales, a base de regurgitar y ser regurgitados por sus cuatro estómagos –sin trato con los textos originales– desfiguran por completo todo aquello a lo que dicen referirse, por lo que enseñan error y son fuente permanente de horror. Desgraciadamente, la mayor parte de las historias de la filosofía o del pensamiento en general operan con este último descaro.

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Es vox populi que cuando se te cae de la cuna el primer hijo corres al médico cual alma en pena para ver si fue algo grave; que cuando se trata del segundo hijo te llevas un buen susto, y que cuando se trata del tercero pasa a ser un simple problema estadístico. La caída del hijo o de la hija, pues, goza aproximadamente de la siguiente secuencia: a) «¡Se ha caído de la cuna!», b) «¡Vaya por Dios, se cayó de la cuna!», c) «Ya se cayó de la cuna». Y lo mismo ocurre con muchas cosas, a las cuales quita hierro la costumbre, al fin y al cabo una persona acostumbrada pierde mucho de su identidad personal.

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Carlos IV, Isabel II y Alfonso XIII murieron lejos de sus súbditos, y la misma suerte (para los españoles) correrá Juan Carlos I de Borbón y Borbón. ¿No es esto una evidencia de que los españoles no quieren la monarquía real, la de sus monarcas, aunque tengan una idea más o menos romántica de la misma? Los escándalos arrasan en todas las monarquías, a pesar de la superioridad de su sangre azul, y como botón de muestra véase la monarquía de princesas, hadas y princesos de Inglaterra, cuya augusta capa todo lo tapa. ¿Por qué esos regímenes sin ejemplaridad y sin ser elegidos por los pueblos siguen ahí por los siglos de los siglos? Sencillamente: porque los gobernantes, apenas llegados al poder, se creen también ellos mismos la monarquía misma. Y por eso recurren a lo que sea para no irse: entre ellos se produce una mentalidad hegemónica e intermonárquica caiga quien caiga.

Que ocurra lo mismo o cosa muy parecida en cualquier otra forma de gobierno, también en el republicano, y no digamos nada en el populista, en el caudillismo, o en la dictadura, es siempre más de lo mismo. Cuando don Francisco repuso la monarquía no sufrió ningún quebranto moral, pues sentía con ese instinto de viejo zorro gallego (y perdón para los gallegos) sucederse a sí mismo. Monarquía: poder único, nos avisaba Platón.

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«Una noche, cuenta Emma Goldman, me sorprendió la visita de varios reporteros: “El presidente acaba de morir”, me anunciaron. “¿Qué opina? ¿No lo siente?” –“¿Es posible, pregunté, que en todos los estados Unidos sólo el presidente haya muerto hoy? Muchos otros habrán muerto al mismo tiempo, quizá en la pobreza y la miseria, dejando a personas sin recursos tras ellos. ¿Por qué creen ustedes que deba lamentar más la muerte de McKinley que la del resto? Mi compasión ha estado siempre con los vivos, los muertos ya no la necesitan”»1. El patriotismo es el último recurso de los canallas porque prefiere el mejor equipamiento para el ejercicio de matar personas, antes que el de fabricar artículos de primera necesidad como calzado, ropa y casas para todos, un oficio que garantiza mayores beneficios y mayor gloria que el del honesto trabajador, cuya muerte se desprecia.

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