Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

El regeneracionista Lucas Mallada escribió un espléndido libro, Los males de la patria. Ah, dirán algunos, ¿acaso no pasó ese atraso histórico, sobre todo ahora que tenemos la mejor medicina del mundo, una deuda del copón, un batallón de féminas ginecocráticas ardientes y otro de legionarios y legionarias que con orgullo y fiereza mayores que los Tercios de Flandes tremolan la bandera nacional, e incluso, para que nada falte, nihilismo de litrona? Pues ustedes perdonen, pero a don Mariano José de Larra, pobrecito escritor, y a este humilde servidor, nos parecen que la patria sigue en peligro.

En efecto, lo último y más profundo de lo que saben individuos y pueblos es la filosofía, y no lo digo por ser filósofo, ni por gremialismo. La filosofía ni siquiera es sabiduría; todas las sabidurías lo son menos la filosofía, pero todas desembocan en ella, que sólo es amor a la sabiduría. Lo que en última instancia son pueblos e individuos se lo da su amor por la verdad.

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Narra el Evangelio que fueron a tentar a Jesús con una pregunta capciosa. ¿Es lícito pagar tributo al César? Si su respuesta hubiese sido negativa, le acusarían de traición al César. Y en caso de ser positiva, de deslealtad a Israel.

La habilidad de Jesús fue notoria. Les pidió que le enseñaran la moneda con la que se pagaba el tributo, el denario. Y les pregunto de quién era la efigie y la inscripción que figuraba en ella. Del César, le respondieron. Pues dad –o como prefieren los expertos, devolved– al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Hoy tenemos que formular radicalmente la pregunta. ¿Qué tenemos del César que hayamos de devolverle? La respuesta no es baladí, para cualquier persona de buena voluntad y, sobre todo, para quien quiera seguir al Maestro de Nazaret.

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Aristóteles comienza su libro de la Metafísica diciendo que «El hombre quiere por necesidad saber y conocer la verdad», pues en todos los niveles de la realidad no nos da igual la verdad que la mentira.

A esa facultad o, mejor dicho, ‘deseo’ de verdad, Platón le denomina episteme, que viene a ser la máxima expresión del discernimiento de la verdad, que asciende desde la mera opinión, la doxa, a través del razonamiento científico.

Desde entonces hasta ahora han transcurrido un poco más de 2.400 años y parece ser que ese deseo de verdad ha tenido que acostumbrarse a convivir con la mentira, cuando menos a nivel sociológico, y digo cuando menos porque ni la propia ciencia se libra de la mentira, pero aquí la mentira suele tener menos recorrido.

En todas las épocas ha existido un interés tanto institucional como privado en conocer la verdad y en desenmascarar la mentira, estableciéndose mecanismos jurídicos y técnicos de control, tanto preventivos como correctivos. Estos mecanismos con el tiempo se han ido perfeccionando, a la vez que han generado un vasto complejo jurídico y de medios, tanto en recursos humanos como técnicos que en muchas ocasiones no resultan operativos para el fin que se proponen.

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Pedante como siempre, en la primera página de las Lecciones sobre la filosofía universal de Hegel tengo escrito: Unterwegs Soria-Logroño, 19/02/1983, fiel también a mi costumbre de leer hasta debajo del agua. Se trata de la obra en que Hegel predice lo que va a pasarle a la humanidad, y no de forma contingente, sino necesariamente. A mí un boludo argentino también me predijo en un viaje de autobús el día y la hora de mi muerte, algo que olvidé nada más ver la cara de gilipollas con que me lo pronosticaba.

Si a ustedes les preguntara alguien qué va a pasar con la humanidad, ¿qué le dirían? Jorge Guillermo Federico Hegel fue uno de los pensadores más implacables en lo referente a la historia de las predicciones, y con pasmosa seguridad afirmó que él tenía la clave indeleble de la respuesta: «En la historia caminamos entre las ruinas de lo egregio. ¿Quién no se habrá entregado entre las ruinas de Cartago, Palmira, Persépolis o Roma a consideraciones sobre la caducidad de los imperios y de los hombres, al duelo por una vida pasada grandiosa y rica?»1. «Las horas de felicidad en la historia son hojas vacías. Hay en la historia universal, sin duda, también satisfacción; pero ésta no es lo que se llama felicidad, sino la satisfacción de los fines de los particulares que ellos sitúan por encima de los intereses universales de la humanidad. Los individuos de importancia en la historia universal que han perseguido tales fines han gozado de satisfacciones, sin duda, pero no han querido ser felices, pues su deseo ha sido la realización la finalidad universal de la humanidad. Sin embargo, alcanzado ese fin, semejan cáscaras vacías que caen al suelo; quizá les ha resultado amargo llevarlo a cabo y, en el momento en que lo han conseguido, o han muerto jóvenes, como Alejandro, o han sido asesinados, como César, o deportados como Napoleón. Desde luego, para sí mismos no han logrado ganancia alguna, ni tranquilo gozo. Aquellos grandes hombres parecen seguir sólo su gran pasión, sólo su albedrío, pero lo que quieren es lo universal. Este es su pathos. El hombre que realiza algo grande pone toda su energía en ello. No tiene la mezquindad de querer esto o aquello, no se disipa en tantos y cuantos fines, sino que está entregado verdaderamente a su gran fin»2.

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Del biblista Xabier Pikaza leí hace poco una reflexión de enorme calado teológico y antropológico. Para él, el paso del Antiguo Testamento al Nuevo puede centrarse en el cambio del Yo soy –Yo soy el que soy– al Tú eres –Tú eres mi Hijo amado–, palabras escuchadas en el Jordán, cuando el bautismo de Jesús.

El ‘Tú eres’ consagra al Maestro de Nazaret como Hijo del Dios eterno. Pero a través de Él se dirige también a cada uno de los seres humanos, convirtiéndonos en hijos de un mismo Padre y, por tanto, en hermanos.

A través de los encuentros que vamos teniendo en la vida con diversos tús, vamos construyendo nuestro yo, nuestra personalidad. El ser aislado, mito del individualismo liberal, es falso. Es la cooperación y no la lucha competitiva la que permite el avance de la humanidad. Cuando prevalece la competición es cuando retrocedemos y, si la lucha se torna despiadada, recaemos en la bestialidad.

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Para viajar hoy no hace falta llenar de provisiones y de víveres las naos y embarcarse con rumbo incierto en viajes interminables y llenos de peligros, como Magallanes y otros grandes marinos; ni siquiera llevar más baúles que la Piquer, pues todavía abundan las gentes que no saben salir de casa a no ser cargadas de accesorios como un mulo. Hoy viajar resulta verdaderamente muy fácil, basta tan sólo con ir a una agencia y recibir un itinerario perfectamente diseñado en todos sus detalles para usted. De tal modo, queda asegurado que le traerán y le llevarán ‘personalizadamente’ desparasitado y atadito con el dogal, y ¡que comience la excitante aventura!, todo lo cual prueba que ir más lejos no es ir más allá.

Mi amigo Víctor García, conocido en las filas libertarias como El Marco Polo de la Anarquía, después de la lucha clandestina contra el régimen de Franco, la fuga del tren que le llevaba a Auschwitz, los campos de concentración y el exilio, decidió recorrer el mundo entero porque ya no le quedaba otro medio de hacer la paz y de hermanar con todos los seres humanos. Aunque no era universitario, ni siquiera pasó de la escuela primaria, aprendió multitud de idiomas por empatía y se hizo uno más entre los extraños, todo eso a veces a pie, otras veces en bicicleta, otras en coche o camión, otras en tren, y otras por avión, pagándoselo todo con el trabajo de sus hábiles manos en los países por donde iba pasando durante varios años, de todo lo cual ha dejado testimonios en sus mágicos libros editados en los años sesenta. Ni que decir tiene que nunca le hizo ascos a lo que comen las gentes por esos mundos de Dios, y –al menos para mí– constituía una auténtica delicia oírle contar las cosas que hubo de comer para no desairar.

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