Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

Aristóteles comienza su libro de la Metafísica diciendo que «El hombre quiere por necesidad saber y conocer la verdad», pues en todos los niveles de la realidad no nos da igual la verdad que la mentira.

A esa facultad o, mejor dicho, ‘deseo’ de verdad, Platón le denomina episteme, que viene a ser la máxima expresión del discernimiento de la verdad, que asciende desde la mera opinión, la doxa, a través del razonamiento científico.

Desde entonces hasta ahora han transcurrido un poco más de 2.400 años y parece ser que ese deseo de verdad ha tenido que acostumbrarse a convivir con la mentira, cuando menos a nivel sociológico, y digo cuando menos porque ni la propia ciencia se libra de la mentira, pero aquí la mentira suele tener menos recorrido.

En todas las épocas ha existido un interés tanto institucional como privado en conocer la verdad y en desenmascarar la mentira, estableciéndose mecanismos jurídicos y técnicos de control, tanto preventivos como correctivos. Estos mecanismos con el tiempo se han ido perfeccionando, a la vez que han generado un vasto complejo jurídico y de medios, tanto en recursos humanos como técnicos que en muchas ocasiones no resultan operativos para el fin que se proponen.

Pedante como siempre, en la primera página de las Lecciones sobre la filosofía universal de Hegel tengo escrito: Unterwegs Soria-Logroño, 19/02/1983, fiel también a mi costumbre de leer hasta debajo del agua. Se trata de la obra en que Hegel predice lo que va a pasarle a la humanidad, y no de forma contingente, sino necesariamente. A mí un boludo argentino también me predijo en un viaje de autobús el día y la hora de mi muerte, algo que olvidé nada más ver la cara de gilipollas con que me lo pronosticaba.

Si a ustedes les preguntara alguien qué va a pasar con la humanidad, ¿qué le dirían? Jorge Guillermo Federico Hegel fue uno de los pensadores más implacables en lo referente a la historia de las predicciones, y con pasmosa seguridad afirmó que él tenía la clave indeleble de la respuesta: «En la historia caminamos entre las ruinas de lo egregio. ¿Quién no se habrá entregado entre las ruinas de Cartago, Palmira, Persépolis o Roma a consideraciones sobre la caducidad de los imperios y de los hombres, al duelo por una vida pasada grandiosa y rica?»1. «Las horas de felicidad en la historia son hojas vacías. Hay en la historia universal, sin duda, también satisfacción; pero ésta no es lo que se llama felicidad, sino la satisfacción de los fines de los particulares que ellos sitúan por encima de los intereses universales de la humanidad. Los individuos de importancia en la historia universal que han perseguido tales fines han gozado de satisfacciones, sin duda, pero no han querido ser felices, pues su deseo ha sido la realización la finalidad universal de la humanidad. Sin embargo, alcanzado ese fin, semejan cáscaras vacías que caen al suelo; quizá les ha resultado amargo llevarlo a cabo y, en el momento en que lo han conseguido, o han muerto jóvenes, como Alejandro, o han sido asesinados, como César, o deportados como Napoleón. Desde luego, para sí mismos no han logrado ganancia alguna, ni tranquilo gozo. Aquellos grandes hombres parecen seguir sólo su gran pasión, sólo su albedrío, pero lo que quieren es lo universal. Este es su pathos. El hombre que realiza algo grande pone toda su energía en ello. No tiene la mezquindad de querer esto o aquello, no se disipa en tantos y cuantos fines, sino que está entregado verdaderamente a su gran fin»2.

Del biblista Xabier Pikaza leí hace poco una reflexión de enorme calado teológico y antropológico. Para él, el paso del Antiguo Testamento al Nuevo puede centrarse en el cambio del Yo soy –Yo soy el que soy– al Tú eres –Tú eres mi Hijo amado–, palabras escuchadas en el Jordán, cuando el bautismo de Jesús.

El ‘Tú eres’ consagra al Maestro de Nazaret como Hijo del Dios eterno. Pero a través de Él se dirige también a cada uno de los seres humanos, convirtiéndonos en hijos de un mismo Padre y, por tanto, en hermanos.

A través de los encuentros que vamos teniendo en la vida con diversos tús, vamos construyendo nuestro yo, nuestra personalidad. El ser aislado, mito del individualismo liberal, es falso. Es la cooperación y no la lucha competitiva la que permite el avance de la humanidad. Cuando prevalece la competición es cuando retrocedemos y, si la lucha se torna despiadada, recaemos en la bestialidad.

Para viajar hoy no hace falta llenar de provisiones y de víveres las naos y embarcarse con rumbo incierto en viajes interminables y llenos de peligros, como Magallanes y otros grandes marinos; ni siquiera llevar más baúles que la Piquer, pues todavía abundan las gentes que no saben salir de casa a no ser cargadas de accesorios como un mulo. Hoy viajar resulta verdaderamente muy fácil, basta tan sólo con ir a una agencia y recibir un itinerario perfectamente diseñado en todos sus detalles para usted. De tal modo, queda asegurado que le traerán y le llevarán ‘personalizadamente’ desparasitado y atadito con el dogal, y ¡que comience la excitante aventura!, todo lo cual prueba que ir más lejos no es ir más allá.

Mi amigo Víctor García, conocido en las filas libertarias como El Marco Polo de la Anarquía, después de la lucha clandestina contra el régimen de Franco, la fuga del tren que le llevaba a Auschwitz, los campos de concentración y el exilio, decidió recorrer el mundo entero porque ya no le quedaba otro medio de hacer la paz y de hermanar con todos los seres humanos. Aunque no era universitario, ni siquiera pasó de la escuela primaria, aprendió multitud de idiomas por empatía y se hizo uno más entre los extraños, todo eso a veces a pie, otras veces en bicicleta, otras en coche o camión, otras en tren, y otras por avión, pagándoselo todo con el trabajo de sus hábiles manos en los países por donde iba pasando durante varios años, de todo lo cual ha dejado testimonios en sus mágicos libros editados en los años sesenta. Ni que decir tiene que nunca le hizo ascos a lo que comen las gentes por esos mundos de Dios, y –al menos para mí– constituía una auténtica delicia oírle contar las cosas que hubo de comer para no desairar.

No conozco ninguna religión seria que no potencie el estudio como forma de meditación, el propio Buddha (cuyos seguidores más meditan sin embargo de lo que leen) afirmaba que la ignorancia es lo peor de todo fanatismo; en general el mundo oriental a través del confucionismo, jainismo, animismo, taoísmo, etc., vivió para la sabiduría, aunque no de ella; en grado distinto, pero no menor, ocurre lo mismo en la religión judía (lamentablemente sólo el islam ortodoxo cultiva la fe contra la razón, e ignora la hermenéutica y la ilustración reflexiva). Recordemos que la Biblia judía no es un solo libro, sino 72 libros nacidos en contextos diferentes, escritos por autores que no se conocían entre sí, y en la que se reconocen lectores posteriores desde hace más de dos mil años.

Suele decirse que monoteísmo, profetismo y mesianismo constituyen la aportación judía a la cultura humana, pero me gustaría añadir que, además, dada la comunidad de aventura de Yahvé y de su pueblo, el monoteísmo ha sido al mismo tiempo mono-antropo-teísmo, y por eso lo que afecta al otro es tan sagrado como lo que afecta a Dios. Negar, violar y deshacer al otro es negar, violar y deshacer a Dios, que si es Dios ha de ser el Dios de todos.

Ser creyente, pues, es ser lector desde la infancia, aunque el currutaco dizque creyente, y por supuesto el marmolillo anticreyente, que cree que es no creyente, se escandalicen por esta afirmación, precisamente por no ser ellos ni lectores ni creyentes.

Hermanos: estamos en la fiesta gozosa de Pentecostés que aleja todos los miedos y nos lanza libres de egoísmos a la realidad humana previamente asumida. No hay lugar para los calculadores, mediocres y para los que no creen que el Espíritu siempre se sale con la suya, siguen ‘encerrados en sus ideas’, en sus cálculos, en su futuro, en una palabra: no se fían. ¿De quién? De los hermanos que Dios les ha dado, olvidando que es Jesús quien nos ha dado su Espíritu, que nos ha hecho hijos y hermanos.

Es la fiesta de Pentecostés. Hoy nos reunimos para pedir al Espíritu que reavive la misión, la misma que el Espíritu encarga a los apóstoles encerrados por miedo, amenazados por el fracaso según lo humano, pero ni fue, ni es así. La novedad y frescura de Pentecostés es la novedad y frescura de la misión de la Iglesia. Una misión que se hace desde la alegría. ¡Cristo vive para siempre!

La primera constatación es que estamos necesitados de Espíritu, para que a unos nos saque de la frialdad y nos dé fuego que arda en nuestros corazones, otros necesitarán esperanza y todos fe. ¿A nosotros qué nos falta? ¿Qué necesitamos que nos regale el Espíritu? Fe.

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