Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

«En los últimos años han proliferado conferencias, libros, simposios, por no mencionar los artículos en los periódicos y revistas dominicales que hablan de lo que el mundo será en el año dos mil o en el próximo siglo. He ojeado esta ‘literatura’, si es que la podemos llamar así, y en general me ha alarmado más que instruido. Un buen noventa y cinco por ciento de esta literatura trata de los cambios puramente tecnológicos y deja al margen la cuestión de lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto. En algunas ocasiones la obra completa parece casi enteramente amoral. Se habla mucho acerca de nueva maquinaria, de órganos artificiales, de nuevos tipos de automóviles, trenes o aviones, refrigeradores más grandes y mejores lavadoras de ropa. A veces esta literatura me asusta tanto como las pláticas informales acerca del aumento de la capacidad de destrucción masiva, o incluso la desaparición de toda la especie humana»1.

El bueno de Abraham Maslow se marchó de este mundo sin haber llegado a conocer las dimensiones reales de todo aquello que le daba miedo; si hoy levantara la cabeza ya no desarrollaría una escala de necesidades del ser humano, sino una ‘escala de in-necesidades o de superfluos del ser humano’. Mil flores de plástico no hacen de un desierto un jardín.

Uno de los psicólogos más famosos e influyentes del mundo de habla hispana, el norteamericano Carl Rogers, padre de la psicología centrada en el cliente y de la terapia humanista personalista junto con Abraham Maslow, así como el inventor de la actitud no directiva en terapia y en pedagogía, aún arrasa en Latinoamérica. No voy a repetir ahora lo que he escrito anteriormente sobre todo esto en un libro1, pues prefiero reproducir las propias palabras de Carl Rogers, que rezan así:

«a. Mi experiencia me dice que no puedo enseñar a otra persona cómo enseñar. En última instancia, intentar algo así resulta inútil.

b. Pienso que cualquier cosa que pueda enseñarse a otra persona es relativamente intrascendente y ejerce poca o ninguna influencia sobre la conducta. Esto suena tan absurdo que no puedo evitar cuestionarlo en el mismo momento en que lo enuncio.

c. Cada vez estoy más convencido de que sólo me interesa el aprendizaje capaz de influir significativamente sobre la conducta. Tal vez esto no sea más que un punto de vista personal.

d. He llegado a sentir que el único aprendizaje que puede influir significativamente sobre la conducta es el que el individuo descubre e incorpora por sí mismo.

Tengo fama de hipercrítico, bien ganada, por cierto. Cuando muestro mi disconformidad crítica contra algún intelectual, político o predicador cuyas ideas me parecen dolosas, reacciono con rabia y con dolor, casi como un perro al que hubieran pisado el rabo. Sin embargo, contra la opinión de quienes me acusan de acusador hiperbólico, tengo que afirmar una vez más que no es por motivos personales, aunque disto mucho de ser tan bueno como para creerme por encima del bien y del mal, ni para negar que a veces escribo derecho con renglones torcidos. Pero con las personas a las que denuncio siempre estoy dispuesto a la reconciliación y al perdón personal, gracias a Dios.

Si yo creyera que todo está bien, que las cosas no van tan mal, que el ser humano no pierde su condición de tal con el paso del tiempo y que la naturaleza no está severamente dañada, que pobres y ricos no se encuentran tan contrapuestos, créanme que lo defendería con uñas y dientes. Pero lo que no puedo asumir es ese gran dolor que los buenistas me producen, porque además de equivocarse estoy seguro de que mienten: no es creíble que haya tanto imbécil que no se dé cuenta de la marcha de nuestro planeta ni de nuestro mundo personal a la deriva. Con el curso del tiempo se ha ido acentuando mi displacencia al respecto en la medida en que demasiada gente indiferente ante las grandes cuestiones me escandaliza por culpa de su comportamiento impropio de la menor dignidad humana.

Cada vez que escribo un artículo, un libro, cuando la lista de la compra, cada vez que hago o pienso algo, inmediatamente deseo contradecirlo y defender lo otro que eso. No es que me falte fuerza de convicción, asertividad, ni empeño para mantener mis argumentos, ni que no me guste cuanto afirmo, pues de lo contrario no lo escribiría; ni siquiera rozando la disnoia severa escribiría para negarme, ni me negaría para reafirmarme con mayor fuerza, y así sucesivamente hasta el desfallecimiento, comportamiento histérico que ni siquiera está a mi alcance por no ser lo bastante histérico. Lo que ocurre es que, por mucho que me guste escribir, las cosas tienen su límite.

Tal vez la realidad sea tan compleja, que por ello necesite yo sencillamente completarla, aun al precio de contradecirme, pues la contradicción no es tan mala si se sabe cómo aplicarla con cierta humildad. En última determinación, todo es de suyo contradicción, y si alguien lo niega debería reparar al menos un poco en que el simple hecho de hablar es contradecir al silencio; no es que el silencio diga no, el silencio no dice, y por tanto es un potencial enemigo de cualquier afirmación, al modo de una traición por la espalda. Por eso se teme al silencio. Seguramente alguien que no esté de acuerdo con lo hasta aquí manifestado estará también contradiciéndolo mentalmente, aunque espero que la sangre no llegue al río.

«–Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa que he dicho es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean ni verán en el mundo. A esto respondió el labrador: –Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana. –Yo sé quién soy, respondió don Quijote, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías».

Don Quijote dijo saber, «yo sé quién soy», pero él sabía erróneamente, pues creía ser lo que no era, un derribador de molinos de viento. Incluso cuando vuelto a la cordura rectificó la idea que de sí mismo tenía, a saber, un manchego sin real alcurnia que manda quemar los libros de caballería ante su azoquetada sobrina, tampoco era lo que decía que era. Al definirse por el ideal faltábale el yo real, y al definirse por el yo real le falta el yo ideal.

Aunque se me ha acusado de tener inquina a Fernando Savater, nada hay más falso. Lo peor es que se le ha ensalzado como un nuevo Bakunin, no siendo más que un pequeño burgués, un señorito petimetre, un petit maître. Alla cada cual, pero un hombre que hace tan sólo unos días hacía las siguientes declaraciones no es más que una gallina clueca, un viejito asustado. Hoy, y seguramente para no ocuparme ya nunca más del personaje, sólo deseo mostrar que yo sigo viendo bien, y que muchos tienen que ir al oculista para ver las cosas como son.

Declara, en efecto, Fernando Savater sobre la pandemia vírica lo siguiente: «Frases como hemos vivido equivocados, hemos de cambiar nuestra manera de existir, la culpa la tienen los abusos del egoísmo o la falta del respeto a la ecología son falsas. No, se trata de una plaga y se acabó. Ha habido plagas desde que los seres humanos tienen memoria y habrá muchas más. Esta en concreto tiene una virulencia brutal, pero también tenemos mucho más medios para enfrentarnos a ella y contrarrestarla. Pero no entiendo eso de en seguida empezar a sacar conclusiones como en la Edad Media, de que es un castigo divino. No puede ser que ahora a los castigos divinos se les llame castigos de la naturaleza. Me parece insoportable que los moralistas vayan repitiendo cosas como que ahora nos enteramos de lo importante que son los otros. Es como si hubiera habido que esperar 21 siglos y una plaga para darnos cuenta de que los otros son importantes. Tras esta crisis se van a producir cambios sociales importantes. Todo lo que ocurre, desde las crisis hasta los embotellamientos de los findes de semana, siempre marca un antes y un después.

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