Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

“Entiendo por humanismo el conjunto de discursos mediante los cuales se le dice al hombre occidental: ‘si tú no ejerces el poder, puedes sin embargo ser soberano. Aún más, cuanto más renuncies a ejercer el poder y cuanto más sometido estés a lo que se te impone, más serás soberano’. El humanismo es lo que han inventado paso a paso estas soberanías sometidas que son: el alma (soberana sobre el cuerpo, sometida a Dios), la conciencia (soberana en el orden del juicio, sometida en el orden de la verdad), el individuo (soberano titular de sus derechos, sometido a las leyes de la naturaleza, o a las reglas de la sociedad), la libertad fundamental (interiormente soberana, interiormente consentidora y ‘adaptada a su destino’). En suma, el humanismo es todo aquello a través de lo cual se ha obstruido el deseo de poder en Occidente -prohibido querer el poder, excluida la posibilidad de tomarlo-. En el corazón del humanismo está la teoría del sujeto, en el doble sentido del término. Por eso el Occidente rechaza con tanto encarnizamiento todo lo que puede hacer saltar ese cerrojo. Y ese cerrojo puede ser atacado de dos maneras: ya sea por un des-sometimiento de la voluntad de poder (es decir, por la lucha política en tanto que lucha de clase), ya sea por un trabajo de destrucción del sujeto como pseudo/soberano (es decir, mediante el ataque ‘cultural’: supresión de tabús, de limitaciones y de separaciones sexuales; práctica de la existencia comunitaria; desinhibición respecto a la droga; rupturas de todas las prohibiciones y de todas las cadenas mediante las que se reconstruye y se reconduce la individualidad normativa. Pienso sobre esto en todas las experiencias que nuestra civilización ha rechazado o no ha admitido más que como elemento literario”1.

Cuenta Max Weber que, cuando estuvo en los Estados Unidos en 1904, coincidió en el tren con un viajero dedicado a las pompas fúnebres. Cuando Weber comunicó su extrañeza por el poder de las sectas religiosas, éste le contestó: “A mi me da igual lo que la gente crea, pero no confiaría ni cincuenta centavos de crédito a un granjero o a un comerciante que no perteneciese a ninguna iglesia. ¿Por qué iba a pagarme, si no cree en nada?”. Y Weber estuvo de acuerdo.

El mundo griego recomendó conócete a ti mismo, y también derivadamente ocúpate de ti mismo -la epimeleia, luego la romana cura sui- el cuidado de sí mismo. No existen en la Hélade, sin embargo, consejos del tipo cuida del otro, y nada en absoluto del tenor cuida del otro como de ti mismo. En este panorama la acumulación de las riquezas y de los honores traza con adelanto la línea que habría de seguir la humanidad después: ocuparse con el propio dinero, jrémata, jrémata aner, el hombre es dinero, ideología de la acumulación del capital que incluía también la apropiación del esclavo, del débil, de la mujer, e incluso de los propios hijos.

«Me sorprende que no me hayas enviado el artículo al que te comprometiste en la reunión de febrero. Supongo que ni te has acordado, aunque lo apuntaste en ese momento. Así que te refresco la memoria, el tema era: Personalismo y ecologismo. Interrelación entre el ser humano y la naturaleza. Ecolatría y ecodulía (4 páginas). No lo despaches de un plumazo, necesitamos profundidad».

Esto me escribe el director de Acontecimiento, a quien pido perdón por el olvido, tal vez derivado de que ya he escrito mucho sobre ello, por lo que suele ocurrirme a estas alturas lo que también le ocurría a Juan Luis Ruiz de la Peña, que se las veía y se las deseaba para hacer florituras o inventar algunos acordes para que el mismo perro al final no dejase de llevar el mismo collar.

La derecha agarra la pasta y no se hace fotos; se rodea de farándula y de morralla, pero es como baratija de feria de timadores y trileros, la España cutre de Puerto Hurraco aunque la mona se vista de seda con sus cacerías, princesas que pringan con sus aceites y sus cremas. Cultura cero. La playa, el pescaíto, los yates, y los negocios sucios que no pasan por Hacienda. Es la España de los españolistas patrióticos y del pelo gomoso terminando con un caracolillo en la nuca. Es la España de pachanga y pandereta que no acaba, de las jacas, de las marismas, de las romerías, de los desmayos desbordados por la cursilería afectiva de los sombreros de feria, y de todo ese peso muerto, lastre emocional y ruina económica siempre necesitada de subvención. Sólo pido que no me entierren en el mismo ataúd con una pareja de la guardia civil para vigilarme y de paso para ahorrarse el sepelio, porque les robo la pistola y salgo como sea de ese pudridero pegando tiros. La derecha amante de su prole y ladrona del salario para las proles de los hijos de los jornaleros, aparentadora, culera, de alta cuna y de baja cama, el espíritu burgués de esa España mediocre, es el Australopitecus en la evolución de las especies. Dejémoslo aquí; en su favor digo que esta gente no engaña a nadie, más o menos tranquilos en su tribu.

Cada vez que viajo a algún país con buenas librerías me encuentro en sus escaparates pilas de libros de los maestros pensadores especializados, según su propia proclama, en violentar el pensamiento1, que es la seña de identidad del moderno: «El rimbaudiano il faut être absolument moderne no es un programa estético ni para estetas, sino un imperativo categórico de la filosofía»2 escribía Theodor W. Adorno, un personaje muchísimo más oscuro que Hegel, un lápiz sin punta, al cual desde luego podría aplicársele lo que él predica de Hegel: «Hegel es el único con el cual de vez en cuando no se sabe, ni se puede averiguar de forma concluyente, de qué se está hablando, y con el cual no está siquiera garantizada la posibilidad de semejante averiguación»3. Dijo la sartén al cazo.

Alcanzar la oscuridad, el retorcimiento, el violentar el pensamiento es imprescindible para el moderno. Violentar el pensar es necesario para pensar. Para ello, se supone, habría que tener un pensamiento bruto o materia prima al que luego someter a distorsión violenta, oscura y difícil, «oscurezcámoslo un poco más». El prestigio de gente sin ideas ni convicciones brillantes, la violencia hegemónica de su ‘pensamiento’, recuerda otra vez al barón de Münchhausen halándose de la propia coleta para salir del pozo en que había caído. Pero da igual, la impostura personificada en lo moderno puede con todo cuando la ideología violentadora ha devenido idología. Entre violentos anda el juego: dos rinocerontes peleándose hasta perder sus cuernos al embestirse se entienden perfectamente entre sí con sus mutuas tarascadas, su juego común, pero lo que queda destrozado es el césped en el que batallan, el de la razón, único suelo donde el césped sembrado por otros puede ser destrozado por los violentadores.

La comunidad pospascual de Mateo está ‘muerta de miedo’. Siente el vértigo que produce proclamar el evangelio. Lo de siempre, después de veintiún siglos, el nadar contracorriente produce miedo, y, por tanto, produce ‘cristianos corrientes’, digamos ‘mediocres’ .

El confinamiento no ha sido el mal más grave, sino el ‘encerramiento’ en nosotros mismos; atemorizados, miedosos, tristes, sin creatividad, calculadores, deprimidos, cuyo resultado es el crecimiento de depresiones. ¿Es asunto sólo psicológico, o principalmente teológico? Cuando uno no se fía ni de Dios, no hay dios que nos dé confianza, esperanza. ¿Qué motivos tengo para ser fiel, permanecer, confiar, esperar, si la muerte es la única evidencia?

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