Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

El primero de noviembre es el día de todos los santos, o sea, de todos los seguidores del Santo, al que los cristianos alabamos en el oficio de la misa “porque sólo tú eres santo, sólo tú señor, sólo tú altísimo Jesucristo”, algo que vuelvo a recordar aquí porque la santidad no consiste en otra cosa que en eso, en seguir al Santo a pesar de todo. Muchos son los santos no canonizados, y más de un santo canonizado tiene sus manos tintas en sangre, en poderío, y en riquezas, no faltando incluso santos que no existieron, por alguna astucia de la historia. Pero en eso no voy a entrar ahora.

Los mitos no son Fucks News, ni invasiones de mentiras tuiteadas, ni recurso de los mass media, ni la oficina donde se fraguan las industrias de la conspiración. Los mitos no son los medios de comunicación cuyos fines se tejen en el telar de Satanás. Los mitos no son las aspiraciones de quienes, llenos de miedo a ser vistos como realmente son, aparentan lo que no son, para lo cual ego sum imperator. Los mitos no son los dictámenes de birrete y toga agrupados bajo el lema “la ley es igual para todos”, con ramitos de flores sobre la mesa de los jueces, tan parecidos sin embargo a los tribunales de la isla de Guadalupe, donde los litigantes, para alejar a los zombis, lanzan huevos podridos contra el palacio de justicia y se orinan en un rincón de la sala de la audiencia. Los mitos no son mujeres tetudas gracias a grandes rellenos de silicona, ni hombres con elongación del hueso peneano. También constituye un mito caracterizar de mitología al conjunto de creencias de un pueblo relativas a sus orígenes, sus héroes y dioses, por oposición a la historia verdadera… que inventa más tarde.

Como dice el refrán, “quien con niños se acuesta cagado amanece”. Así que, metido en estos cagandurriales, no seré tan presuntuoso como para negar que también yo tengo mis zurraspias, como Sancho y como cualquier hijo de vecino. Y no es que yo desee tomar por cómplice a Sancho para esta ocasión, pues no me encuentro a su altura, pero no puedo ignorar que ni siquiera el alma noble y el cuerpo alto de nuestro señor don Quijote pudieron evitar que hasta sus mismas narices llegase el hedor del escudero descompuesto. Así que vamos a alzar el telón sin mayores dilaciones, pues el asunto no está como para aguantar demasiadas tardanzas:

He pasado de escribir librotes ininteligibles tales como una tesis doctoral sobre Jorge Guillermo Federico Hegel, otra sobre Edmund Husserl, y otra sobre Max Scheler, todos los cuales fenomenólogos aquilatados: el primero, fenomenólogo del espíritu; el segundo, fenomenólogo de la fenomenología propiamente dicha; el tercero, sobre la fenomenología de los valores, la axiología. Y me parece que no exagero si digo, sin pretender herir a nadie, que hoy estos venerables padres fundadores ni se leen ni se entienden, empezando por los profesores del gremio, a juzgar por los estereotipos que manifiestan cuando por alguna desventurada casualidad se refieren a ellos.

31. T. O. Todos los Santos Mt 5, 1-12

¿Por qué digo “El Proyecto”? Porque es válido para todos los seres humanos. Si alguno tiene otro mejor, que lo presente. ¿Estoy afirmando la pretensión absoluta del cristianismo de presentarse como la única religión verdadera? Pues no, porque si se lee el texto con profundidad lo primero que llama la atención es que Jesús no presenta un proyecto de religiosidad. Aquí no existen prácticas religiosas, sino un proyecto de conducta ética. Proyecto sí, pero ideología no. ¿Esto reduce el evangelio a una ética de compromiso sin ninguna relación con la transcendencia? No. Sencillamente, Jesús presenta el proyecto de su vida que el Padre Dios quiere para toda la humanidad. “A los agnósticos, este fundamento podrá parecerles suficiente para otorgar una firme y estable validez universal a los principios éticos básicos y no negociables, que puedan impedir nuevas catástrofes. Para los creyentes, esa naturaleza humana, fuente de los principios éticos, ha sido creada por Dios, quien, en definitiva, otorga un fundamento sólido a esos principios” (PP. Francisco, Fratelli Tutti nº 214).

“Me hago cargo de un posible rechazo, por parte del lector, respecto de estos testimonios sobre mi forma de considerar la política o la humanidad. Pensará, con razón, que manifiesta un modo de proceder a contracorriente. Pero póngase en la posición del pescador deportivo de caña en un río torrentoso. El pez que le interesa es el más bravío, el que se apresta con ganas a nadar contra la corriente, sea por desovar o por ejercitar sus energías. El pez que se deja llevar por el discurrir del agua es el fatigado o acaso el moribundo. El extremo opuesto de esa percepción deportiva sería el pez en la pescadería o en la mesa de comedor, que, por eso, en castellano, lo llamamos “pescado”. Son palabras de Amando de Miguel con las que no podría estar más de acuerdo en su totalidad, tanto que hasta me cuesta creer que no me las ha plagiado…

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