Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

«–Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa que he dicho es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean ni verán en el mundo. A esto respondió el labrador: –Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana. –Yo sé quién soy, respondió don Quijote, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías».

Don Quijote dijo saber, «yo sé quién soy», pero él sabía erróneamente, pues creía ser lo que no era, un derribador de molinos de viento. Incluso cuando vuelto a la cordura rectificó la idea que de sí mismo tenía, a saber, un manchego sin real alcurnia que manda quemar los libros de caballería ante su azoquetada sobrina, tampoco era lo que decía que era. Al definirse por el ideal faltábale el yo real, y al definirse por el yo real le falta el yo ideal.

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Aunque se me ha acusado de tener inquina a Fernando Savater, nada hay más falso. Lo peor es que se le ha ensalzado como un nuevo Bakunin, no siendo más que un pequeño burgués, un señorito petimetre, un petit maître. Alla cada cual, pero un hombre que hace tan sólo unos días hacía las siguientes declaraciones no es más que una gallina clueca, un viejito asustado. Hoy, y seguramente para no ocuparme ya nunca más del personaje, sólo deseo mostrar que yo sigo viendo bien, y que muchos tienen que ir al oculista para ver las cosas como son.

Declara, en efecto, Fernando Savater sobre la pandemia vírica lo siguiente: «Frases como hemos vivido equivocados, hemos de cambiar nuestra manera de existir, la culpa la tienen los abusos del egoísmo o la falta del respeto a la ecología son falsas. No, se trata de una plaga y se acabó. Ha habido plagas desde que los seres humanos tienen memoria y habrá muchas más. Esta en concreto tiene una virulencia brutal, pero también tenemos mucho más medios para enfrentarnos a ella y contrarrestarla. Pero no entiendo eso de en seguida empezar a sacar conclusiones como en la Edad Media, de que es un castigo divino. No puede ser que ahora a los castigos divinos se les llame castigos de la naturaleza. Me parece insoportable que los moralistas vayan repitiendo cosas como que ahora nos enteramos de lo importante que son los otros. Es como si hubiera habido que esperar 21 siglos y una plaga para darnos cuenta de que los otros son importantes. Tras esta crisis se van a producir cambios sociales importantes. Todo lo que ocurre, desde las crisis hasta los embotellamientos de los findes de semana, siempre marca un antes y un después.

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«En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, comunidad de amor en quien creo» (P. Comunidad Asís).

¿De qué hablamos? ¿De Dios sólo? Miles de libros en todas las bibliotecas del mundo hablan de Dios; menos son los que hablan a Dios.

¿A quién ponemos en el centro? ¿A Dios? Teocentrismo. ¿Ponemos sólo al hombre? Antropocentrismo. ¿Son dos rivales competidores? A lo largo del último milenio hemos sido testigos del hecho de que a un teocentrismo aplastante ha respondido un antropocentrismo unilateral. Estas pendulaciones no se compaginan con la verdad de esta relación. El misterio de la Trinidad tiene mucho que aportar a los tiempos que nos toca vivir, porque si consideramos que la creación del hombre es la participación que se le ha dado en el amor del Padre en el Hijo, posible por medio del Espíritu, desaparecen todo los miedos a un Dios que aplasta. Podemos pasar por la vida sin conocer a Dios.

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En las universidades renacentistas, junto a los estudiantes valientes y los amigos de armas, los enamorados, los poetas y los muy polidos y aseados, no faltaron pícaros, graciosos, decidores, hábiles en juegos de cartas, pendencieros, capigorristas, manteístas, pupilos, prebendados, porcionistas, camaristas, etc., según lo describieron El Buscón de Quevedo, el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, y tantos otros escritores: «¡Oh, dulce vida la de los estudiantes! ¡Aquel hacer de obispillos, aquel dar trato a los novatos, meterlos en rueda, darles garrote a las arcas, sacarles la patente o no dejarles libro seguro ni manteo sobre los hombros! ¡Aquel sobornar votos, aquel solicitarlos y adquirirlos, el empeñar de prendas, la espada debajo de la cama!»1. Allí estaban todos, incluidos los que «para ningún género de letras tienen ingenio ni habilidad»2. Menuda casa de Troya.

Por si tales males fueran poco, en lo tocante a las exigencias derivadas del estudio, «para lo que es la colación de grado no faltará alguna universidad silvestre donde, llevando los cursos probados, es decir, la asistencia y matrícula, y los puntos como bodoques en turquesa, digan unánimes y conformes: Accipiamus pecuniam, et mittamus asinum in patriam suam». Cortesía del traductor: «Recibamos su dinero, y devolvamos al asno a su patria», pilla la pasta y corre.

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A la vista de las masacres que los negreros de Gran Bretaña –aunque no sólo de ese país– cometían con los africanos, un luchador antiesclavista de apellido Wedgwood pidió a uno de sus artesanos que diseñara un sello para estampar la cera con que lacraba sus paquetes. En él se mostraba a un africano encadenado y de rodillas que alzaba las manos en actitud de súplica, rodeado por las palabras «¿No soy hombre y hermano?». La imagen, reproducida por todas partes, desde libros y hojas de té hasta cajas de rapé y gemelos, constituyó un éxito instantáneo. Muchos lo compraron lo mismo que hoy se compra chocolate bueno a ‘precio justo’, una forma baratita y dulce de compromiso contra la injusticia, que hay que ver qué mala es.

Pese a todo, nada ha sido capaz de borrar el odio y nada ha logrado impedir que todavía en estos días se asesine a esclavos por parte de la policía misma. Quienes son capaces de asfixiar a negros con la presión de su rodilla sobre la garganta del caído en el suelo no solamente son inhumanos, son muchísimo peores, son una vergüenza para la humanidad de la que ellos no forman parte, y quienes todavía apoyan la represión brutal y defienden esas bestialidades siguen aduciendo que si no asfixiamos a los negros, ellos seguirán robando, asesinando y cometiendo aquellos crímenes que cualquier otro perpetraría para defenderse legítimamente y para honrar la bandera más bonita del mundo.

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Como esta mañana no he podido salir a ver la demolición del estadio de fútbol del Atlético (Madrid río, rive gauche de los perdedores), porque de tanto caminar para demoler mi propio embotamiento se me ha hecho una buena ampolla en la planta del pie, casi un coronavirus, pues me he dedicado a trastear por mi librería doméstica. Aunque me quedan pocos libros, pues me encanta regalarlos a Latinoamérica, hoy he encontrado por aquí uno que además resulta ser una joya bibliográfica. El objeto de mi alegría está editado en tapa dura y se llama Conversaciones sobe la metafísica y la religión. Su autor, nada menos que Nicolás Malebranche, sacerdote del Oratorio que, junto a Descartes, Espinosa, Leibniz y Pascal, figura como racionalista en las historias de la filosofía, y que era autor de obligado estudio en mi época de estudiante.

Está traducido (por primera vez, y no sé si única) al español a partir de la segunda edición francesa de 1690 por Juliana Izquierdo y Moya en 1921, y editado por la Editorial Reus de Madrid, traducción que dedica «a la Excma y culta Diputación Provincial de Ciudad Real como escasa prueba de gratitud por su noble y generoso proceder con esta su humilde ex/pensionista y servidora, que desea ardientemente poder ofrendarle pronto trabajos más meritorios»1. Por si fuera poco, estas Conversaciones sobre la metafísica y la religión, materias ambas de mis propias entretelas, llevan prólogo de Adolfo Bonilla y San Martín, que también residió en La Mancha. A más a más, como también yo soy manchego alcarreño, me alegra mucho contar con una colega tan docta, lo haya sido también, o no, la Diputación Provincial de Ciudad Real, cuyo equipo de fútbol, el Manchego, era inferior en triunfos al mío el Calvo Sotelo de Puertollano, ya ven que este pequeño escrito se sitúa en un Mesopotamia futbolística entre el Atlético de Madrid y el Calvo Sotelo de Puertollano, como tratándose de mí no podía ser menos.

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