Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

Un conocido amigo, buen darwinista, tiene un mono al que denomina Adán. Supongo que tendrá también a la mona Eva para redondear la jugada. Algo debe de estar fallando estrepitosamente entre los enemigos de la evolución de las especies, pues ¿cómo podrían explicarme de forma convincente que yo haya logrado escribir cosas tan monas como la que sigue ahora, si no descendiera del filum antropomonoide? Imposible, tan imposible que en ocasiones llego a pensar: quien escribe con tan gran modestia como elegancia, con tanta lubricación de ideas, no lo escribe mi yo doctoral, sino el mono que hay en mí. Aunque a veces tiendo a pensar lo contrario, o sea, que no es el mono, sino el hombre que hay en mí quien escribe de forma tan excelente. La rivalidad crece en crueldad entre mi homo sapiens y mi mono sapiens, neoencéfalo contra arquiencéfalo, y, por más que me mire la fontanela, no doy con la cresta reptiliana que dicen separa ambos hemisferios cerebrales. ¿Me iré de este mundo sin saber si soy más hombre que mono, o más hombre que mono, o una subespecie malograda? Se admiten apuestas.

"Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite"

32. T. O. 2020 Mt 25,1-13

Les entró el sueño y todas se durmieron; se despertaron, pero las necias llegaron tarde y se cerró la puerta. Como Mateo, también nosotros tenemos que sacudir a la audiencia para que viva la tensión por el Reino. El tiempo, la vida, se nos escapa, y al final nos encontramos que hemos vivido entretenidos, pero no comprometidos. Ante la oferta del Reino nos encontramos con quien está muy bien encerrado en su cuerpo (narcisismo), gozándose en él, se instala en su cuerpo y, absolutizando el presente, niega la muerte con su olvido u ocultación, (hoy parece que es difícil mantenerse en esta situación); también tenemos al cínico que no espera nada del futuro, degusta el presente hasta el final porque “no hay más que esto”. Así que no hay salida, no hay esperanza: fatalismo. Estos no aman el ser más allá de la apariencia, ni la realidad más allá de la duración.

Querido neocatolaico excatólico: Me encanta que vayas progresando en urbanidad, y que tengas tu toque verde, tu compasión para con los animales, tu amor a tu perro y a tu perra, la parejita, que hagas ganado en degustación, que tus papilas gustativas reciban el homenaje que mereces, que dignifiques a la mujer, y que seas un demócrata bien centrado que incluso chapurrea el inglés. Que hagas bodas y comuniones por lo civil, al fin y al cabo a nadie debería molestar. Que te endeudes comprando a plazos cosas que no necesitas para impresionar a gentes que no te aprecian es tu problema, con tu pan te lo comes.

El norteamericano de Ohio Ambrose Bierce escribió a sus sesenta años un famoso Diccionario del diablo1, en ninguna de cuyas 170 páginas aparece la voz diablo, pues lo propio del diablo, según nos enseñó Jean Luc Marion, es no dar la cara él mismo, aparecer mudo, a fin de que nosotros seamos los ventrílocuos de sus alaridos, su caja de resonancia, para lo cual basta con que cada uno acuse a su prójimo, al que está más cercano. Así satanizadas nuestras bocas inmundas, cagándonos todos en todos, es como triunfa lo diabólico, adjetivo del verbo diaballo -que significa desunir-, y por eso mismo antítesis del símbolo, cuyo significado es el de unir. Una vez satanizada la ciudad, cuando la peste, el cólera y los demás jinetes del Apocalipsis se apoderan de ella, el contagio pandémico no dará tregua hasta que acaba con todos: es el triunfo del principio malo, o si se prefiere, del príncipe del mal, que es homicida y tenebroso desde el inicio. Tan sólo el día anterior era día de todos los santos, el día siguiente será el día de todos los endemoniados, aunque se travistan de Halowen. Todos contra todos, pandemia. Pandemia: convicción de que bondad merma autoridad. Entonces el diablo se ríe de todos: vosotros nerviosos, yo tranquilo.

Cagatintas es un epíteto que se reservaba para un funcionario, y más específicamente para el funcionario que dirigía un periódico, de ahí que en esa función pueda estar ligado al chantajista y ser más despreciable aún que este último. Por analogía, cagatinteaba todo aquel oficinista mediocre que con su manguito y su visera ocupaba el cuarto trasero de los periódicos. También le caía encima el remotete de chupatintas, dando así remate a la cochinada, ya que primero tenía que cagar la tinta y luego chuparla. Viene siendo a partir de entonces una cuestión muy disputada qué sea lo primero, si cagar la tinta o si chupar la tinta, pero suele reconocerse que ambas fases tienen algo que ver con los cefalópodos, especialmente con los calamares que se ocultan tras su propia tinta.

“Metió el Cabra en casa la vieja por ama para que guisase de comer y sirviese a los pupilos; despidió al criado porque le halló un viernes a la mañana con unas migajas de pan en la ropilla. Lo que pasábamos con la vieja, Dios lo sabe: era tan sorda que resultaba menester desgañitarnos, y casi tan ciega de todo punto, y tan gran rezadera, que un día se le desensartó el rosario sobre la olla y nos trajo el caldo más devoto que he comido. Unos decían: ‘Estos, sin duda, son garbanzos negros de Etiopía’. Otros: ‘garbanzos con luto. ¿Quién se habrá muerto? Mi amo fue el primero que se encajó una cuenta, y al mascarla se le quebró un diente. Los viernes solía enviar unos nuevos, con tantas barbas, a fuerza de pelos y canas suyas, que pudieran pretender corregimiento o abogacía. Pues meter el badil por cucharón y enviar, y enviar una escudilla de caldo empedrada, era muy ordinario. Mil veces topé yo sabandijas y palos y estopa de la que hilaba, en la olla; y todo lo metía para que hiciese presencia en las tripas”1.

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