Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

Por cierto, ¿conocen ustedes el chiste de aquel individuo que le pregunta a otro qué haría si se viera acorralado por un toro en un callejón sin salida donde no hubiera árboles ni ventanas a donde encaramarse ni vecinos a quienes pedir auxilio? Pues el otro hombre contesta angustiado: «¡So canalla, usté lo que quiere es que me coja el toro!». O, por lo menos, una buena dosis de angustia, que es lo que le pasa a alguna gente con esto del aplauso.

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Cuando regresa uno al salón de los libros perdidos recibe de vez en cuando una descarga emocional entre sus páginas. En este, Defensa de la hispanidad, de Ramiro de Maeztu, connotado líder derechista asesinado en la Guerra civil española1, he hallado una banda polícroma y estrecha de fina seda (quince centímetros de largo por uno y medio de ancho) dibujada a mano con un sagrado corazón de María, unas flores debajo, y al final la fecha: 1939. Quién sabe en qué circunstancias.

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«Al que aquí dice que hay un Dios,
pero que no es visible,
y que, aun siendo invisible, les ayuda,
contra el suelo empedrado
hay que batirle a muerte la cabeza.
Si reina la violencia,
es la violencia
el único recurso,
y allí donde haya hombres,
el único recurso son los hombres».

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«¿Qué interés de intimidad han de podernos inspirar los recuerdos de un hombre que, según confesión propia, no ha figurado para nada en el mapa histórico ni político del país; no ha vivido lo que suele llamarse la vida pública; no ha entrado jamás en intrigas cortesanas ni en conspiraciones revolucionarias; no le fueron familiares ni los clubs tenebrosos, ni los cubiletes electorales, ni fue periodista de oposición ni de orquesta; ni, por consecuencia, ministro ni cosa tal; no ha probado el amargo pan de la emigración, ni el dulcísimo turrón del presupuesto, ni firmado en toda su vida una mala nomina, ni recibido la más humilde credencial?». Esto escribía don Ramón de Mesonero Romanos cuando había rebasado los setenta años. Pues bien, don Ramón, yo se lo explico: porque es usted un hombre bueno, excelente cronista de la España de los Bonaparte y de Felipe VII, del hambre en Madrid, y porque da gusto leerle sin poder despegarse de su pluma. Poco o nada que ver con esas otras Memorias de políticos insulsos y gente del mester de progresía, o de líderes o lideresas yanquis: más de dos horas intentando encontrar alguna en aquella gran librería de Houston abarrotada de biografías de políticos, de boxeadores, de gentes de alcoba, de altezas, de covachuelistas, de jóvenes divinogénitos e histéricoviriles que no valen media mierda. Yo, como el don Hermógenes, prefiero con mucho ser aquel delicioso pedante de la Comedia Nueva que hablaba en griego para mayor claridad, y que, si viviera hoy, adoptaría la jerigonza filosófica alemana, en lugar de sahumerios dedicados a incensarios cortesanos y a prostitutas vistosas.

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Este panverano, como suelo, he repasado algunos de los libros que casi había olvidado del salón en el ángulo oscuro, o que ni siquiera había leído, o ambas cosas. Suele ocurrirme con mucha frecuencia que, cuando leo una cosa, la cual me habla de otra similar, que a su vez me habla de otra no menos similar, ellas mismas se van abriendo camino sinérgicamente apenas sin separarme de la computadora, como si la sabiduría estuviera deseando venir conmigo al menor gesto de mi mano, qué honor para mí. Sin embargo, y muchas veces también, me encuentro para mi pávida sorpresa con que esos mismos libros me han sido dedicados por sus autores o traductores, lo cual por una parte me alegra y por otra me entristece, mal síntoma, pues ¿cómo puede olvidarse algo así? Sea como fuere, este es también ahora el caso de la obra de Antonio Pérez, clérigo español pronto asentado en Lovaina y luego en Roma, jurisconsulto y profesor de leyes de la universidad de Lovaina, amén de Consejero de la Santa Católica y Regia Majestad, todo ello con letras muy mayúsculas, editada en 1657 en latín en la ciudad de Amsterdam, y traducida por mi amigo Juan Castrillo tras un prólogo de García de Enterría1.

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«Puesto que el estado de los príncipes es mayor que todos, puede más que todos, vale más que todos, sostiene más que todos, tiene más que todos y al fin de él procede la gobernación de todos, necesario es que la casa y la persona y aun la vida del príncipe sea ordenada y corregida más que la de todos, porque así como con una vara mide el mercader toda su ropa, así también con la vida del príncipe se mide toda la república»1.

Las cosas de antaño a veces nos parecen incurrir en contradicciones, pero si ayer cosa pública significaba pueblo, hoy, cuando se dice que la vida del príncipe mide toda la república, se incurre –ahora sí– en una contradicción performativa, pues carece de sentido que un monarca mida las hechuras de la república, o que una república rija la monarquía, ya que no vale en nuestros días el «tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando», aunque allá ellos como se lo montaran en su tálamo, pero en el caso de una república parlamentaria fáctica no puede ser que un príncipe sin fuerza ejecutiva pueda liderarla. Lo cual hace que la defensa por algunos de las monarquías republicanas no pase de parecerme cualquier cosilla menos un prodigio de inteligencia.

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