Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

Felizmente, lo único que tengo en común con Fritz Perls es que «estudié gramática y vocabulario mediante el sistema Langenscheidt de autoaprendizaje»1. Dicho lo cual, como puerca lavada vuelvo a mi vómito, en este caso para manifestar mi estupor sobre el enorme influjo que tiene aún la Terapia Gestalt de Fritz Perls en todo el mundo, algo que conozco bien por haber enseñado durante años en el doctorado de Gestalt en Integro, México.

La escuela Gestalt comienza por una confesión de cinismo: «Mi relación con los psicólogos gestálticos era muy especial. Admiraba y apreciaba muchos aspectos de su trabajo, en particular los primeros trabajos de Kurt Lewin. No pude estar de acuerdo con ellos cuando se hicieron positivistas. No he leído sus libros, sólo algunos trabajos publicados por Lewin, Wertheimer y Kohler»2. Este desparpajo de la ignorancia entendida como creatividad se traduce en:

A. «Yo personalmente creo que la objetividad no existe. La objetividad de la ciencia es únicamente una cuestión de acuerdo mutuo. Cierto número de personas observa un fenómeno y habla de un criterio objetivo. Sin embargo, fue del lado científico de donde vino la prueba de la subjetividad, Einstein se dio cuenta de la imposibilidad de que todos los fenómenos fuesen objetivos»3. Este patán, que confunde subjetividad con subjetivismo, se atreve con la teoría de la relatividad para afirmarse en su propio relativismo. Mas, si la teoría de la realidad es relativa, ¿cómo hacer de ella un referente objetivo para sentar cátedra relativista? Si nada hay objetivo, ¿cómo sería objetivo lo que relativiza el charlatán?

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Ruego a mis amables lectores retrocedan a mi artículo de hace unos pocos días titulado Los buenistas: pesimistas con esperanza inactiva, donde formulo una denuncia muy sentida, y hasta creo yo que no carente de lógica, sobre el desentendimiento de la gente respecto de los males comunes, así como la buena conciencia que dicha gente siente a pesar de su posición egocéntrica. Ya ven también cómo, tras denunciar en el mismo artículo esas actitudes preconvencionales y convencionales que no caminan en el sentido de la humanidad, hago una llamada a la esperanza activa y comprometida.

Hace años me quedaba yo tan pancho creyendo al menos que lo por mí escrito lo entenderían todos, pues sentía que todos los seres humanos tenemos un –llamémoslo así– instinto de inteligibilidad, aunque no todos una inteligencia brillante o cultivada. Algunos, ciertamente, se quejaban de que –a pesar de mis esfuerzos por escribir clarito y con intención pedagógica– ellos no lograban entenderme del todo; los más atrevidos me recomendaban prescindir de palabras cultas para allanar los términos y las ripiosidades, en lugar de comprarse un diccionario para aportar algo de su lado. De cualquier modo, y como siempre escribí para el movimiento obrero de base, o para sus líderes, me daba por satisfecho con aquel esfuerzo, a costa de censurar y echar a perder mi propio estilo, que me pedía otra marcha y otro nivel de abstracción.

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«En los últimos años han proliferado conferencias, libros, simposios, por no mencionar los artículos en los periódicos y revistas dominicales que hablan de lo que el mundo será en el año dos mil o en el próximo siglo. He ojeado esta ‘literatura’, si es que la podemos llamar así, y en general me ha alarmado más que instruido. Un buen noventa y cinco por ciento de esta literatura trata de los cambios puramente tecnológicos y deja al margen la cuestión de lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto. En algunas ocasiones la obra completa parece casi enteramente amoral. Se habla mucho acerca de nueva maquinaria, de órganos artificiales, de nuevos tipos de automóviles, trenes o aviones, refrigeradores más grandes y mejores lavadoras de ropa. A veces esta literatura me asusta tanto como las pláticas informales acerca del aumento de la capacidad de destrucción masiva, o incluso la desaparición de toda la especie humana»1.

El bueno de Abraham Maslow se marchó de este mundo sin haber llegado a conocer las dimensiones reales de todo aquello que le daba miedo; si hoy levantara la cabeza ya no desarrollaría una escala de necesidades del ser humano, sino una ‘escala de in-necesidades o de superfluos del ser humano’. Mil flores de plástico no hacen de un desierto un jardín.

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Uno de los psicólogos más famosos e influyentes del mundo de habla hispana, el norteamericano Carl Rogers, padre de la psicología centrada en el cliente y de la terapia humanista personalista junto con Abraham Maslow, así como el inventor de la actitud no directiva en terapia y en pedagogía, aún arrasa en Latinoamérica. No voy a repetir ahora lo que he escrito anteriormente sobre todo esto en un libro1, pues prefiero reproducir las propias palabras de Carl Rogers, que rezan así:

«a. Mi experiencia me dice que no puedo enseñar a otra persona cómo enseñar. En última instancia, intentar algo así resulta inútil.

b. Pienso que cualquier cosa que pueda enseñarse a otra persona es relativamente intrascendente y ejerce poca o ninguna influencia sobre la conducta. Esto suena tan absurdo que no puedo evitar cuestionarlo en el mismo momento en que lo enuncio.

c. Cada vez estoy más convencido de que sólo me interesa el aprendizaje capaz de influir significativamente sobre la conducta. Tal vez esto no sea más que un punto de vista personal.

d. He llegado a sentir que el único aprendizaje que puede influir significativamente sobre la conducta es el que el individuo descubre e incorpora por sí mismo.

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Tengo fama de hipercrítico, bien ganada, por cierto. Cuando muestro mi disconformidad crítica contra algún intelectual, político o predicador cuyas ideas me parecen dolosas, reacciono con rabia y con dolor, casi como un perro al que hubieran pisado el rabo. Sin embargo, contra la opinión de quienes me acusan de acusador hiperbólico, tengo que afirmar una vez más que no es por motivos personales, aunque disto mucho de ser tan bueno como para creerme por encima del bien y del mal, ni para negar que a veces escribo derecho con renglones torcidos. Pero con las personas a las que denuncio siempre estoy dispuesto a la reconciliación y al perdón personal, gracias a Dios.

Si yo creyera que todo está bien, que las cosas no van tan mal, que el ser humano no pierde su condición de tal con el paso del tiempo y que la naturaleza no está severamente dañada, que pobres y ricos no se encuentran tan contrapuestos, créanme que lo defendería con uñas y dientes. Pero lo que no puedo asumir es ese gran dolor que los buenistas me producen, porque además de equivocarse estoy seguro de que mienten: no es creíble que haya tanto imbécil que no se dé cuenta de la marcha de nuestro planeta ni de nuestro mundo personal a la deriva. Con el curso del tiempo se ha ido acentuando mi displacencia al respecto en la medida en que demasiada gente indiferente ante las grandes cuestiones me escandaliza por culpa de su comportamiento impropio de la menor dignidad humana.

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Cada vez que escribo un artículo, un libro, cuando la lista de la compra, cada vez que hago o pienso algo, inmediatamente deseo contradecirlo y defender lo otro que eso. No es que me falte fuerza de convicción, asertividad, ni empeño para mantener mis argumentos, ni que no me guste cuanto afirmo, pues de lo contrario no lo escribiría; ni siquiera rozando la disnoia severa escribiría para negarme, ni me negaría para reafirmarme con mayor fuerza, y así sucesivamente hasta el desfallecimiento, comportamiento histérico que ni siquiera está a mi alcance por no ser lo bastante histérico. Lo que ocurre es que, por mucho que me guste escribir, las cosas tienen su límite.

Tal vez la realidad sea tan compleja, que por ello necesite yo sencillamente completarla, aun al precio de contradecirme, pues la contradicción no es tan mala si se sabe cómo aplicarla con cierta humildad. En última determinación, todo es de suyo contradicción, y si alguien lo niega debería reparar al menos un poco en que el simple hecho de hablar es contradecir al silencio; no es que el silencio diga no, el silencio no dice, y por tanto es un potencial enemigo de cualquier afirmación, al modo de una traición por la espalda. Por eso se teme al silencio. Seguramente alguien que no esté de acuerdo con lo hasta aquí manifestado estará también contradiciéndolo mentalmente, aunque espero que la sangre no llegue al río.

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