Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

El 18 de julio de 2013, a las 12, me tocó presentar a Carlos Díaz, que daba una charla sobre «La fundamentación de la dignidad humana» en el aula de verano del Instituto Emmanuel Mounier, en Burgos. Debió de gustarle mi presentación porque me pidió el texto, que yo llevaba garrapateado en unos papelitos. Le dije que se lo daría cuando lo pasara a limpio, y aquí está, con ligeros retoques. Tal vez la rapidez no es lo mío.

¿Por qué estamos aquí? ¿Para qué hemos venido? Después de la intervención de Rogelio Rovira debería quedar claro que no nos hemos reunido aquí solo para hablar de filosofía. Esto no es una universidad de verano. O no debería ser solo eso. Porque la defensa de la dignidad del hombre no son solo palabras.

Existen en el hinduismo cuatro formas de persuasión. Bheda consiste en tratar de estimular a alguien para que sea mejor comparándolo con una persona superior a él. Shama es la persuasión mediante bellas palabras. Dama trata de ganarse a alguien mediante obsequios. Danda es el método de corrección mediante el castigo, el cual se ha de adoptar cuando los tres anteriores no han surtido efecto. Aunque la moda de los discípulos de Rousseau, que todavía siguen en Belén con los pastorcillos, rechace la corrección y el castigo, vivir es corregir, y corregir es persuadir, e incluso castigar, es decir, obligar a rectificar en la medida en que el sujeto se deje corregir, si bien hay elementos incorregibles y castigos inusitables.

Vivir, decía, es corregir, y ello en el doble sentido del término: primero corregir, rectificar, hacer lo recto o correcto y, luego, regir juntos, co-regir. Y también en el sentido doble de corregir al otro como a sí mismo y a sí mismo como al otro, a pesar de las disimetrías, pues todos tenemos algo que corregir. Aunque demasiados docentes indecentes aún no parezcan haberse enterado de ello, esta función corresponde a todos y es multipolar, no reservada a nadie en particular. Se acabó la Escuela de mandos José Antonio, aunque la tentación de volver la grupa hacia todo aquello siempre recidiva.

Tantas son las cosas que un mal conferenciante quiere decir, que por querer decirlo todo empieza a beber agua, a sentir el sudor de sus manos, a marear los papeles que lleva escritos, a disculparse ante el público («esto me lo salto», llega a decir en voz alta una vez borrada la distancia entre el tú y el yo), y a desear que aquello concluya lo antes posible.

Y este mismo tormentito lo padecen el escritor malo, el filósofo malo, etc. La cosa es hasta cierto punto disculpable: «Un gentil se presentó ante Shammay y le dijo: “Me convertiré al judaísmo si puedes enseñarme toda la Ley al completo mientras me apoyo en un solo pie”. Shammay lo echó amenazándolo con la herramienta de albañil que llevaba en la mano»1. A mí mismo, que no he llegado tan lejos en el rabinato pese a mis denodados esfuerzos, cuando alguien me pide que le ‘resuma’ algo, le obedezco amorosamente: le sumo, le sumo, le sumo y le vuelvo a sumar todo hasta que, bien mareado, deja de pedir. Y, ya bien nokeado, le repito así: «Nadie debería decir “quiero estudiar la Biblia para que me llamen sabio”; o “quiero estudiar la Mishnah para que me llamen Rabbi”; o “quiero enseñar para convertirme en anciano y sentarme en la Asamblea del Sahnedrín”. No. Debe estudiarse por amor y, finalmente, el honor vendrá por sí mismo»2, al menos el honor de haber envejecido estudiando.

Contaba no hace mucho en mis Memorias de un escritor transfronterizo1 que durante toda mi vida me he sentido bien en el terreno de la ética social, y que incluso me hubiera encantado participar en la vida política institucional, pero también me ha ido enseñando la realidad que esto segundo iba a estarme vedado, ya sea por el sesgo de la política institucional europea, y más en concreto en el país en el que nací, ya sea por el sesgo de mi propia forma de ver la ética social. No encajo en ninguno de los árboles de Linneo, y ni siquiera soy capaz de dar saltos del uno al otro como un verdadero Tarzán. Más bien me ha tocado vivir al pie de los árboles y caminar umbrátilmente entre la umbría humedad de las setas. A veces seta venenosa, a veces benéfica y sabrosa, así van mi escritura y mi realidad, pero ya digo que esta es una situación residual que me displace. De hecho, no sé si el anarquista sin pistolas que soy tendría asiento en un parlamento en el que se defienden mientras se atacan y se atacan mientras se defienden unos y otros políticos unidos por el mismo cordón umbilical que les nutre.

A veces me imagino sentado en el banco azul, junto a los príncipes que en cada momento asientan sus muelles posaderas gobernando, regobernando y desgobernando. ¿Cómo sería mi actitud en esos monumentos, en qué estaría pensando yo durante las sesiones parlamentarias, acaso dormido o tal vez durmiendo, que no son lo mismo según Camilo José de Cela? Cuando estudié el diplomado superior de sociología política en lo que hoy es el Senado, siempre me detenía en el corredor de los pasos perdidos delante del busto de don Julián Besteiro, sobre el que llegué a escribir un libro lleno de respeto2. Que un anarquista como yo haya escrito un libro sobre un hombre culto, político, honrado, y con ideas y vivencias como las que él defendía me pareció algo hermoso ayer e incluso me lo sigue pareciendo hoy, incluso desde el punto de vista de la mera razón dialógica.

«Tal vez sea el cristianismo la única religión que haya disociado la fe del milagro. En él sólo se distinguen dos grandes milagros: Cristo y la permanencia del cristianismo»1. Supongo que cuando el rumano Mircea Eliade profesaba la fe católica no incurría en afirmaciones tan osadas como la mencionada, pero ni antes ni después hubiera debido escribir cosas semejantes, sobre todo teniendo en cuenta que con el curso del tiempo alcanzó el merecido mérito de padre de la historia comparada de las religiones por todos venerado, y también y sinceramente por mí.

Estas ligerezas se le pueden perdonar a los ignorantes, pero no a los sabios, lo que ocurre es que nadie es perfecto. En efecto, los deslices tienen lugar cuando se ironiza sin dejar bien claro el criterio de demarcación de la ironía, algo en lo que desafortunadamente incurre Eliade en este texto que menciono para referirse al término milagro, palabra lo suficientemente rica y polisígnica como para ser utilizada burlescamente, y menos convirtiendo en equívoco su sentido, pues Cristo no es el cristianismo, en todo caso el ‘milagro’ sería, si es que lo es y en un sentido chistoso, que las iglesias cristianas sigan existiendo a trancas y barrancas, a pesar de su lejanía respecto de Cristo. En ese sentido yo me siento parte de ese milagro.

Si existen dos palabras inevitables en la historia de la humanidad, ellas son sin la menor duda bueno y malo. Ninguna otra palabra ha nacido, ninguna otra ha vivido, ninguna otra ha peleado con más fragor y estruendo. Cuando la filosofía ha pretendido negarlas no ha sabido hacer otra cosa que reemplazarlas y, al final el pueblo ha dado su espalda a los nihilistas. Individuos y naciones hacemos el mal, pero defendemos el bien y defendemos el bien haciendo el mal, he ahí la derrota del escepticismo. Por algún inconfesable motivo que la psicología trata de explicar, los que tendemos a ser y somos malos nos ponemos la máscara de buenos. En general, los buenos son tildados de tontos, pero los malos acarrean desgracia. Para los buenos se pide recompensa, para los malos infierno. Ser malo es reprobado y reprobable, pero en ese terreno no son todos los que están, ni están todos los que son.

Que los malos triunfen en este mundo, aunque hagan daño y que gocen como resultado de sus tropelías de eterna beatitud es algo que ni antes ni después de Kant se ha tenido la osadía de defender con la cara alta. En realidad, hasta los malos quieren la felicidad, entendida como lo que es bueno para ellos. Cuando Robinsón encuentra al fin su isla evitando el Covid-19 resultante del contagio con otros congéneres se encuentra feliz como una perdiz, y en eso en algo parecido al Creador cuando vio que aquello que había creado era bueno.

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