Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

La sabiduría de Dios: “el que se aborrece a sí mismo en este mundo…”

5. Cuaresma 2021 Jn 12, 20-33

¿Es de recibo esta palabra para nuestros contemporáneos? ¿Aborrecerse no va en contra del amor a nosotros mismos, en contra de la autoestima necesaria para vivir como personas e hijos de Dios? En un mundo de narcisismo exacerbado como en el que vivimos, esta palabra suena a nuestros oídos como detestable, hiriente y, sin embargo, más necesaria que nunca. Estamos ante una declaración solemne y central de Jesús que nos explica cómo se producirá el fruto de una vida, el fruto de la vocación-misión: no se puede producir vida sin dar la propia. El egoísmo es la raíz principal de la ceguera humana que produce muerte. La vida es fruto del amor, y no brota si el amor no es pleno, si no llega al don total. Jesús afirma que la muerte es la condición para que se libere toda la energía vital que contiene (el grano caído en tierra produce mucho fruto). El fruto comienza en el mismo grano que muere. Estamos muriendo constantemente por amor, pero se puede morir y dar muerte por odio. ¿Qué frutos producirá mi muerte? La respuesta ya te la ha dado Jesús. Hoy, en el acercamiento a los alejados, a los no creyentes, a los pobres, nos hablan ya del anticipo y de una promesa de fecundidad, y ésta va a depender, no de nuestros sermones, sino de una muestra extrema de amor.

El 30% de la natalidad ha descendido en España durante la pandemia. Ni dejar nacer ni querer morir.

El 100% de los parados no se asocia, pero el 100% pide que el Estado les solucione su crisis. En lugar de asociarnos, nos adherimos.

El instinto de conservación y de autoprotección funciona para el individuo, pero no para la especie, si atendemos al máximo problema de la humanidad, que es la ecología.

4. Cuaresma 2021 Jn 3,14-21

La oferta de Dios en Jesucristo es manifestación de la locura del amor de Dios: “Tiene que ser elevado el Hijo del hombre para que todo el que cree en él tenga vida eterna”.

Dios entregó a su Hijo, no para hacer justicia, sino para dar amor. Así que no existe la redención como “satisfacción”: no estamos llamados a satisfacer al ofendido de infinita dignidad, que es Dios. Esto sería hacer de la relación de Dios con los humanos una relación justiciera, y no una relación amorosa. Jesús no vino a juzgar al mundo para condenarlo, sino para salvarlo. Digámoslo más claro: Jesús no vino para condenar ni para juzgar. Jesús no amenaza a nadie por nada. Dios manifiesta su poder en el perdón y la misericordia, y por esto es todopoderoso.

3. Cuaresma 2021 Jn 2,13-25

“Encontró en el templo a los vendedores y a los cambistas sentados, y haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo”.

Hoy que los “templos” están cerrados por la pandemia, no debemos olvidar que el acceso a Dios no necesita templos: Jesús es el acceso. “Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. Jesús realiza un gesto de violencia provocativa, pero es violencia profética, no hay violencia de sangre, sino presencia salvadora de la Palabra: derriba simbólicamente la casa egoísta del dinero y la separación -que eso era el templo- para convertirse Él en casa de oración y encuentro (¿pretensión del carácter absoluto del cristianismo?). Es evidente que con este gesto de expulsar a los vendedores ofende al judaísmo (como hoy a los relativistas, buenistas, sincretistas), y lo hace sólo con la fuerza de su verdad, buscando el ideal de la oración, sin exclusión de los pobres, los enfermos, los marginados, los de otras etnias o religiones, ofreciendo comida para todos y familia universal.

2. Cuaresma 2021 Mc 9,2-10

Transfiguración: “no sabía qué decir (Pedro), pues estaban asustados”

¿De qué hablamos? De la presencia de Dios que transforma al hombre. Donde no hay cambio constante, no está Dios. Esta transfiguración la vemos en primer lugar en Jesús el Nazareno. La historia personal y de la Iglesia nos lo muestra: la presencia de Dios se nota en que la persona cambia, se transfigura; pero no como Pedro, para encerrarnos (¡qué bien se está aquí!) y quedarnos en el gozo, encerrados en nosotros mismos. No hay experiencia de encuentro con Dios si falta el salir, el bajar. No hay transfiguración sin lo que sigue al encuentro: el aviso de padecer.

Re-cordando a un ser amado

A treinta metros, en una caja homologada para evitar el contagio, bulle la vida para volver al polvo lo que queda de una de las personas con las que más me he querido. A treinta metros, vuelve el polvo al polvo.

¿Es ése el final del hombre? ¿Quedar vivo en el recuerdo de quien le recuerda y muerto en realidad para siempre?

Aquí hemos insistido en que la persona es un misterio, una realidad espiritual, que sabe que existe y que se realiza amando. Hemos recordado que una realidad espiritual es aquella en la que se da un salto de fase en la animalidad. El salto consiste en la emergencia de una realidad nueva capaz de amor y de palabra. Co-creadora. Con la persona, la creación comienza a participar conscientemente, creativamente, en la creación de su propia realidad y de la entera realidad de la que ha emergido.

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