Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

Hasta donde alcanza el escaso conocimiento de mi propio árbol genealógico, yo me llamo Carlos Díaz Hernández Gómez Bonacasa, Santiago, Rodrigo, Marín, Rodrigo así que, cuando los Rodrigo comienzan a repetirse, comienzo también yo a perder interés por los huesos familiares que quedan más lejos, y a los cuales no alcanza mi olfato de galgo de caza. Además de eso, tampoco quiero retroceder más lejos hacia mis ancestros porque no estaría bien a estas alturas llevarme la desagradable sorpresa de que después de Rodrigo vengan los Rodriguez, que serían los hijos de Rodrigo, igual que Pérez los de Pero. Me desagradaría, pues, que, por pereza endogámica, los descendientes de los descendientes de mis progenitores se hubieran encasquillado en Rodriguez, Rodriguez y más Rodríguez, y así por los siglos de los siglos hasta Adán Rodríguez y Eva Rodríguez, hipótesis que bastaría para enemistarme con Darwin, que de ese modo también vendría a ser Darwin Rodríguez.

Parece que el cerebro ha sido declarado patrimonio de la humanidad, tal vez porque muchos sigan teniéndolo muy activo en sus testículos. Sin embargo, localizar la humanidad de alguien en una parte de su corporalidad trae consigo el problema siguiente: ¿qué hacemos con los descerebrados, que no son tan pocos? ¿Le mandamos un recadito al doctor Mengele para que los rectifique como es debido? Si todo está en el cerebro, si todo lo que modifica el cerebro es cerebro, no vamos a tener otro remedio que cursar presencialmente selectos masters hasta ver si entendemos por qué hay cerebros tan cabrones, cómo mejorar los cerebros perversos, cómo despertar a los cerebros legañosos y procrastinadores, y por supuesto cómo potenciar los cerebros esclavistas especializados en la explotación del cerebro por el cerebro, ahora que no podemos hablar de la lucha por la liberación del hombre por el hombre.

“El hombre, por su naturaleza es perverso. Todos los aparentemente no perversos serían un producto artificioso de educaciones y de influencias, no solo extrañas, sino contrarias a la naturaleza. Debajo del hombre artificial, domeñado por el maestro de escuela, como el león por el domador, estaría el hombre natural, la fiera. Y me figuro inmediatamente la contagiosa influencia de una fiera indómita en cada ciudad sobre otras domesticadas fieras que no tendrían al fin más domadores que ellas mismas”. De nuevo, veinticinco años después de su primer intento, no contentos con el coronavirus, vuelven a la carga los chinos con la fabricación del hombre-mono o monosabio híbrido de hombre y mono. ¿Quién habló de la imposibilidad de retroceder a las especies inferiores? Mejor monántropo que hombre degenerado, podría ser el nuevo lema. Tenemos como una añoranza de trepar a los árboles, añoranza de la especie, de retrogresión al pasado, pero también una tendencia a escapar por la puerta del futuro; en ambos casos, a escapar del presente. Añoramos el trepar, incluso el trepar de los trepas.

Los peores mitos son los que no saben que son mitos, por eso el mitómano llama mitómanos a todos los demás, lo cual ocurre en las mejores familias.

- Verdad exquisita, colega doctor. Entonces, ¿sería usted tan amable de decirme quiénes están fuera de todo mito?

- Los científicos, por supuesto.

5. Pascua 2021 B Jn 15,1-8

La bondad o la maldad de una conducta se calculan y se mide por los resultados que produce. La alegoría de la vid resalta la unidad de Jesús y sus seguidores. La vid, de cuyo cuidado está a cargo Dios, tiene una función: la limpieza y la poda. El fruto es la razón de nuestra propia existencia, y cuando esto no se da se produce la poda. ¿Qué fruto? Amar, el amor mutuo, el amor a los hermanos.

Las nuevas legiones irrumpieron en la aldea de Astérix y Obélix como Pedro por su casa. Venían frescos y alegres, porque les iban a nombrar generales antes de ser probados en ninguna batalla. No sabían mucho, seamos sinceros, valga como ejemplo el de aquel profesor de francés, de nombre Román, todo un modelo en el ahorro de esfuerzo durante su propia licenciatura, pues, aprovechando los aprobados generales por aquello de la indignidad del examen, acostumbró a su vez a decir chaqueté y mangué a sus entusiasmados alumnos, que descubrieron que hablaban francés sin saber que lo hablaban. Aquellos penenes fueron pioneros, nobleza obliga a reconocerlo, en el arte del discernimiento lúdico.

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