Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

Mucho de lo que se escribe es basura de resonancia, y lo mismo les ocurre a los mensajes de los medios masivos. Hay expresiones como el galicismo poner en valor, calcado de mettre en valeur, o directamente estúpidos, como que algo que se ha vuelto viral, expresión anterior a la pandemia viral y que tal vez la haya desencadenado como justo castigo. De los anglicismos mejor no hablar, pues a este paso el español va a terminar siendo spanglish tex-mex: ahí tenemos con gran éxito comunicativo a los influencieros y las influencieras, o sea, a los influencers descerebrados, raperos monorrimos que gozan de seguidores de una sola idea, los nuevos cerebritos a falta de intelectuales, de maestros, o de gentes bien preparadas.

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La fortuna me ha llevado desde hace muchos años a un excelente trato con los Hermanos de la Salle, que siempre obsequiosos me regalaron su Guía de las escuelas. El anacrónico lector que no tenga en cuenta que esta obra apareció en 1720 se mofará de lo que viene a continuación y hasta pondrá el grito en el cielo (o en el infierno, que le gusta más) pero, sin negar el rigorismo excesivo, dictatorial, y represivo de la pedagogía de aquellos tiempos, yo quiero también resaltar el infinito amor, la suma dedicación y la convicción de los docentes lasallianos. Hoy los tiempos han cambiado, casi no existen hermanos, sino laicos que hacen lo que pueden.

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Pobre el rey Don García, que espera que con su sofrenada cambie de conducta el crápula de su hijo Don Beltrán:

«Don Beltrán: –Mentís.
Don García: –Quien dice que miento yo, ha mentido.
Don Beltrán: –También eso / es mentir, que aun desmentir / no sabéis sino mintiendo.
Don García: –Pues si dais en no creerme…
Don Beltrán: –¿No seré necio si creo / que vos decís verdad sólo, / y miente el lugar entero? / Lo que importa es desmentir / esta fama con los hechos… / Que nacisteis noble, al fin, / y que yo soy padre vuestro: / y no he de deciros más, / que esta sofrenada espero / que baste para quien tiene / calidad y entendimiento»1.

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Entre los abundantes decretos publicados por la Inquisición española ocupa un puesto privilegiado el de 1559 por el que se ordenaba quemar una lista nutrida de escritos espirituales. Santa Teresa, ávida lectora desde su niñez y harta de aquella beatería enfermiza, escribe: «Cuando se quitaron muchos libros de romance ordenando que no se leyeran, yo sentí mucho, porque algunos me daba recreación leerlos». Son siempre los peores que se creen mejores los mismos que hacen imposible crecer a los mejores.

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El 20 de mayo de 1939, recién terminada la Guerra civil, Franco ofreció la espada de la victoria al cardenal Gomá, quien agradeció con sentidas palabras aquel «gesto nobilísimo de cristiana edificación», mientras el cardenal Eijo Garay, presente en el solemne acto, declaraba con el botafumeiro en la mano: «Nunca he incensado con tanta satisfacción como lo hago con Su Excelencia»1. De haber estado allí un anarquista hubiera traducido: «Nunca he incendiado con tanta satisfacción como lo hago con Su Excelencia». En España hubo poca diferencia entre incensar e incendiar, como tampoco en confundir el culo con las témporas, según se hacía en la Sección Femenina de Pilar Primo de Rivera, la hermana del falangista José Antonio: «Las mujeres nunca descubren nada; les falta desde luego el talento creador, reservada por Dios para inteligencias varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar mejor o peor lo que los hombres han hecho». ¿Pero entonces fue él solito, Adán, el que engendró a las numerosas proles sin concurso de la parturienta Eva, mientras ella se quedaba interpretando, conforme al refrán «entre santa y santo pared de cal y canto»?

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Hasta hace bastante poco creía yo que Heine afirmaba una gran cosa cuando en 1821 escribía: «Donde hoy se queman libros, mañana se quemará a seres humanos». Y no es que no conserve vigencia su afirmación, lo que pasa es que ahora ha perdido mucha intensidad. Primero, porque no se leen libros, pero se siguen quemando seres humanos. Segundo, porque hay libros que merecerían ser quemados para que se quemara a personas. Tercero, porque ahora los libros son electrónicos cada vez más.

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