Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

La inmensa producción de violencia inútil, parte importante del sufrimiento global, representa cuando menos una ofensa al pudor. A Primo Levi, como a un animal destinado al matadero, se le tatuó en la cara externa del brazo el número 174.517, a los hombres se les tatuaba en la cara externa del brazo y a las mujeres en la cara interna. Hundertvier und siebzigtausend fünf hundert siebzehn. Esa era la nueva y definitiva identidad en Auschwitz, pues los números no se volvían a asignar tras la muerte o el traslado de su portador, pues indicaban a primera vista la fecha de llegada al campo, a diferencia de lo que ocurría en otros campos de concentración.

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En el año 1890 Lucas Mallada, regeneracionista de la dura generación del 98, fue uno de los pocos que, por su condición de ingeniero de minas, conocía muy bien lo que parecía poder esperarse del árido suelo español si no se acometían urgentes reformas, pero además sabía muy bien cómo era el desnutrido paisanaje moral de los carpetovetónicos: «En el extranjero en seguida se conoce a un español por su exterior antes de que pronuncie una palabra; entre nosotros, cuando encontramos a un extranjero, ¿en qué conocemos que lo es? Lo conocemos por su mayor estatura, por su rostro más sonrosado, por su mayor corpulencia, o por los tres caracteres reunidos. No será de semblante enjuto, atezado y verdoso, como el que muchos españoles tenemos, ni corresponderá en general a esa talla diminuta, a ese reducido volumen, tan común entre nosotros»1. Su obra Los males de la patria no deja títere con cabeza. Yo mismo, especialmente en los aeropuertos de multitudes abigarradas de Europa, como Holanda, o de USA, cada español me parece un desgreñado sucio, un procaz blasfemo y con aspecto de niñato posmoderno, así que nunca trato con españoles, lo que me descansa bastante. Por otra parte, no me da ni frío ni calor el tamaño de los ciudadanos más pequeños de Centroamérica, ni siento que mis cañones o mis cerillas sean más grandes que los de Portugal. Eso sí, lo que viene primo intuitu a mí en casi todos los lugares es el mismo vaciamiento antropológico.

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Por no remontarnos demasiado en el tiempo, Meléndez Valdés escribió en 1790 sus Discursos forenses; Serafín Álvarez en 1873 El credo de una religión nueva; Lucas Mallada en 1890 Los males de la patria; Juan de Olavarría en 1834 una Memoria dirigida a S.M. sobre el medio de mejorar la condición física y moral del pueblo español; Tomás Giménez Valdivieso en el 1909 El atraso de España, libros publicados por la Fundación Banco Exterior al final de la década de los ochenta, y que me fueron regalados por mi querido amigo José Ángel Moreno, siempre maestro. Los autores citados podrían ser calificados de regeneracionistas, utópicos, habiendo entre ellos una mayoría de anticatólicos y una radicalidad crítica de distinto grado, aunque con la ingenuidad de dirigir sus escritos a los monarcas responsables del atraso y de la degeneración mismas. Más o menos, gente ilustrada, y algunos de ellos en el poder o en la periferia, donde las batallas son más duras que en ninguna parte.

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La primera novela de Unamuno fue Paz en la guerra, publicada en 1897, y a las alturas del 2020, después de haber leído todas y cada una de las suyas, en más de una cosa soy su sombra, asombrado además por tantas coincidencias y solicitaciones de la vida. Siendo don Miguel de Unamuno y don Carlos de Díaz tan raros, nada de raro tiene esta rareza. Al presentarnos a Pedro Antonio Iturriondo, el chocolatero, antiguo soldado de la primera guerra carlista, dice: «En la monotonía de su vida, gozaba Pedro Antonio de la novedad de cada minuto, del deleite de hacer todos los días las mismas cosas y de la plenitud de su limitación. Perdíase en la sombra, pasaba inadvertido disfrutando dentro de su pelleja, como el pez en el agua, la íntima intensidad de una vida de trabajo, oscura y silenciosa, en la realidad de sí mismo, y no en la apariencia de los demás. Fluía su existencia como corriente de río manso, con rumor no oído, y de que no se daría cuenta hasta que se interrumpiera». Supongo que en esta conceptualización de don Miguel no tendría poco que ver lo que su adorado Soren Kierkegaard (igualmente adorado por mí) denominaba repetición, excelente categoría existencial tan desaparecida en combate en nuestros días, donde la gente, aburriéndose por la repetición de lo cotidiano, se aburre buscando sin ser de ello consciente otra repetición, la repetición de novedades.

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Siempre me ha gustado leer directamente a los autores mucho más que a sus comentaristas. Por lo general existen dos clases de comentaristas, los unos son los hermeneutas o intérpretes serios, que saben de qué va la cosa, cuyas versiones resultan interesantes e inevitablemente diferentes entre sí, y los otros los repetidores y plagiarios, los cuales, a base de regurgitar y ser regurgitados por sus cuatro estómagos –sin trato con los textos originales– desfiguran por completo todo aquello a lo que dicen referirse, por lo que enseñan error y son fuente permanente de horror. Desgraciadamente, la mayor parte de las historias de la filosofía o del pensamiento en general operan con este último descaro.

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Es vox populi que cuando se te cae de la cuna el primer hijo corres al médico cual alma en pena para ver si fue algo grave; que cuando se trata del segundo hijo te llevas un buen susto, y que cuando se trata del tercero pasa a ser un simple problema estadístico. La caída del hijo o de la hija, pues, goza aproximadamente de la siguiente secuencia: a) «¡Se ha caído de la cuna!», b) «¡Vaya por Dios, se cayó de la cuna!», c) «Ya se cayó de la cuna». Y lo mismo ocurre con muchas cosas, a las cuales quita hierro la costumbre, al fin y al cabo una persona acostumbrada pierde mucho de su identidad personal.

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