Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

En la Hélade clásica de los poetas y de los cantores ser griego, más allá de la genética o la demótica, consistía sobre todo en amar los textos homéricos. Homero era para los griegos lo que (salvadas todas las distancias) Maradona fue a la “república meramente Argentina”, que dijera Borges. A Borges no le dieron finalmente el premio Nobel de literatura, como tampoco se lo concedieron, sino todo lo contrario, a Hölderlin, que creía ser un antiguo ateniense trasplantado a Alemania, luego de lo cual enloqueció y hubo de ser internado en una clínica. Este amigo y compañero de juventud de Hegel y Schelling, este alumno de Fichte y de Schiller, tras de ser declarado enfermo incurable, fue puesto en mayo de 1807 al cuidado de un ebanista de la misma ciudad, Zimmer, sustantivo neutro que curiosamente quiere decir “habitación” en alemán, entusiasta lector del Hiperión, por lo cual acogió en su casa al poeta maestro enloquecido, cuidado por la propia familia del ebanista cuando éste murió, haciéndose cargo la madre del poeta de sus gastos de manutención.

La tendencia posmoderna, con su increíble furor uterino, hystéricon, es decir, histérico, y me estoy refiriendo ahora al sindicato de estudiantes de la Escuela de Estudios Orientales de la Universidad de Londres, está pidiendo a voz en grito desde hace algún tiempo que sean quemados los libros de Platón, Descartes y Kant por hacer sido ellos racistas y colonialistas. Seguramente el próximo paso de este vandalismo será desollar y empalar a los autores vivos que tengan algo que ver con Platón, Descartes y Kant. Pobre de mi trasero, dicho sea de paso, en cuya defensa me atrevería a musitar que, si tanta prisa tienen por pasar a la acción, que lo hagan después de haber alcanzado el nivel de pensamiento de Platón, Descartes y Kant. Y como esto va a llevarles unos cuantos milenios, mi trasero podrá descansar tranquilo, algo habríamos ganado.

Conferencia de Antonio Calvo

Para mí, Irene Vallejo ha pasado a ser una auténtica maestra de hacer juncos con el dardo de la palabra, tanto que incluso cuando discrepo con algunas de sus posiciones le rindo homenaje sincero. Afirma ella, en efecto, que el lenguaje efímero (gestos, aire y ecos) constituyó una época de aladas palabras que el viento dispersaba, y que sólo la memoria podía retener, en contraposición con las palabras escritas. Defiende que conocemos las palabras aladas a través de sus contrarias las palabras inmóviles de la escritura, y que una vez escritas las narraciones pierden su fluidez, su elasticidad, la libertad de improvisación y, en muchos casos, su lenguaje característico.

Del último libro de Irene Vallejo acaba de emerger una tarascada que me ha impactado más que una coz en la cara, lanzándome a la lona cercano al K.O, y no es para menos: “La diana favorita de los chistes fue un estudioso llamado Dídimo, que llegó a publicar el fantástico número de tres o incluso cuatro mil monografías. Dídimo trabajó sin descanso en la Biblioteca durante el siglo I. antes de Cristo escribiendo comentarios y glosarios, mientras el mundo a su alrededor se desgarraba a raíz de las guerras civiles de Roma. Dídimo era conocido por dos motes: Tripas de bronce (Chalkénteros), porque hacía falta tener las entrañas de metal para poder escribir sus innumerables y prolijos comentarios sobre literatura, y el Olvida-libros (Biblioláthas), porque cierta vez dijo en público que una teoría era absurda y entonces le mostraron un ensayo suyo donde la defendía. El hijo de Dídimo, llamado Apión, heredó el infatigable oficio paterno y se cuenta que el emperador Tiberio lo llamaba Pandero del Mundo”1.

Como muy bien dice Irene Vallejo, la literatura consiste en hacer ejercicios de caligrafía sobre la piel, los libros son cuerpos habitados por las palabras, pensamientos tatuados en la piel: “Nuestra piel es una gran página en blanco; el cuerpo, un libro. El tiempo va escribiendo poco a poco su historia en las caras, en los brazos, en los vientres, en los sexos, en las piernas. Recién llegados al mundo nos imprimen en la tripa una gran ‘O’, el ombligo. Después, van apareciendo lentamente otras letras. Las líneas de la mano. Las pecas, como puntos y aparte. Las tachaduras que dejan los médicos cuando abren la carne y luego la cosen. Con el paso de los años, las cicatrices, las arrugas, las manchas y las ramificaciones varicosas trazan las sílabas que relatan una vida. Yo también he encontrado gentes cuyas caras parecen arcilla incisa por la pena. Pero no sólo el tiempo escribe en la piel. Algunas personas se hacen tatuar frases y dibujos para adornarse como pergaminos iluminados. Nunca lo he hecho y, sin embargo, comprendo esa pulsión por dejar huella, colorear y convertir en texto el propio cuerpo”1.

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