Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

Recensión del libro de Antonio Zugasti, Manual de izquierdas para los que vivimos bien, Ed. Sonora, 2020. Ver en Agapea.

«Bueno, los que pensamos en buscar una salida sin estallar el cerebro contra el muro tenemos un problema, y es que pensamos con el estómago bastante lleno. Recuerdo las asambleas que hace cuarenta años celebrábamos los trabajadores de Iberia afiliados al Partido Comunista. Allá por los finales de los setenta, con la transición recién estrenada y las ilusiones sin el chaparrón del desencanto. Y también con la sociedad de consumo asomando por nuestros escaparates, nuestros televisores y nuestras carreteras.

»Veíamos la democracia incipiente y las recobradas libertades como el primer paso hacia la gran transformación socialista de la sociedad. Después de discutir acaloradamente sobre la mejor forma de dar este paso que nos liberaría definitivamente a los trabajadores de la explotación capitalista, terminábamos cantando con todo entusiasmo la Internacional, incluido eso de arriba parias de la tierra, en pie famélica legión.

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La fidelidad

La infidelidad cobra fuerza y nos preguntamos el por qué y el para qué de la fidelidad.

Una libertad entendida como vida según la propia voluntad parece ser el aspecto más importante que se destaca, que se ha acentuado en el momento presente de confinamiento, de encarcelamiento.

Las experiencias en el acompañamiento, los datos sociológicos que nos proporcionan las estadísticas durante estos meses, muestran que en el tiempo de la pandemia han crecido las separaciones, rupturas matrimoniales, casos de violencia entre las parejas, dificultades en las relaciones y en la convivencia. Observamos que no hay ninguna referencia a la verdad, a la fidelidad, al bien que afirmamos, que es aquello que permanece por encima de tiempos y circunstancias: el amor. Observamos, también, la ausencia de discernimiento, que se realiza en y desde el amor. Nos muestran la razón de las rupturas: “yo” hago y deshago en mi vida según mi voluntad, “prefiero errar”, “saber que estoy en el error”, “ser estúpido”, pero libre.

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Querido Francisco:

Ratifico tu artículo en su totalidad, y me parece muy hermoso y muy de agradecer, de todo corazón.

Esta mañana hermosa caminaba por la amable ciudad de Burgos, y durante cinco largos minutos venía escuchando la conversación que se traían detrás de mí dos chicas y un chico de unos diecisiete o dieciocho años, cuyo paso se había acompasado al mío. Iban bien vestidos o bien desnudos, según se mire. Su lenguaje, sobre ningún contenido comunicativo, estaba constituido sobre venablos archisoeces cagándose en todo lo divino y en lo humano, y anteponiendo la palabra "puta" a cualquier palabra, como en las series de narcos que se ven por Netflix. Hasta que me detuve y les interpelé seriamente, a lo cual ellos respondieron burlándose de mí con gestos y palabras brutales.

Es la nueva normalidad, la nueva normalidad de la nueva humanidad, con la cual no sé si tengo en común algo más que el inevitable ADN de la especie animal en cuanto que animal.

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Aquel borracho golpeaba al hijo de Sofronisco, Sócrates, con puñetazos en plena cara; él no resistía, y dejó que el beodo calmara su cólera al punto de dejarle el rostro hinchado y amoratado por los golpes. Cuando cesó de vapulearlo, se cuenta que Sócrates se contentó con colocarse en la frente la siguiente inscripción: ‘Fulano hizo esto’. Y esa fue su venganza. Esto es un poco fuerte, sobre todo porque el borracho lo negaría, y algunos pensarían incluso que se lo hizo a sí mismo Sócrates con el fin de incriminar al tal fulano. Y más fuerte aún, patético incluso, fue que Sócrates llevó esa actitud hasta su propio lecho de muerte: Mis jueces fueron culpables de esto.

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Me lo he leído de un tirón. Acaba de aparecer la semana pasada el libro homónimo de Agapito Maestre, uno de los raros pensadores españoles que en la actualidad aún se preocupa por lo español, y que recoge el guante de todas las polémicas básicas que se han librado a favor y en contra de la identidad patria. La posición de Maestre se sitúa en el estro de Ortega, de Menéndez Pelayo y de los mejores intelectuales apologetas de España. Entra y sale nuestro autor como Pedro por su casa de las casas de Sánchez-Albornoz, Américo Castro y otros grandes clásicos hispanistas, llegando también a Calvo Serer, Laín Entralgo, y muchos más ya contemporáneos, con los que yo mismo he polemizado. Personalmente no conozco a nadie que sepa más de todo esto a lo que denominamos España. Agapito Mestre es un españolista felizmente desacomplejado, y su presencia ubicua en los medios le señala como un polemista de corazón en la antípoda de un folclórico. Su pluma, su corazón y su mente son liberales, de un liberalismo bien tajado. Ante la imposibilidad de resumir un libro tan lleno de contenido (y a la vez tan legible y pedagógico, profundo y dinámico) me veo forzado a invitar a lo que para mí ha constituido una gratísima lectura.

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Publicamos este artículo con motivo de la celebración, hoy 27 de junio, del día internacional de la sordoceguera.

El aislamiento es una circunstancia imposible para el amor. Si un hijo viene a la vida sin poder ver, ni oír, sin poder hablar, sólo queda la cercanía de la piel, el aroma de los cuerpos, el sabor de los abrazos para alzar el símbolo en su alma y despertar una persona a la vida. Por encima de los miedos, el amor exige aupar al hijo a costa de la propia vida. Amar recrea un mundo nuevo y eterno. Hace fuerte al débil por ser amado y convierte al fuerte en servidor, por amor. En esto consiste el escándalo eterno del amor: en convertir el poder en servicio. Nada hay más revolucionario, ni más poderoso, su fuerza arraiga en la misteriosa entraña de la realidad. Es la clave de la humanización.

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