Artículos y debate sobre la crisis del COVID-19

1. Para la fe, el hombre es pecador, pero no por ello, ni mucho menos, es un ser innoble. Al contrario, Dios nos ama como somos para salvarnos si no nos empeñamos en cerrarnos a su acción salvadora. A la revelación divina sólo le importa, de hecho, la persona humana entera. La persona humana que es libre y responsable de sí misma ante su propia conciencia. Cada persona humana en su corta o larga existencia hace suyo, construye y reconstruye siempre de nuevo, un mundo creado para él. El mundo que le fue entregado en favor de los demás, según los planes divinos. Y nadie hizo el mundo más autónomo (conforme a sus leyes naturales que Dios mismo le dio) que Él cuando lo puso en manos del hombre. Por lo tanto, la autonomía ‘mundana’ del mundo es absoluta… pero en diálogo frente al Dios que lo crea y mantiene en la existencia. Y por eso mismo, toda persona humana ha de ser también constructor de fraternidad social y comunitaria al servicio de los más pobres. Para los más pobres y por medio de todos ellos, Dios es y seguirá siendo Creador y Providente. Por eso mismo, desde el Hijo Jesús de Nazaret encarnado hay que tomarse en serio su palabra de la entrega personal para el mundo, en favor del mundo y frente al mundo. La criatura humana, hecha a imagen y semejanza de Dios, es para Él siempre noble y necesitada de su amor creador y providente.

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Queridas amigas y amigos:

Como creo no tener mucho más que decir de momento en torno a la presente tragedia vírica de la humanidad, deseo al menos ofreceros cada día algunos componentes visibles –según mi opinión– en la misma. Empezaré en esta primera entrega con un texto sobre la conciencia fanática de Gabriel Marcel (Homo Viator):

“El alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera. La masa arrolla todo lo diferente, egregio, individual, calificado y selecto. Quien no sea como todo el mundo, quien no piense como todo el mundo corre riesgo de ser eliminado. Y claro está que ese ‘todo el mundo’ no es ‘todo el mundo’. ‘Todo el mundo’ era normalmente la unidad compleja de masa y minorías discrepantes, especiales. Ahora todo el mundo es sólo la masa… No se trata de que el hombre-masa sea tonto. Por el contrario, el actual es más listo, tiene más capacidad intelectiva que el de ninguna otra época. Pero esa capacidad no le sirve de nada… De una vez para siempre consagra el surtido de tópicos, prejuicios, cabos de ideas o, simplemente, vocablos hueros que el azar ha amontonado en su interior”. Este es uno de los diagnósticos más lúcidos sobre el mundo contemporáneo que se han escrito. A partir de ahí hemos podido ver hasta qué punto las masas son débiles a la propaganda y, por ello, fanatizables.

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Nunca he visto llover con tanta tristeza. Ya no me atrevo a escribir de pequeñeces. De cosas que parecen haber perdido el derecho a ocupar algún renglón en la esperanza. Se me quitan las ganas de hablar de días como hoy, que han sido lluviosos y algo melancólicos, de los jardines a punto de creerse alquileres de la primavera, del olor inventado de las flores que aún no saben serlo, de los niños que alegran los paisajes y no están, y parecen haber desaparecido tras el improbable flautista de un cuento. ¿Dónde está ese racimo de cosas pequeñas, insignificantes, esas humildades de los días que a fuerza de estar ausentes se nos antojan de pronto imprescindibles? ¿Dónde está el mundo que creímos soñar allende nuestros ojos, al cabo de nuestros oídos, al filo de nuestras manos…? ¿Dónde han ido a parar las formas y los ruidos, los besos, las caricias…?

Nunca he visto llover con tanta tristeza como en estos días. Nunca con tanto desamparo… Sobre el jardín solitario y las calles vacías, sobre el asfalto mudo que ningún coche a turbar se atreve, sobre los árboles y los paseos desconcertados ante tanto silencio, frente a tanta ausencia…

Hoy he visto llover como nunca pensé que pudiera llover… ¡Con tanta tristeza!

Coslada, 1 de abril de 2020

Publicado originalmente en La imaginaria del alma: https://imaginariadelalma.blogspot.com/2020/04/con-tanta-tristeza.html

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Recibo y leo los textos que vas enviando en estos días de “confitura” (perdón, que era confinamiento). He leído con especial interés el artículo de Enrique Bonete y tu comentario. No tengo solución, pero me atrevo a compartir contigo la reflexión de un niño de diez años.

El Día de la Candelaria comentábamos en la parroquia la frase “entonces agradará al Señor la ofrenda” de su pueblo (Cf. Mal 3,4).

Yo argumentaba desde Hb. que en Israel se ofrecían numerosos sacrificios, pero que ninguno de ellos alcanzaba a Dios porque cada uno ofrecía a Dios “cosas” o a lo sumo “la vida de otros”. Pero Cristo, en la presentación en el Templo y en el conjunto de su vida, no ofrece la sangre de otros sino su propia vida. Habíamos hablado también de Caín y Abel y sus ofrendas, y de pastores y ovejas, y del “cordero de Dios”…

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Disculpad, pero no puedo evitar entrometerme en la discusión de los escritos de Antonio Calvo, Enrique Bonete y Carlos Díaz que se refieren a una controversia ética que ha surgido estos días ante la escasez de medios clínicos para pacientes graves con riesgo para sus vidas.

Se presenta como un dilema ético la selección de unos pacientes en detrimento de otros, según criterios que se suponen justos, codificados en protocolos o reglas de decisión. Quiero considerar varios aspectos:

1. El planteamiento del dilema a partir de casos no es neutral: ¿por qué hay que partir de un conflicto entre el interés de la vida de un señor de 80 años y el de una madre de 50 con tres hijos? Quien expone el dilema pone la trampa y quien lo acepta cae en ella.

¿Qué pasaría si la elección se plantea entre dos ancianos de 80 años o entre dos madres de 50 con tres hijos cada una? ¿Cómo se decide entonces? Habrá quien plantee añadir un segundo criterio, pero ¿cuál?, ¿qué característica secundaria será decisiva y debe ser incorporada en la regla? Se complicaría la decisión, incluso se retardaría con peligro para los pacientes. Verdaderamente, no creo que una regla utilitaria sea justa, pero tampoco útil. Y tampoco humana: si un padre tiene que elegir entre dos hijos ¿habría una decisión posible para él?

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—¿Doctor, me voy a morir?

—Sí.

—Pero hombre, usted, precisamente usted, que es un hombre de ciencia, ¿cómo se atreve sin más ni más, sin hacerme ninguna prueba física, ni siquiera un análisis de sangre o de cualquier otro tipo, a afirmar tan rotundamente que sí?

—Precisamente porque soy un hombre de ciencia; y le digo más: ante su pregunta, la ciencia se queda sin palabras, sólo encuentra la que ya le he dicho, ni una más ni una menos. Y además sepa que tendrá que abonarme el precio establecido por esta visita; así que, si tiene que consultarme algo más, aproveche la ocasión.

—Bueno, ya que se pone así, aprovecho para preguntarle cuándo acontecerá eso que usted me afirma tan rotundamente, y que solo nombrarlo ya me da miedo.

—Bien, aquí ya me puedo alargar un poquito más, pues la ciencia me lo permite; pero para ello he de preguntarle primeramente cuáles son los síntomas que le traen aquí.

—Pues la verdad es que de momento me encuentro bien, pero con todo esto del virus estoy preocupado.

—Me está diciendo que su motivo es la preocupación.

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