Artículos y debate sobre la crisis del COVID-19

Ayer me comunicaban y después leí en la prensa la muerte de otro escritor, destrozado por el coronavirus: Fernando Flores del Manzano, a quien tuve el honor de conocer. Nacido en Cabezuela del Valle (1950), a las comarcas de la Vera y del Jerte, su historia, etnografía, paisaje y paisanaje dedicó casi todos sus libros. Catedrático de Instituto, el doctor Flores no desdeñaría la creación literaria. Precisamente no ha mucho había aparecido otra de sus novelas, República, siempre república (Teruel, Muñoz Moya Editores, 2019).

Salvador Cavo me había enviado, con el ruego de que la remitiese a HOY, para su publicación en el suplemento cultural “Trazos” de dicho periódico, la reseña siguiente, que con su permiso reproduzco:

“El protagonista, un joven opositor (de oposiciones al Registro) se debate en cuitas amoroso-sensuales entre la capital y su pueblo, el de su familia. Allí encuentra, en un verano, el texto de su difunto padre que cuenta (primera persona) su viaje a Francia allá por los años sesenta. El protagonista, Suso, lee las memorias de su padre, Jesús.

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Díaz Hernández, Carlos (2016). Antonio Machado. Fundación Emmanuel Mounier. 107p.

González Puente, Carlos (2017). Miguel Hernández. Fundación Emmanuel Mounier. 98p.


“Era una mañana y abril sonreía”. Así cantaba el poeta sevillano en sus Soledades. ¡Qué bendición estrenar un nuevo abril releyendo a Antonio Machado, mientras “llueve, Señor, llueve, llueve”! 

¿Cómo llevas esta inesperada lluvia en cuarentena? Tal vez, como Machado, quieras subscribir, angustiado, aquellos sus versos cansados de melancolía rural, escritos durante los años de profesor en Baeza (Jaén): 

“Tic-tic, tic-tic… Ya pasó
un día como otro día,
dice la monotonía
del reló.

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(Carta de José Alonso Morales a Carlos Díaz)

 

Como te anuncié, te envío las consideraciones para que sin prisa hagas tu inestimable reflexión. Gracias. Pepe.

Ante la nueva situación por la que estamos pasando.

Ante esta pandemia de características incalculables.

Ante un virus que ha paralizado el mundo.

Ante una sociedad y un mundo creído de dominarlo y/o de cambiar las leyes de la naturaleza.

Ante el actual ser humano lleno de egoísmos, poseedor de todos los bienes propicios para adorar el becerro de oro.

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Soy una de las muchas personas en las que ha hecho presa este maldito virus que a todos nos tiene con el corazón en un puño. Son momentos de mucho dolor y de mucha angustia, sobre todo por la incertidumbre de no saber cómo será la evolución.

En ese aislamiento y soledad, te bombardean miles de preguntas a las que en su mayor parte creo que el ser humano no tiene, yo al menos, no tengo respuesta. Pero sí tengo la experiencia de haberlo vivido intensamente desde lo profundo del problema, comprobar, ver y vivir con todo el cuadro médico, enfermeras, auxiliares, limpieza, mantenimiento, etc., que están a tu lado atendiéndote y cuidándote con entrega, cariño y mucha bondad. Se experimenta desde la gratitud hacia tantas personas que sí demuestran ser personalistas comunitarios, en cuanto que comparten todo lo que tienen desde su humanidad, y con ello contribuyen a hacer un mundo mejor. Son los héroes del momento, no hay palabras que definan toda la labor tan impresionante que están llevando a cabo. Estamos en deuda con ellos. Gracias, gracias, gracias.

Desde mi proceso de cuarentena, que voy llevando con naturalidad, paciencia y mucha esperanza, os envío a todo aquel que lo lea, un fuerte abrazo con mi gratitud y mejores deseos.

Pepe Alonso

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Bendecido día mi querido maestro Carlos:

Mientras leía el primer artículo, no pude sino hacer una serie de consideraciones por las que no concuerdo con el Dr. Enrique Bonete, ya que mi víscera reclama el afecto personal. No puedo hacer más que ser honesta y considerar, como tú comentas, que no es una cuestión de edad, ni tampoco de utilidad, sino de trascendencia versus egoísmo.

Frankl, en su libro El hombre en busca de sentido, comenta que los que sobrevivieron en los campos de exterminio no eran los mejores, sino los que tenían un para qué vivir. Yo me he cuestionado si todos los que tienen un para qué vivir son realmente trascendentes, ya que algunos “para qué” pueden ser mezquinos y por demás egoístas, como el poder y el dinero. Pues muchos de los que sobreviven son aquellos que tienen el coraje para pasar y pisotear a cualquiera. Combinados con un porque… porque puedo. Perdón, pero acá en México se ha visto el vandalismo, la usura y el utilitarismo como una epidemia, tal vez mas voraz que el mismo COVID-19.

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«Quien ávido de venganza es arrastrado a la acción; quien odia e infiere un daño al adversario, o le dice ‘su opinión’, o le denigra ante otros; quien trata de adquirir el bien que envidia mediante el crimen y la violencia, no incurre sin embargo en resentimiento. La condición necesaria para que éste surja se da sólo allí donde estos afectos van acompañados por el sentimiento de la impotencia para traducirlos en actividad, y entonces se enconan, ya sea por debilidad corporal o espiritual, ya por temor y pánico a aquel a quien se refieren dichas emociones. El resentimiento queda circunscrito a los siervos y dominados, a los que se arrastran y suplican vanamente contra el aguijón de una autoridad superior. Un impulso violentamente reprimido produce allí una personalidad amargada, envenenada, que transmite el veneno del resentimiento, extraordinariamente contagioso.

El sentimiento de venganza del resentido se convierte en sed de venganza, la cual no se satisface mediante su ejecución en un objeto determinado. El sentimiento de venganza persistentemente insatisfecho puede conducir al agotamiento íntimo y a la muerte, sobre todo allí donde la conciencia de ‘tener razón’ para vengarse (la cual falta, por ejemplo, en el estallido de furor o de cólera) se eleva hasta la idea de un deber. Despertada la sed, se buscan instintivamente (sin un acto voluntario consciente) las ocasiones que puedan dar motivo a un acto de venganza interior; o se introducen falsamente intenciones ofensivas en todos los actos y manifestaciones posibles de los demás, aunque ellos no hubieran pensado en absoluto en ofender. Una susceptibilidad grande es con frecuencia el síntoma de un carácter vengativo: la sed de venganza busca entonces ocasiones para estallar, echa mano de todo lo que parece propio para la venganza. Dicha sed conduce al resentimiento cuanto más reprimida quede la ejecución de la venganza, la cual restablece el sentimiento del propio valer ofendido o del honor ofendido, o da satisfacción del daño sufrido y conduce al resentimiento en mayor medida cuando más reprimida sea también la expresión imaginaria, interna.

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