Artículos y debate sobre la crisis del COVID-19

Llamemos a las cosas por su nombre
Y no nos engañemos
Días de peste son estos
Todos mutuamente apestados
Días de terrible zozobra
Para no contagiar… ni ser socialmente contagiados
Días de distanciamiento social
Eso, al menos, es lo que tristemente nos dicen
Pero seamos claros
En nuestro idioma castellano
Esto es, en verdad, la peste
Precisamente en estos días nos urge ser transparentes
Y no podemos ocultarnos ni encubrirnos
Ni escondernos en ideas de falsa suerte esquiva
Para ovejas de un bien urdido relato
Construido por pastores sin rebaño

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Inmediatamente el Espíritu lo empujó al desierto. Estuvo en el desierto cuarenta días, tentado por Satanás; estaba entre las fieras y los ángeles le prestaban servicio.
Marcos 1, 12-13

Dolet, ergo sum
Sören Kierkegaard

Y no es verdad, dolor, yo te conozco,
tú eres nostalgia de la vida buena…
Antonio Machado

I

Siempre hubo en el fondo de mí mismo una cierta llamada a la vida monástica, a la comunidad de solitarios, a vivir como un monje, apartado del mundo.

Y ahora, fíjate, sin que me pidan testimonios de fe, ni fehacientes pruebas de vocación, ni tenga que hacer votos, aquí estoy, confinado en mi casa, por orden del gobierno, fuera del mundo y más dentro de mí.

El que está confinado no se exhibe; y, por eso, gobierna como sabe aquello que conoce como suyo. De esa manera adquiere dignidad. No tiene que dar cuentas, ni que justificarse. No tiene que alabar su mercancía, ni engañar, porque ya la ha comprado la real necesidad de cada día, del mañana la justa prevención. Libre y responsable aprende a gobernarse y a gobernar su casa por experiencia propia, directa y padecida.

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El miedo me da miedo. Mucho más que los virus o las bacterias, con las que me llevo de maravilla en general, aunque algunas siempre están intentando llevarme al otro barrio. Le tengo miedo al miedo porque cuando me paro a pensar en las cosas que hago mal, siempre está ahí impulsando mis acciones. El miedo es un regulador del comportamiento. Tan nefasto es actuar o dejar de actuar sobrecogido, como haber perdido todo sentimiento de miedo, a no ser que la aparente perdida sea un a pesar de, es decir, hacemos lo que debemos porque es más fuerte nuestra vocación de amor.

El miedo, como todo en nuestro ser, puede tener motivos reales o ficticios. Y también hay miedos aprendidos. Es menester recordar permanentemente una amenaza que siempre es actual y poderosa. Se pueden inutilizar las alas viviendo como gallinas. Tanto la impotencia como la sumisión se pueden aprender. Siempre hay alguien que se empeña en convencernos de ello. Es mucho más eficaz sembrar una creencia que tener que enfrentarse a un hombre libre. Algunos, los primeros miedos, se fijan de tal manera que lastran sin cesar el vuelo de la vida.

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Este artículo es el resumen de una videoconferencia impartida por Carlos Díaz el 15 de abril. Puedes acceder a la grabación en este enlace.

1. Estrepitoso fracaso de las escuelas

No habíamos enseñado para la vida, sino para el currículo. No habíamos enseñado para la vida porque no habíamos enseñado a afrontar adecuadamente la muerte. La escuela no enseña a vivir ni a morir, por eso no es argumento pedagógico. Hasta que no lleguemos al fondo no tocaremos fondo.

 2. Vivir con paranoia el aliento de la hermana muerte, horror al morir

Doctor, ¿me voy a morir? ¿Morirme yo? ¡No joda, señor juez! ¡Ay, mamma mía! ¡Pero yo ignoraba que tenía que morir, eso se avisa antes! No sabíamos que íbamos a morir porque no sabíamos que lo esencial del vivir es aprender a caminar llevando con nosotros a la hermana muerte. Por favor, a mí no, yo pa ti no estoy, deme una prórroga, una segunda oportunidad, soy tan joven, me falta tanto por hacer, este no es mi domicilio, venga usted mañana y llévese a los demás. ¡Noooooo!

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Queridos amigos y amigas:

Si queremos un orden nuevo, o al menos un desorden mejor, hay que esforzarse. La malignidad del mal ya estaba ahí, pero siempre regresa. Frente a ella sólo cabe una subversión radical de todos los planteamientos. Hela aquí.

En su malignidad, el mal es exceso. Ahora bien, mientras que la noción de exceso evoca la idea cuantitativa de intensidad, de un grado que rebasa la medida, el mal es exceso en sí mismo; el mal no es exceso porque el sufrimiento pueda ser fuerte y rebasar lo soportable, su esencia la constituye su ruptura con lo normativo, con el orden, con la síntesis, con el mundo. El sufrimiento como tal es una manifestación de lo inintegrable, de lo injustificable. Lo propio del mal es lo inintegrable. En el aparecer del mal, en su cualidad, se anuncia una modalidad: el no-hallar-sitio, el rechazo de toda conciliación-con, algo contranatural, una monstruosidad, lo de por sí perturbador y extraño.

El mal me alcanza como si me buscase, me golpea como si detrás de la mala suerte que me persigue hubiese una finalidad, como si alguien se encarnizase contra mí. El mal sería un tenerme en su mira o enfocarme. Me alcanzaría como una herida en la que emerge un sentido: ¿por qué me haces sufrir en vez de reservarme una eterna bienaventuranza? En el exceso del mal el yo es despertado de su estado de su ser-en-el-mundo por la prohibición del abandono del otro. En esta idea del sufrimiento como elección en la persecución, el sentido comienza en la relación del alma con Dios a partir de su despertar por el mal. Para arrancarme del mundo, Dios me daña en cuanto yo único y excepcional.

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Las epidemias son episodios que sobrevienen a un pueblo (epi-demos) por causas que pueden ser externas, las pandemias (pan-demos) son aquellas afectan a todos los pueblos. Producen un número de enfermos o muertos muy superior al habitual por esa causa. Con frecuencia llegamos a creer que nos vienen de fuera, como un mal que no merecemos, sin culpa, como algo injusto. Nos convencemos de que estamos ante lo nunca visto, lo nuevo ocupa toda nuestra atención y lo viejo desaparece del campo de la conciencia. Por eso somos hipersensibles al nuevo virus, mientras que nos habituamos a otros que conviven con nosotros hace mucho. Así ha ocurrido con el SIDA, el virus terrorífico en los años ochenta ha pasado a ser un parásito doméstico. No es que hayamos domesticado al virus, pero sí nuestro miedo.

El agresor externo, por una especie de entente cordiale, se convierte en nuestro inquilino: la epidemia se convierte en endemia (en-demos), es interior al pueblo. Entonces, las voces que clamaban se calman, se acostumbran al mal, se convierten en almas habituadas, esas que para Péguy eran mucho peores que las almas perversas, puesto que no hacen el mal, pero tampoco lo resisten ni se rebelan contra él y lo combaten, simplemente se acomodan a él y acuerdan un pacto para no dañarse mutuamente.

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