Artículos y debate sobre la crisis del COVID-19

Como todo el mundo sabe, la ciudad de S. Francisco se halla situada encima de la falla de San Andrés, uno de los accidentes geológicos más conocidos como generador de seísmos. Por eso, los científicos esperan que tarde o temprano se producirá un terremoto de potencia excepcional, de grado mayor que 8, duración de varios minutos y un tsunami adicional. La población lo tiene asumido y lo llama the Big One (el Grande). Puede ser el siglo que viene y también pasado mañana.

¿Qué decir de la pandemia actual por comparación? ¿Es la Big One de las epidemias? ¿Es la peor que se podía esperar? Rotundamente no, en absoluto.

Por comparación con las grandes epidemias del pasado, la actual apenas sería lo que una réplica a un gran terremoto. Por comparación a lo que esperan muchos especialistas, sólo un simulacro del futuro, pero lo suficientemente grave para aprender a evitar lo que puede venir y, según algunos, vendrá inexorablemente, aunque no sepamos cuándo ni qué patógeno será.

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En la cátedra de Moisés han tomado asiento los letrados y los fariseos. Por tanto, todo lo que les digan, háganlo y cúmplanlo…, pero no imiten sus obras, porque ellos dicen, pero no hacen. Atan bultos pesados y los cargan en las espaldas de los demás, mientras ellos no quieren empujarlos ni con un dedo. Todo lo hacen para llamar la atención de la gente: se ponen distintivos ostentosos y borlas grandes en el manto, les encantan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas, que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame ‘señor mío’. (Mateo 23, 13-15)

En estos días acudo también a la lectura del Evangelio. Y puesto que estamos en medio de una enfermedad pandémica, releo sobre todo las curaciones milagrosas. El estilo tan escueto y directo del evangelio puede producir a primavera vista la impresión de que estamos ante historias de un tosco y primitivo realismo. Pero esta impresión no hace sino velar precisamente su dimensión simbólica, profundamente elaborada, como demuestran la larga permanencia de su lectura y la riqueza compleja de sus múltiples interpretaciones.

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(Para Antonio Rodríguez de las Heras, in memoriam. Con un abrazo de condolencia para sus hijos y especialmente para su esposa, Nani, pues también en este caso es verdad que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer.)

Hasta hace tan solo unos días el coronavirus no había golpeado cerca de mí. Ha matado a Antonio Rodríguez de las Heras, profesor de Historia en la Universidad Carlos III de Madrid, con un currículo de aportaciones al ámbito de la investigación y la reflexión muy notables. A mi me ha dolido especialmente porque he perdido a un amigo y a uno de mis maestros.

Conocí a Antonio R. de las Heras en las Escuelas de verano que se celebraban en Piornal, Jaraiz y Cáceres allá por los años 70 y 80 del siglo pasado. Yo formaba parte del grupo organizador y él, entonces profesor en la Universidad de Extremadura, colaboraba impartiendo cursos sobre Historia del Tiempo Presente, que eran muy bien acogidos y valorados por los asistentes.

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Mientras el gobierno insiste –“¡Viva el 8-M!”– y se las da de héroe, en el anonimato hay otras personas sin tantas pretensiones que trabajan en el silencio de los laboratorios y las bibliotecas, buscando soluciones ingeniosas a los males que atacan a la humanidad, mientras otros se dedican a unas refriegas ideológicas ante las cámaras que difícilmente disimulan su inutilidad.

Muchos lectores saben que trabajo en el Servicio de Salud Pública desde hace más de 20 años, gracias a eso me comunico con frecuencia con microbiólogos, epidemiólogos, químicos, farmacéuticos, médicos e investigadores, tanto del sector privado como del público. Pues bien, en todo este tiempo de aplausos a los sanitarios que tratan directamente a los pacientes, son muy pocos los que conocen la labor de los que tratan de impedir que haya enfermos, y no por quitarles el mérito y el protagonismo a quienes los cuidan.

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XXI

Uno de los aspectos más ilustrativos que nos ha traído la experiencia de esta pandemia es que ha puesto de manifiesto las contradicciones —¿insalvables?— que ofrece un pensamiento dominante que pretende basar toda decisión humana en presupuestos científico-técnicos de cuya responsabilidad nadie —un ello innominado— se hace cargo en realidad.

En la novela —de Morton Thompson— y la película —de Stanley Kramer— No serás un extraño el protagonista es Lucas Marsh, un médico ambicioso (Robert Mitchum), al que su padre, médico también, le dice un día borracho: «No podrás triunfar como médico a pesar de tu inteligencia y empeño, te falta corazón».

Esta frase, que resume el argumento de fondo de la película, señala para mí dos cosas importantes que tienen relación con la situación de la pandemia del coronavirus:

Una, de nivel práctico e inmediato: la mayoría de nuestros médicos y sanitarios han triunfado en un sentido hondo y peculiar, realmente humano, como ha sido su entrega y servicio a los enfermos sin otra consideración. Son gente de corazón.

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A mediados del siglo XIX Eduard Daues eligió como seudónimo para su libro Max Hawelaar, el pseudónimo de Multatuli, que, por crasis semiótica, significa uno que ha sufrido mucho (multa tuli: soporté muchas cosas). Y resulta que a mis dieciocho años mi primer artículo llevó el seudónimo griego de Péponza, el que ha sufrido. Pero ¿qué había yo sufrido? En comparación con lo que vino después, nada; pero el sufrimiento no admite comparaciones, no es mayor ni menor que antes o que después, es el que en estamos sufriendo ahora, cada palo aguantando si puede su vela; y tampoco hay causas mejores o peores para padecer, el dolor que a unos parece una tontería a mí puede sumirme en crisis. Lo que se sufre, al modo de quien lo recibe se sufre.

A estas alturas de mi vida no solamente me duele por mí, pero sin presumir como Schopenhauer de llegar a sentir ‘dolor universal’. Muy particularmente me desasosiega mi incapacidad de amar más a quien me ama menos. Antes de morir, la compañera de Rudolf Rocker le confesó: «“el tecleteo de tu máquina de escribir es música para mis oídos”. Su abnegación infinita me abrió el mundo interior en el que pude elaborar cuanto llevaba en el corazón. Y en este sentido continuaré trabajando»1. A mí esto me parece tan grandioso, que hasta morir tecleteando por la causa en la que uno cree se me hace poco. Ello me libera de vivir en el fango de la vida sobre el estiércol de las historias, y de herir al adversario con pequeñas espinas agudas, es decir, con mugre, calumnias y vilezas. Eso a la vez me redime de mi pequeñez de israelita en el desierto, proclive a la murmuración y digno del reproche de Yahvé: «Durante cuarenta años aquella generación me asqueó y dije es un pueblo de corazón extraviado que no reconoce mi camino». 

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