Artículos y debate sobre la crisis del COVID-19

Ethic es un novísimo e hispano think tank que, si bien suena un poco a Panzer y a Blitzkrieg, aparece a la luz pública como un tanque de pensamiento, un laboratorio de ideas, un gabinete estratégico cuya función es la de iluminar a la opinión pública sobre lo que pasa en el mundo, un sanedrín con luz y taquígrafos donde un grupo de selectos ciudadanos imparten sabios consejos y directrices que posteriormente los partidos políticos y demás poderes fácticos usarán. Son ellos los grandes contagiadores de la pandemia intelectual. Los think tanks se atribuyen la función de crear y fortalecer espacios de diálogo y debate, soliendo legitimar las narrativas de los regímenes de turno, ofreciendo un rol de auditor de los actores públicos y canalizando fondos para movimientos blandos. Lavar las legañas.

Dicha aristocracia del espíritu está relacionada con laboratorios militares, empresas privadas, instituciones académicas, fundaciones con pedigrí y similares, que de ese modo y al mismo tiempo financian sus propios productos. Así funcionan los famosos tanques éticos, copiando el modo de hacer USA. Y desde luego el perímetro intelectual de este nuevo tanque será también el de la cincha de una burra cuyo abdomen comienza en Estados Unidos y se cierra en Bruselas.

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LA EXPERIENCIA PASCUAL: JESUS DE NAZARET, LA IGLESIA DEL SEÑOR JESUS Y EL REINO DE DIOS QUE VIENE

En las duras y difíciles circunstancias presentes de este año 2020, la meditación orante de los textos de la Eucaristía de este tercer domingo de Pascua no puede sino atenerse a lo más estricto y fundamental de nuestra fe. He elegido tres palabras básicas para resumir nuestra fe pascual.

1. JESÚS DE NAZARET

Las primeras palabras de Simón Pedro como evangelizador en la plaza pública del mismo Jerusalén, donde muy pocos días antes había sido condenado a muerte y crucificado al Señor, fueron bien claras y taxativas: «enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. A Jesús el Nazareno, a ese varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de Él como vosotros mismos sabéis; a éste, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pues bien, Dios lo resucitó… permitidme hablaros con franqueza… A este Jesús Dios lo resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

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J-M V, uno de mis más queridos amigos, y también de los más inteligentes, me escribe el siguiente mail sin desperdicio: “Te supongo enterado del chusco episodio del generalito de la Guardia Civil (cuyo apelativo benemérita es autoconcedido por el grupo policial militar que se hace llamar el cuerpo), y la censura que ha montado sobre cualquier crítica al Ejecutivo. Tras el pensamiento único, el amordazamiento. Estoy bastante alarmado ante la vocación de servicio descrita por el general Santiago, que, apartando a la Guardia Civil de cualquier neutralidad, se lanza por la senda del sectarismo ventajista para acudir en auxilio del vencedor (o del poderoso). Yo había llegado a pensar que el Instituto armado se había arrepentido de su entusiasta colaboración en la represión habida durante los primeros años del franquismo y podría desempeñar el papel políticamente neutral propio de un cuerpo policial en una democracia. Está claro que me equivocaba, como la paloma de Alberti. Me preocupa que dé el siguiente paso y que ese ejército policial herede lo peor de nuestra historia: el hábito de los pronunciamientos militares y, confundiendo el Gobierno partidista con el Estado, esté en permanente disposición de dar el golpe (el golpe de Estado), si el mando se lo ordena”.

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Estos días llenos de noches ha llegado hasta mi casa, de la que no he tenido el gusto de salir, una barahada de clarinazos de sufrimiento y de miedo. De la semisuma de ambos ha trepado hasta mi ventana un clamor de aplauso, un conjuro incapaz pese a todo de silenciar el silencio de las morgues de muertos bien repletas, antes llamadas funerarias, cuando todavía había funerales, del latín funus/eris, es decir, cuando se marchaba detrás de los difuntos, a los que se despedía con un responsum o última respuesta. En estos días llenos de noches, sin embargo, sin funerales ni responsos, los muertos van quedando atrás, envueltos en el sudario nada glamuroso de una soledad sin deudos, como si nadie les debiera nada. Un autor al que he leído poco, T.S. Eliot, premio Nobel cuando yo tenía cuatro pequeños años, había escrito lo que sigue pensando en mi estupor ante estas luctuosas jornadas:

Todo nuestro conocimiento nos acerca a nuestra ignorancia,
Toda nuestra ignorancia nos acerca a la muerte,
Pero la cercanía de la muerte no nos acerca a Dios.
¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?
Los ciclos celestiales en veinte siglos
Nos apartan de Dios y nos aproximan al polvo.

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VI

Y ya que estamos obligados a ejercer de medio monjes deberíamos saber aprovecharlo en sus productivas dimensiones espirituales practicando, por ejemplo, alguna regla monacal. Sugiero, por hacer honor a mi nombre, tres reglas benedictinas:

La primera: «Ora et labora». Rezad, meditad; es lo mismo. Lo que sepáis, como queráis. Sentid interior y verdaderamente que sois infirmes por naturaleza —o sea, enfermos, la mayoría asintomáticos—, criaturas dependientes de algo más grande que vosotros mismos, que los Estados y los gobiernos. Se trata de entrar en uno mismo en busca de Dios, «más dentro de mí que mi propia intimidad», como decía san Agustín.

Y trabajad en lo que sepáis hacer, estéis o no empleados. Desempleados o pensionistas, vale, pero en paro nunca.

La segunda: «Habitare secum». Vivimos en un mundo que estamos explotando sin misericordia, que descuidamos como si fuésemos okupas o mediopensionistas de un lugar que no nos pertenece. Lo cuidaron nuestros padres y abuelos y nosotros, los que quedemos vivos, lo hemos de cuidar también para nuestros hijos y nietos. Aprovechad la lentitud del ritmo de la vida que ahora llevamos en nuestro confinamiento, mucho más humano, para empezar a habitaros a vosotros mismos. Sólo cuidándonos interiormente, limpiando, ordenando, embelleciendo nuestros adentros, podremos cuidar también el mundo de fuera, limpiarlo, ordenarlo y embellecerlo. Como es adentro es afuera, decían los herméticos.

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Desde Homero las epidemias se han descrito como una lluvia de flechas lanzadas por un dios enfurecido. En la Edad Media, esa imagen, justificada como un castigo divino por los pecados del mundo, tuvo una gran popularidad. Fue entonces cuando se difundió la devoción a San Sebastián, el santo martirizado por agudas saetas, como protector contra la peste. La descripción bélica de la epidemia puesta de moda por el gobierno recuerda esta idea de agresión sobre un pueblo sitiado.

Habría que ser más lúcidos y honestos. Ante las epidemias el saber se reparte en tres estratos: la mayoría del pueblo, que, a veces, falto de organización y sentido se degrada en masa, las minorías doctas, y el gobierno. No debería haber duda sobre la correcta jerarquía de saberes y, sin embargo, los que están en la cima no siempre aciertan, es más, a veces desvarían.

Durante siglos los sabios explicaron las epidemias con la ciencia que poseían, según la cual la causa natural estaba en el aire contaminado por emanaciones del suelo, en conjunción con la posición de los astros; desecharon la teoría del contagio, a pesar de que alguno como Girolamo Fracastoro expusiera una teoría del contagio, al estudiar la sífilis (1546), a la que llamó el «mal francés», donde se ve que el conocimiento de las epidemias lo carga el diablo y siempre apunta a alguien. El pueblo era ignorante, pero siempre tuvo el instinto como recurso para evitar el peligro en lo posible, o el sentido común y la prudencia para ponerse a salvo por la vía de la huida, la protección o el aislamiento. Así que la práctica más eficaz contra las epidemias, el aislamiento, se debió a la acción del pueblo y de las autoridades.

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