Artículos y debate sobre la crisis del COVID-19

En tiempos de los arios las princesas –guapas o feas, si es que hubo alguna vez princesas feas– tenían el derecho a elegir a sus esposos, para lo cual se organizaba una impresionante fiesta a la que se invitaba a todos los candidatos reyes y pretendientes de alta cuna a la mano de la princesa, la cual imponía una guirnalda de flores en el cuello de aquél que ella elegía entre todos. A esta ceremonia Hawái llamábasela trasantaño swayamvara.

A pesar de que el componente gregario y mimético de las modas no caduca, el escenario ha cambiado notablemente desde los tiempos de aquella swayamvara hasta los de aquella serie televisiva titulada Miami Vice, que marcó época en cuanto a la moda masculina italiana para hombres en los Estados Unidos. Miami Vice popularizó el estilo de ‘camiseta debajo de una chaqueta Armani’; por su parte, la vestimenta habitual de Don Johnson con chaqueta sport italiana, una camiseta por debajo, pantalones claros sin cinturón y mocasines sin calcetines, se convirtió en todo un éxito mundial. Yo me visto así desde entonces, pues de este modo cobro más por mis artículos y conferencias. También el aspecto de Crockett, permanentemente sin afeitar, conocido como ‘barba de tres días’ inspiró a muchos hombres, supongo que en este caso no a hombres y mujeres. Por lo demás, en cada episodio de Crockett y Tubbs estos policías usaban un promedio de ocho trajes diferentes, más travestidos imposible.

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X

Dicen algunos optimistas bien intencionados que esta pandemia nos hará mejores. Parecerá una tontería, pero ¿estamos dispuestos a usar menos papel para limpiarnos el culo? ¿A viajar menos, tener menos cosas, gastar menos agua, vivir más sobriamente?¿Estamos dispuestos a acoger en nuestra casa a nuestros viejos, los que quieren volver porque han pasado ya la enfermedad en la residencia en donde enfermaron? ¿Cesó la hostilidad, cesó el desprecio? ¿Ha cesado el afán de dominio y poder sobre los otros? ¿No seguimos haciendo nuestros juicios con la misma ligereza irresponsable de siempre? ¿Qué clase de verdad muestran nuestros testimonios, si muestran alguna, en la explosión de noticias y dimes y diretes que es también una explosión de contagio que ha suscitado el virus? Reclamamos a nuestros políticos que no mientan, que sean veraces y transparentes en sus informaciones, que actúen honradamente teniendo presente el bien común y no sus particulares intereses. Pero ¿no habíamos quedado en que todo esto era consustancial con el oficio, que la política era esto? ¿No son los políticos que tenemos ‘nuestros políticos’, los que nosotros mismos hemos querido que estén donde ahora están? ¿No pone esta situación también en cuarentena los fundamentos mismos de nuestra democracia, si es que queremos que sea algo más que un ritual de formalidades que tan fácilmente se prestan a la manipulación y la mentira?

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Las historias de vida están entretejidas las unas con las otras de tal modo que el relato que cada uno hace o recibe de su propia vida se convierte en el segmento de otros relatos que son los relatos de los otros. Por si alguien creía que podía vivir como el caracol metido en su concha, la pandemia vírica ha tenido que abrirle los ojos. Por mucho que intente retranquearse en su ego, próximas pandemias víricas volverán a sacarle de su imposible aislamiento. La amargura del cinismo no sirve, pues al final también muere. Tantos seguros y reaseguros de vida son como la casa de paja construida con por los cerditos perezosos contra el lobo feroz, porque al final siempre llega el hachazo invisible y homicida. Cerrar los ojos para de este modo no ver al enemigo no ayuda. Bañar todo el cuerpo en oro para ser invulnerable como lo hiciera el rey Midas es otra forma de ahogarse, porque el cuerpo necesita respiraderos. Ciego de remate hay que estar para acumular oscuridad y regalarla a sus hijos como herencia, que el muerto tenga un sucesor que sea como su locum tenens.

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No se le puede quitar mucho hierro al asunto de la pandemia del virus chino y sus consecuencias. En España hemos alcanzado unas tasas de mortalidad descomunales, las más altas del mundo; aunque no es algo que hayan señalado nuestras ‘autoridades sanitarias’ parapetadas tras los atriles.

Lo peor es que, pasado el trago, vamos hacia unas tasas de paro que nunca hemos conocido, por lo elevadas que van a ser. La razón es que nuestra economía descansa sobre el turismo, un sector que se va a ver afectado más que otros. Veremos pronto echar el cierre de cientos de hoteles, miles de restaurantes y decenas de miles de bares y chiringuitos. No digamos las agencias de viajes, las compañías aéreas, los cruceros y otras muchas actividades relacionadas con el turismo. La España costera tendrá que volver a poner en marcha las huertas.

Habrá que excitar la imaginación para vislumbrar las series de actividades que todavía pueden ser rentables, que significan una oportunidad de hacer beneficios para los empresarios listos. Por ejemplo, el diseño, fabricación y montaje de mamparas o pantallas de metacrilato. Se van a utilizar a mansalva en los pocos bares, restaurantes y terrazas que van a subsistir después de la pandemia. Puede ser que se instalen también en muchos centros de enseñanza, en salas de conferencias o reuniones. Nos acostumbraremos a vivir ‘mamparados’.

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A todos, al parecer, cuentan las crónicas, nos ha sorprendido que teníamos que morirnos. Qué rabia morirse ahora que comenzábamos a ser ricos y por tanto un poco más felices e inmortales. Ni de lejos habíamos contado con tantos muertos en tantas morgues sin tener ninguna tía Julia que nos escriba, con tanto y tanto luto, con tantos cadáveres apilados en naves de almacenes, no yéndonos de este mundo como al parecer Dios mandaba, tan maquilladitos, casi dormiditos, no más. A ver quién es el guapo que se atreve a decir ahora “algo habrá allí arriba”, según declaraban ante las cámaras con el dedo pulgarcito levantado como en las películas de gladiadores los santos mafiosos parapetados tras sus gafas oscuras mientras pensaban en el próximo atraco.

¡Y a ver quién se quita de encima la mosca cojonera que preguntaba por la muerte del Planeta entero! ¿La crisis ecológica, decían? ¿de qué me está usted hablando, pájaro agorero, quién dice que la haya? Nosotros ya hemos adquirido nuestro lujoso refugio antivírico, la muerte no nos alcanzará tan fácilmente, venderemos caros nuestros cuerpos después de haber prostituido nuestras almas hasta la enésima prostitución. Negocio fallido.

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VIII

Jamás se me ocurriría a mí abrir una web y ponerme a enseñar a otros, on line, cómo hay que cuidar un jardín. He pasado por el aprendizaje inicial de un oficio, el de carpintería, y sé muy bien que para enseñar a otro un oficio se necesita ser maestro en el mismo y para ser maestro se precisan muchas cualidades y muchos años de aprendizaje y experiencia. Se necesita sobre todo haber aprendido con otro maestro.

En la tradición sufí, en sus escuelas de enseñanza espiritual, nadie puede enseñar hasta que su maestro no se lo permite; o mejor dicho, se lo ordena, pues también dicen los sufíes que uno no debe enseñar hasta que no se le quitan las ganas de hacerlo.

Algo parecido, con sus grados de saber, hay en la enseñanza y aprendizaje de los oficios —que estaba unida a una enseñanza espiritual en los gremios medievales—: aprendiz, oficial y maestro. Ahora cada vez tenemos más prisa en los aprendizajes y, convertidos en ‘expertos’ en un santiamén, más disposición a enseñar lo que no sabemos. Así vemos a tantos y tantos que adquieren de pronto una autoridad y un reconocimiento que apenas se avienen con su verdadera capacidad y saber. Esto ocurre sobre todo en aquellas áreas donde se trata con las cosas humanas, que exigen algo más que conocimientos técnicos. Las consecuencias de esta situación dan la cara en situaciones complejas y dramáticas, como esta que ahora os afecta.

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