Artículos y debate sobre la crisis del COVID-19

El confinamiento ha hecho que broten del ser humano las necesidades más básicas: trabajo-pan, casa como derecho fundamental y palabra ante tanta falsedad y mentira.

Se están dando muchas respuestas que deben ser acogidas, ya sea desde el punto de vista intelectual, creyentes o no, que se dedican a la investigación, a la enseñanza, a la publicación, como otras desde el punto de vista de la experiencia religiosa vivida con profundidad. Ambas aportaciones comparten rasgos que les unen, porque ambas quieren aportar, con seriedad, a la vida de la persona orientaciones ante la realidad existencial que estamos viviendo.

Estamos ante la presencia del misterio.

Constatamos que los éxitos de las ciencias y el aturdimiento de las diversiones llevan a muchas personas a convertirse en ciegos y sordos para la luz que presenta el Evangelio.

Fe y razón se necesitan, pero el evangelio se comunica, como dice el apóstol Pablo, no con palabras elocuentes: «ni mi palabra ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de humana sabiduría» (1Cor 2,4). Pero él sí fue un intelectual de su época y en el Ágora de Atenas, cuna de todos los humanismos posteriores, allí Pablo anunció a Cristo muerto y resucitado.

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Querido Manolo, anuncias con este texto de hoy el final de lo que podríamos denominar Memoria de una pandemia. Has escrito mucho y buenísimo durante estos días tan especiales, y no me he perdido ni una sola de tus crónicas diarias, que tan gentilmente me has ido regalando. Siempre hay alguien que le supera a uno, y no sabes cuánto me complace que seas tú.

Dices que «si bien no puedo salir de casa, pasearé la casa con corbata roja, prenda que rarísima vez utilizo, según acostumbro hacer este día. Lo hago desde 1968, cuando me sumé en Madrid a las manifestaciones para conmemorar el Día de los Trabajadores. La noche anterior, había estado con dos miembros del PC imprimiendo a ciclostil montones de octavillas. Acudí a la Gran Vía, repleta de manifestantes, junto a mi amigo José Miguel Oriol. A la altura de Tribunal, dos grises arrearon detrás de nosotros, que corríamos como gacelas. También ellos eran ágiles y, probablemente, aprovechaban para salirse del meollo persiguiendo a dos imberbes. Sentí su aliento en la nunca y el torbellino de las porras sobre las espaldas. Quizás no nos detuvieron porque en el fondo no les apetecía y terminamos despistándoles por las traseras de San Bernardo. 

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Si la muerte reclama un sentido a la vida, también es verdad que la vida reclama un sentido a la muerte. ¿No será que muerte y vida se han confabulado en esta crisis para que el hombre despierte al sentido de la vida y la muerte?

Este hombre que está queriendo sobrepasar la verdad, es decir, situarse por encima de ella, y que ha sido deslumbrado por sus ansias infinitas de vivir, ha dejado de lado la otra cara de su vida, que es la muerte. Este hombre que ha apartado de su horizonte existencial la muerte, aunque, por más que quiera, fenomenológicamente no la puede evitar.

¿No será que esta sobreabundancia de muerte que ahora padecemos está reclamando la atención sobre sí para ocupar su centralidad en la vida y en términos de igualdad con esta? ¿No será que la muerte, a través de la fuerza imperativa de su silencio, le está dejando sin palabra y por tanto sin vida?

Si el sentido común fuera el más común de los sentidos, seguro que esta situación no se produciría y la situación sería muy, pero que muy distinta.

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Cuando comenzó el coronavirus en Wuhan, China, todos pensábamos: «que no llegue aquí». Al final llegó.

Llevamos 47 días confinados, más de una cuarentena, todo por el bien sanitario social, por no contraer ni contagiar a otros el Covid-19.

Algunos, aparte de confinados, hemos estado confitando. Pocas veces antes se había ejercitado la repostería casera con tanto denuedo, con la ilusión de colaborar todos los de la casa en su elaboración, olvidada por ser muy laboriosa y tener que dedicarle un tiempo que no poseíamos. El tiempo se nos iba de las manos, inmersos en una vorágine social de tener siempre que hacer cosas que creíamos tenían preferencia; y ahora, en estos días, nos damos cuenta de que el tiempo que es imprescindible aprovechar es el que dedicamos a las personas, no a las necesidades que nos imponemos, que, como estamos comprobando, muchas veces son superfluas.

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Algunas veces se me meten en la cabeza estribillos de canciones que no tengo interés en cantar, ni siquiera en tararear, pero que me invaden obsesivamente sin que yo pueda desalojarlas de mis infladas meninges por mi sola fuerza de voluntad. En esta ocasión casi ha sido peor, porque no acababa yo de sentarme a escribir el artículo de esta mañana cuando, sin saber cómo ni por qué, me ha venido a la cabeza aquella máxima áurea de fortuna audaces adiuvat, la fortuna ayuda a los audaces. Tal aserto, que como es bien sabido constituía un patrimonio cultural de los clásicos romanos, se me ha colado por la chimenea hollinada y, aunque he llamado a los bomberos, no se ha podido hacer nada. Así que, incapaz de vencer al enemigo, me uno a él hasta que le derrote.

Así que sus y a ello. Es bien cierto que debemos contener la audacia excesiva a fin de que no degenere en temeridad, esa effrenata audacia o audacia desenfrenada proveniente de Catilina y que tanto molestaba a Cicerón. En realidad, cada uno de nosotros lleva en su interior al mismo tiempo un animal desenfrenado todavía no embridado, pero también un cobardica pusilánime que tras su impresentable prudencia aparente esconde su alma de eunuco. Un poco más, y ya estamos en la temeridad; otro poco más, y ya tenemos delante al pusilánime; otro poco más todavía, y ya estamos todos en el mismo gatuperio. En ocasiones la misma persona embiste con zarpazos de fiera a unos, pero se humilla ante otros, e incluso a los mismos de antes; incluso en determinados momentos propiciamos el zarpazo, y a renglón casi seguido nos ciscamos de miedo ante la misma persona a la que acabábamos de agredir hace poco, nosotros mismos.

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En la película Fausto de Murnau, el protagonista, un sabio doctor, experimenta el tormento de asistir a la expansión de la horrenda epidemia que diezma a sus conciudadanos sin lograr socorrerlos. Este azote sumerge a la comunidad entera en una fantasmal ciénaga de angustia. A su imagen, también hoy, la inmensa mayoría de las personas participamos de una agria impotencia. «Te duelo porque me amas», ha escrito elocuentemente Carlos Díaz.

Apremiado por la catástrofe, Fausto toma en el film un errado camino. Se decide a capitanear la pelea colectiva adoptando cualesquiera medios, a fin de derrotar a la enfermedad. En concreto, consiente en un oscuro pacto, que le reviste de unas hasta entonces inusitadas facultades. ¿Nos resulta ello familiar, en nuestro propio escenario?

Fausto, en la obra, comienza enseguida a ejercer estas nuevas prerrogativas y concita, en torno a su propia figura y sus concurridas intervenciones, una intensa atención e incluso el tenso asombro de todos. Las gentes se congregan a su alrededor con expectación, para presenciar sus salvíficas actuaciones. ¿Algún leve paralelismo con lo que ahora vivimos? ¿Se prodigan los Faustos también entre nosotros, ya sea en su versión de políticos, científicos, autoridades varias, periodistas, influencers, pseudoprofetas o gurús de toda ralea, incluida la de los fervorosos moralistas actuales?

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