Artículos y debate sobre la crisis del COVID-19

Estos meses de encierro sin cadenas me hacen pensar mucho en los enfermos mentales, que de una u otra forma somos todos, yo al menos, y cuantos pacientes acudían a mi consulta. Aunque las peluquerías vuelvan a abrir para restaurar la belleza perdida, los psicólogos todavía no han comenzado, pero trabajo lo tendrán, y mucho, pues quienes viven sobre una delgada arista emocional experimentarán caídas o recaídas en sus trastornos, y las ganas de abrazar y ser abrazados irán en ellos entreveradas con las ganas de odiar y de destruir, y su sufrimiento será el nuestro. Solemos dar por natural el cáncer de estómago o la cojera, pero no la enfermedad de mente (al demente), y, además, ignoramos las correlaciones entre las psicopatías personales y las sociedades.

La esquizofrenia (en griego escisión), madre de todas las enfermedades mentales, es una anomalía en los procesos cognitivos con una pobre respuesta emocional. Sus síntomas suelen ser lenguajes y pensamientos desorganizados, delirios, alucinaciones (‘voces’), trastornos afectivos y conductas inadecuadas por temor al rechazo.

La paranoia se caracteriza por una distorsión del pensamiento, que se siente ‘perseguido’.

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Muchas veces me he encontrado con padres de niños pequeños que me conocen e intentan presentarme a sus hijos diciendo aquello de «mira, Pepito, este señor es el médico de los animales». Lo hacen con buena intención y probablemente es lo único que se puede decir, dadas las escasas entendederas de esos tiernos infantes, quienes, evidentemente, no iban a entender nada si les dijeran «este señor se dedica a estudiar la fisiología del tejido secretor de la glándula mamaria de pequeños rumiantes».

Como tampoco entenderían que ante la presencia de un médico lo presentaran como «un veterinario especialista en una sola especie: la humana». Pero el caso es que a los representantes de esa profesión, que tiene como lema Higia pecoris, salus populi, en la imaginación popular se les ve únicamente como clínicos que se dedican a curar animales enfermos. Y más veces de la cuenta como clínicos de segunda, utilizándose nuestro nombre como peyorativo para designar a un profesional de la medicina humana reincidente en la mala praxis.

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Debo reconocer que a mí me gusta más el balompié por razones sentimentales que por deportivas. La épica del Atlético de Madrid me encanta, pero lo que realmente me fascina es el aroma a salitre viejo que se respira en el entorno del Tenisca. Pero yo me considero un conocedor de clase B en cuestiones de fútbol. Sin embargo, he disfrutado muchos partidos junto a todo tipo de gente en La Palma, en las otras islas y en la península. Entre ellos algunos de clase A como los hermanos Almenara, Paquito o Aroldo, todos de mi equipo, o como los hermanos Ayut o Miguel Perdigón, quien fue destacado guardameta del Mensajero. Pero no se trata de estos últimos, voy a referirme a los otros, a quienes, al igual que yo, discutimos a pesar de nuestros conocimientos inferiores. Y además siempre ganamos todos los encuentros después del pitido final. Si hubiera puesto a fulano en lugar de mengano por la banda, seguro que no nos empatan; si el portero no sale a destiempo…; si el planteamiento hubiera sido más ofensivo… Y por supuesto lo que perjudica a mis colores es malo y lo que le beneficia es bueno. Pero en todo caso no se olviden de que estamos hablando de fútbol, lo más importante para mucha gente hasta hace seis semanas. Ahora tenemos otros motivos, otros temas de conversación, sobre lo que nos puede costar nuestra salud, o nuestra vida, como les paso a Felo y a Mario, tan rivales en lo futbolístico como queridos por sus amigos.

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XII

Tu rostro me duele, luego existes para mí
CARLOS DÍAZ

Como el Hijo del Hombre, que no tiene guarida ni lecho donde pueda reclinar su cabeza, ahora el dolor deambula por las ucis y por las morgues sin consuelo, ni oración, ni lágrimas para los que se han querido.

Este dolor no tiene donde echarse que no sea en sí mismo y lo que tenga a mano: el prójimo de al lado sea quien fuere, otro hombre, otra mujer, otro doliente a quien le duele el otro. Recogiéndose en su puro y entero padecer, sin horizonte alguno en su presente, ocupado de sí, no como la piedra ocupa su lugar, su espacio propio, señalado por las leyes del afuera, sin sentirse afectada por ellas, sino como la vida misma se ocupa de sí en su ahora, este dolor, del que no puede escapar, y lo sabe, pues no hay salida que no sea la puerta que nos abre el dolor a la puerta del dolor, sino en la lealtad, la entrega y la esperanza.

Porque el dolor es siempre de verdad, esta palabra se realiza sola, sin otro referente que ella misma, está grabada en tu última conciencia desde la eternidad, encarnada en los cuerpos que viven, que sufren y que mueren. Desde ahí se pronuncia, translúcida y transida de realidad palpable, pues no dice otra cosa de sí misma que no sea dolor, es decir, vida humana.

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En el Código de Hammurabi se dice que, si corre fama sobre la infidelidad de la mujer, ésta, por el amor al marido, debía someterse a la ordalía del agua. Entonces la mujer era arrojada a la corriente del caudaloso Éufrates; si salía con vida era considerada inocente, pero si perecía era tenida por culpable. En otras religiones la ‘prueba de las aguas amargas’ se aplicaba a las mujeres sospechosas de adulterio, no a las que confesaban y declaraban su culpabilidad. No deberíamos olvidar que este Código es el primer conjunto de leyes de la historia, ni que en él se enumeran las leyes recibidas por el dios Marduk para fomentar el bienestar entre las gentes. Qué alivio.

«Una israelita no debe prestar ayuda en el parto de una gentil, porque así ayuda a nacer a un hijo para la idolatría, pero una gentil puede prestar ayuda en el parto de una israelita. Una israelita no puede amamantar al hijo de una gentil, pero la gentil puede amamantar al hijo de una israelita en su propio domicilio»1. Al lado de esto el «ojo por ojo, diente por diente, cardenal por cardenal» resulta infinitamente más puro. No sé por qué tengo yo tanta impureza nacido con la ayuda de una vulgar partera, seguramente poco casta por razón de su mismo oficio.

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LA EXPERIENCIA PASCUAL: JESÚS DE NAZARET, LA IGLESIA DEL SEÑOR JESÚS Y EL REINO DE DIOS QUE VIENE (II)

Creo que a través de estas tres palabras que serán siempre fundamento de nuestra fe (Jesús de Nazaret, Iglesia del Señor y Reino de Dios) podemos seguir centrándonos en el sentido de la experiencia de la Pascua. La Pascua que hemos de vivir en hondura espiritual peculiar este año 2020 que difícilmente que difícilmente vamos a olvidar. Son las tres palabras que ya señalábamos el domingo pasado y sobre las que volveremos, si Dios quiere, el próximo domingo.

1. JESÚS DE NAZARET

Como no podía ser de otra manera, las lecturas de la Palabra de Dios siguen insistiendo en la presencia viva del Resucitado Jesús de Nazaret después de la cruz. El sepulcro quedó vacío y, por medio de las mujeres que fueron a embalsamar su cuerpo, el encargo que todos recibimos es claro: «Id a Galilea y allí le veréis». La primera lectura es signo perfecto del empalme con lo que ya se nos decía el domingo pasado: «El día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y declaró: “Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús a quien vosotros crucificasteis Dios lo ha constituido Señor y Mesías”. Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” Pedro les contestó: “Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo”».

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