Artículos y debate sobre la crisis del COVID-19

Ayer lo escuché por primera vez, ya era hora de que lo escuchase. Sí, lo escuché. A través de la ventana abierta de uno de los patios interiores de mi piso. Resido en un piso interior, tiene dos patios, los dos interiores, a través de sus ventanas únicamente veo paredes.

Hasta el mediodía no puedo ver si hoy ha salido el sol. Si deseo saberlo antes debo sacar la cabeza por la ventana y mirar el cielo (lo cual no es tarea fácil para mi cuello, pues vivo en un segundo y son seis más los que tengo encima); si no hago esto, el día estará nublado para mí, o ..., como sucedía en días atrás, ... cuando aún se podía salir a la calle, regresar a casa si al llegar al portal, para mi desesperación, la lluvia estaba amenazando con llegar, y recoger el paraguas que había dejado en su lugar el día anterior.

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Nada volverá a ser igual en la política, la economía y la sociedad española. Es un tiempo que marcará el inicio de los nuevos años veinte del siglo XXI y en las crónicas de la globalización, habrá un antes y un después de estas semanas. Como es difícil hacer previsiones y pronósticos, es importante que vayamos refrescando la memoria con cuestiones básicas y recordemos que si Ortega y Gasset viviera estos días de moderada reclusión nos diría: “Yo soy yo y mis vecinos”.

Nuestra identidad ahora está marcada por vecinos del barrio, la finca, la urbanización o el pueblo. La prohibición de grupos, aglomeraciones y reuniones no está impidiendo el encuentro entre vecinos. No hace falta medir las distancias porque hablamos con una fruición insospechada desde la escalera, las ventanas o los balcones. Nunca como ahora estábamos tan contentos de tener vecinos y no estar solos. De repente hemos olvidado de las tediosas reuniones de propietarios y el encuentro o simple saludo se ha convertido en una experiencia humanizadora.

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Nadie hubiera dicho que podía llegar la tercera guerra mundial, tan silenciosa como un autista. Comparativamente con las dos anteriores, la presente matará a menos gente, pero las trincheras están más vigilantes y vigiladas que nunca. Hasta las fronteras se han vuelto trincheras, porque el virus es transfronterizo y transtrincherizo. Que se mueran lejos. Como si la muerte misma no fuera el máximo exilio, el lugar de la máxima lejanía, con o sin la coronación vírica de espinas primero y de espumas después.

Cada cual en su búnker. Faltan armas defensivas y ofensivas en este conflicto terapéutico mundial, se hace lo que se puede, sobre todo hay que agazaparse y exponer lo menos posible el cuerpo, pues las ráfagas asesinas del enemigo no dejan de buscar tu bulto. Lo peor es su invisibilidad. En las guerras de antes, las de toda la vida -pues la vida es milicia contra milicia- al menos veíamos desplazarse a las huestes contrarias, siquiera fuese entre botes de humo. Se les podía localizar, ametrallar. Aunque me cuesta, puedo imaginarme con mi sable de alférez de complemento arengando a mis brigadas, sargentos, cabos, cabos primeros y soldados obedeciendo a mi olfato bélico, no muy de fiar pues (esto es real) en cierta ocasión llevé a mi tropa al campo de tiro contrario, con el subsiguiente castigo. Pero ahora no sabes ni a dónde apuntar, y muchos se reducen a tabletear sobre su teléfono móvil, inmóviles ellos, sólo con el leve cosquilleo de sus pulgares. Como en la tragedia de Shakespeare, “por el cosquilleo de mis pulgares, algo maligno viene hacia ”.

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