Artículos y debate sobre la crisis del COVID-19

XX

En el cuidado del jardín, donde mi sudor no se derrama en balde, no solo me ejercito físicamente, cultivo también mi atención. Me fijo en las cosas que en nuestro vivir deprisa y desatento nos pasan desapercibidas. Los pájaros, que llaman la atención con sus trinos, estoy seguro de que no los oímos cuando estamos metidos en nuestros afanes cotidianos impelidos por la Máquina: lo económico, lo político, lo técnico, la sobreinformación. Los vegetales suelen ser muy callados; pero hablan y reclaman la atención de la vista y el olfato. Algunos son especialmente modestos, como la violeta salvaje, que parece ocultarse a propósito de todas las miradas: «La sangre sonará por las alcobas / y vendrá con espada fulgurante, / pero tú no sabrás dónde se ocultan / el corazón de sapo o la violeta»1.

Hay que fijarse especialmente en ella, en la variedad de violeta que digo, pues por su tamaño, su color y su olor, tan sutil, pasa totalmente desapercibida. Es una flor que florece hacia el final del invierno; pequeña, discreta, símbolo de la humildad y de la lealtad, necesita de cierta paz y tranquilidad en el jardinero y en el visitante para hacerse ver, pues también aquí llega el ruido del mundo y sus distracciones alienantes, tal vez porque ese ruido lo llevamos metido dentro y nuestra mente no para de pensar, de preocuparse, de calcular. Y es que no es lo mismo ocuparse que pre-ocuparse. «Cada día trae su cuidado», dice el Evangelio. Y el problema, hoy más que nunca, es que estamos siempre proyectados en el mañana; vivimos endeudados, a crédito en todos los sentidos, pues la ideología del progreso ha ocupado todo nuestro ser, más allá de las cuestiones económicas y materiales.

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Las guerras y las epidemias nunca se han llevado bien. Hay cientos de historias que narran la tragedia de un ejército que, a punto de vencer, resultó derrotado por una plaga, de guerras que se acabaron por la peste, de ciudades sitiadas que vieron retirarse a sus sitiadores, víctimas de una epidemia. De ahí que el lenguaje bélico del gobierno sea del todo inapropiado.

Historia y leyenda de S. Narciso, un aviso…

Uno de estos casos es que el narra la leyenda de las moscas de san Narciso. Este santo del siglo IV fue obispo de Gerunda, ciudad de la provincia Tarraconense de la Hispania romana, hoy Gerona, o Girona en catalán. Narciso y Félix (S. Narcis y S. Feliu para los catalanes) fueron martirizados en el año 307. El cuerpo incorrupto de S. Narciso, descubierto siglos después, fue sepultado en la iglesia de S. Félix y pasó a ser el patrón de la ciudad.

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"XIX

Que por mayo era, por mayo, cuando hace la calor…

(ROMANCE DEL PRISIONERO)

Ya es pleno mayo florido y nos han dicho que hay que salir al recreo todos los días un ratito. Así lo hacemos, pues los viejos fuimos enseñados a ser obedientes. Pero no podemos evitar hacerlo con mucho recelo y desconfianza, pues el maestro de escuela que ahora tenemos nos ha engañado demasiadas veces.

Hay discusiones de todo tipo acerca de si este gobierno lo está haciendo bien o mal. Otro gobierno ¿lo haría mejor o peor? Vana discusión. No tenemos otro gobierno que el que tenemos y este es, por tanto, quien debe ser obedecido; pero por eso mismo es también el que debe ser juzgado y recibir las críticas de los ciudadanos. Porque sabe mandar quien sabe apoyarse en lo que dicen y hacen sus mandados. Saber mandar el que sabe decir ‘hacedlo’ y sabe decir también, humildemente, ‘vosotros lo habéis hecho’, yo no. Y nada se atribuye porque sabe que nada de lo que administra es suyo. Sabe mandar quien sabe dar ejemplo. Pues «nada más hay más fácil que la imitación, ni nada más natural que la obediencia, cuando el que reprocha es irreprochable, el que enseña está bien enseñado, y el que manda es la norma misma» (J.V. Andreae).

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Casi dos meses de lucha titánica contra el maldito virus corona, esperando no solamente vencerlo, sino que el organismo creara los deseados anticuerpos que inmunizan contra ese mal bicho. Hoy puedo decir que ha llegado ese momento tan deseado, tan esperado, que la esperanza que nunca me faltó, se haya hecho realidad para vivirla plenamente. Gracias, anticuerpos.

Han sido tiempos convulsos, donde siempre ha estado la incertidumbre, la soledad, el aislamiento, el no saber cómo reaccionará este mal compañero de viaje. Persona como soy, según dicen los técnicos, de alto riesgo, piensas lo peor, lo peor casi lo percibes en lo profundo de la soledad, en lo profundo del aislamiento. Y ante esa realidad, se agolpan en la cabeza una serie de preguntas a las cuales no tienes una respuesta satisfactoria o al menos consoladora.

Después de tantos devaneos, pude ver una respuesta que satisfizo mis inquietudes. Al final del camino, en la otra orilla, me estaría esperando el Buen Dios, el que no abandona, el que se ha hecho Amor por todas las personas del mundo. Desde esa realidad sentí nuevas fuerzas, fuerzas renovadas que me ayudaron a llevar la cruz con más tranquilidad y sosiego. La cruz se hizo más llevadera.

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XVIII

Estos días, aunque por fuera, no se diferencian mucho de la vida que llevo habitualmente después de jubilado y retirado, es decir, voluntariamente confinado. Que no es lo mismo, pues el hecho de saber que las constricciones vienen impuestas desde fuera confiere a la vivencia de los días un halo peculiar. Ello me ha llevado, entre otras cosas, a volver sobre algunas ideas que no sólo tenía pensadas de antes, sino escritas y hasta publicadas, y pensarlas de una manera cuando menos más intensa. Por ejemplo, el pensamiento que encierran estas palabras de Heidegger: «La piedra es carente de mundo (der Stein ist weltlos), el animal es pobre de mundo (das Tier ist weltarm) y el hombre es formador o configurador de mundo (der Mensch ist weltbildend)».

Este pensamiento que distingue entre el espacio que ocupa la piedra, el entorno en que vive el animal y el mundo que habita el hombre tiene consecuencias prácticas. Ocupar, alojar y habitar señalan distintos niveles de referencia y relación con las cosas. No es lo mismo ocupar un espacio con objetos físicos, que alojarse como organismos biológicos en un entorno, con el que mantiene ciertas interacciones, que habitar un mundo, que es lo propio de hombres y mujeres —de las personas— que viven en ese mundo. Un mundo que es en principio una realidad significada y significante.

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XVII

En el recuerdo estás tal como estabas
Juan Ramón Jiménez

Otro día más de muertes que se añaden a otras muertes, extraña contabilidad macabra que parece contentarnos con el hecho de que bajen un poco los números del debe. Muertes sobre todo de ancianos, hombres y mujeres que vivían ya confinados, en residencias, víctimas de fortuitas eutanasias sobre las que algunos ya insinúan también sus cuentas, lo que se ahorrará —¿quién, quiénes?— en gastos sanitarios y en pensiones. Su confinamiento no ha servido para aislarlos del virus, sino para ponerle en bandeja toda una carnicería. Leyendo las estadísticas, para que no se me olvide que se trata de vidas humanas y no de números, me he acordado de mi abuelo materno, Joaquín Pavo, maestro carpintero, para mí uno de los hombres más honrados y libres, sencillo, bueno valiente y sensible que he conocido y al que guardo una profunda admiración y cariño. Recuerdo con enorme agradecimiento una infancia vivida muy cerca de su amparo y de su ejemplo.

Me viene a la memoria muy nítidamente su figura de un día que estaba sentado en las gradas de piedra de la entrada a la iglesia de mi pueblo natal. Su piel, ya vieja y pálida, como la luz del invierno, absorbiendo las gotas del sol tibio de la tarde. La chaqueta y la gorra de pana negra espolvoreadas de serrín. El cuello abrochado de la camisa. La mirada de sus ojos claros perdida en la comba de su meditación, de su oración tal vez, mirando quién sabe qué. En sus labios, la esbozada sonrisa de alguna ausencia o presencia secreta.

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