Artículos y debate sobre la crisis del COVID-19

Lo que más aterroriza al hombre de hoy no es la muerte. Lo que le pone de los nervios es morir sin su autorización. Eso de que venga alguien de fuera y sin pedirle permiso se presente y le mate, le desquicia y encima si es un individuo tan pequeño e insignificante como un microbio.

Esto es el colmo, quién eres Tú para quitarme la potestad de que Yo decida cuándo se debe morir y cómo. Soy Yo quien lo decide. No te has enterado de que incluso antes de que nadie venga a la vida, ya me tiene que pedir permiso. No te has enterado de las leyes que lo regulan. Tampoco sabes que me adelanto a la muerte, a esa muerte que antes se llamaba muerte natural, pero que ahora llamamos muerte digna, porque soy Yo, que soy muy digno, quien me adelanto para ejercer mi autoridad.

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Hoy no es un día cualquiera.
Hoy se celebra ese día, que nos recuerda,
que hoy puede ser un gran día.

Que 532 días de noche en un zulo
no es suficiente camisa de fuerza,
cuando hay un hombre enterrado, y encendido.

Diez días ya, sin paseos, ni riberas,
sin abrazar los amores que se me han quedado fuera,
sin rellenar los sentidos con la eterna primavera
que ha llegado, y siempre llega.

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“Cuantos más viejos al hoyo, tantos más empleos para los supervivientes”, escribía yo hace poco. Pero una persona muy querida me hizo caer en la cuenta de la superficialidad de mi afirmación por cuanto que “los que se están muriendo tienen más de 70 años, luego esos no trabajaban ya. No nos están dejando puestos vacíos a los jóvenes o pseudo-jóvenes. Solo nos están dejando puestos vacíos en las residencias, que para cuando las necesitemos nosotros (aunque ya sabes que creo que en unos 10 o 15 años nos moriremos la mayoría por el cambio climático) haya sitios libres”.

Cada vez que nos escribís es para nosotros una fiesta, digan lo que digan vuestros mails. Os esperamos siempre. Lo estáis pasando mal. Fatalidad que se añade a fatalidad es norma de vida y, por tanto, ley de muerte. Sin que yo tenga ni pretenda la menor autoridad terapéutica ni de ninguna otra naturaleza sobre vosotros, hermanos, me gustaría deciros que vuestros mails me conmueven. ¿Por qué me conmueven siempre? Porque querer a otro es condolerse, y hasta incluso en eso coalegrarse por poder compartir lo bueno y lo malo.

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Nuestra generación está viviendo una experiencia inédita, bajo muchos aspectos, en la historia de la humanidad: una pandemia globalizada. A lo largo de los siglos ha habido muchas pandemias, pero está llegó a nosotros con rasgos muy singulares. Se presentó en un siglo XXI donde la globalización humana se intensificó agudamente en las últimas décadas. Eso ha hecho que la pandemia también se extendiese como un reguero de una pólvora al que el coronavirus prendió fuego. Nunca antes en la historia de la humanidad se había vivenciado una pandemia en tiempo real, en escala mundial, y con un impacto informativo tan intenso y capilar.

Esta pandemia tiene muchos aspectos para ser analizados. El origen y consecuencias biológico-clínicas de la misma; los impactos sociales que está produciendo; la debacle económica que está ocasionando y las lecciones ético-políticas que emergen de ella.

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Soy de Madrid. Vivo con mi esposa y mi pequeña hija de tres años y como todos recluidos en casa, esperando que la crisis provocada por este contagioso virus pase lo antes posible. Al igual que muchos hermanos me encuentro laboralmente con un ERTE y una incertidumbre laboral. Por otro lado, y es el más preocupante, el de la salud y la vida de muchas personas que se encuentran en una situación crítica en estos momentos. Mi esposa trabaja de enfermera y me comenta la situación dolorosa vivenciada por ella en los hospitales, aparte de la carga emocional y el miedo que supone para ella y sus compañeros sanitarios el ver cómo cada día mueren muchos pacientes, enferman gravemente otros tantos y ver la falta de medios que preocupa tanto; todo esto más el miedo a ser contagiado y contagiar a sus familias.

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Soy Joaquín Tapia, sacerdote de la diócesis de Salamanca.

Además de agradecer a Carlos Díaz la apertura de este espacio de diálogo comunitario, quiero aportar mi pequeña primera reflexión.

Hace ya muchos siglos un tal Jesús de Nazaret tuvo el siguiente 'rifirrafe' con sus enemigos:

"Se acercaron los fariseos y saduceos y, para ponerlo a prueba, le pidieron que les mostrase una señal del cielo. Mas él les respondió: Al atardecer decís: Va a hacer buen tiempo, porque el cielo tiene un rojo de fuego, y a la mañana: Hoy habrá tormenta, porque el cielo tiene un rojo sombrío.
¡Conque sabéis discernir el aspecto del cielo y no podéis discernir las señales de los tiempos! ¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide y no se le dará otra señal que la señal de Jonás. 
Y dejándolos, se fue. Y es que los discípulos, al pasar a la otra orilla, se habían olvidado de tomar panes."

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