Artículos y debate sobre la crisis del COVID-19

El primer requisito para honrar a los difuntos es reconocer que efectivamente están muertos; para recordarlos. Y luego contarlos, contarlos bien, sin que falte ni uno; y ponerles nombre, pues cada uno de ellos tiene —ya lo dijimos— un valor infinito. Están los muertos por coronavirus, están los que no se sabe o se quiere saber si han muerto por coronavirus y están los que han muerto de otra cosa, pero también por culpa del coronavirus. A todo aquel que haya vivido en estos días la pérdida de un familiar o de un amigo tendrá que repugnarle como a mí el empeño del gobierno en olvidar no ya los nombres sino incluso el número de los muertos y erigirse en el salvador de un montón amontonado de los que quedamos vivos, a los que debemos acompañar en su sentimiento, no pedirle su agradecimiento.

Lo decente sería reconocer los hechos y los errores cometidos, la incompetencia tal vez, la falta de previsión o la ignorancia; es decir, los pecados humanos, siempre perdonables, en vez de empeñarse en el continuo zaherir el dolor acaecido, considerando a los ciudadanos atemorizados como idiotas a los que además hay que confundir para manejarlos como peleles. Uno puede estar dispuesto a perdonar los errores, si se reconocen como tales, pero ¿cómo podremos perdonar que se burlen de nosotros y de nuestros muertos, a los que nosotros queríamos ver todavía vivos?

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El explorador ruso Vladímir Arséniev junto a Dersú Uzalá. Fotografía de 1906. Autor desconocido. Dominio público. Fuente: Wikipedia. En estos días de confinamiento he vuelto a ver también Dersú Uzalá, la hermosa película de Kurosawa, que conocemos gracias a que Kurosawa fracasó en su intento de suicidio a raíz del fracaso de su película Dodes Kaden. La película se basa en las memorias escritas por Vladímir Arséniev —consideradas en Rusia como un clásico—, un capitán del ejército soviético que narra sus viajes de exploración por la cuenca del río Ussuri, un afluente del río Amur, en la frontera de la taiga siberiana con China. Ahí conoció a Dersú Uzalá, un cazador que sirvió como guía del grupo de expedición entre 1902 y 1907, salvándolos de morir de hambre y frío en varias ocasiones. «Cada vez que miro atrás y recuerdo el pasado —dice Arséniev en el prólogo de sus memorias—, ante mí aparece la figura del cazador del Alto Ussuri Dersú Uzalá, actualmente fallecido. La tristeza oprime mi corazón apenas rememoro su existencia y también la vida viajera que llevamos juntos». Dersú se queda ciego y el capitán lo lleva con él a vivir en su casa en Jabárovsk para cuidarlo. Pero Dersú, que sufre porque echa de menos su caza y su vida en el bosque, no puede soportar la vida sedentaria de la ciudad y acaba regresando. Y muere allí en el bosque, al parecer asesinado, según cuenta el propio Arséniev.

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Esta pandemia que tanto se adhiere a los pulmones y que tanto destroza en ellos ya no nos abandonará sin una vacuna, porque el hombre del año en curso resulta incapaz de cuidarse por sí mismo, y mucho menos de cuidar a los demás que no sean los de propia camada familiar. Por mucho y muy sin medida que sea su cariño quiere a lo bestia, ya que no procesa la realidad porque no distingue entre lo grave o lo leve, para él meros juegos divertidos, y de este modo vive más allá de lo real, de las advertencias sobre una pandemia o una ademia, pues deambula entre las categorías de lo meramente posible. Y como todo es posible y nada tiene límites, ni siquiera lo imposible, eso le convierte paradójicamente en un hombre imposible. De ahí su peligrosidad y su destructividad con eso que llamamos ecología, y que al fin y al cabo no somos otra cosa que nosotros mismos.

Ciertamente nuestros padres nos han malcriado ajenos a la cultura de la realidad, transmitiendo tan sólo la de la arbitrariedad. Y lo mismo sea dicho de las escuelas. Vengo escribiendo en este sentido desde hace decenas de años, y cada vez tengo más el agua al cuello, pues no sirve de nada a nadie. Cabría incluso decir que cuanto más se escribe sobre asuntos trascendentales, menos plumas se preocupan por lo que yo, así que al fin y al cabo todos contentos. Todo cabe. No casi todo, sino todo.

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Entre los libros de entretenimiento que comprábamos a nuestras hijas cuando eran niñas, me he encontrado hoy, enredando en su biblioteca, con tres ejemplares de ¿Dónde está Willy? Nos pasamos la vida buscando a Willy, que somos cada uno de nosotros, donde nunca lo encontraremos, en medio de la multitud, pues a ‘nuestro Willy’ no le confiere su identidad su atuendo externo, se viste por dentro.

«Vete despacio que a donde tienes que ir es a ti mismo», reza un proverbio zen. ¿Qué es este ‘ti mismo’? A él se refiere Juan Ramón Jiménez en un poema de Eternidades en el que glosa ese mismo proverbio zen:

¡No corras, ve despacio,
que adonde tienes que ir es a ti solo!
¡Ve despacio, no corras,
que el niño de tu yo recién nacido
eterno,
no te puede seguir!

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Como todo el mundo sabe, la ciudad de S. Francisco se halla situada encima de la falla de San Andrés, uno de los accidentes geológicos más conocidos como generador de seísmos. Por eso, los científicos esperan que tarde o temprano se producirá un terremoto de potencia excepcional, de grado mayor que 8, duración de varios minutos y un tsunami adicional. La población lo tiene asumido y lo llama the Big One (el Grande). Puede ser el siglo que viene y también pasado mañana.

¿Qué decir de la pandemia actual por comparación? ¿Es la Big One de las epidemias? ¿Es la peor que se podía esperar? Rotundamente no, en absoluto.

Por comparación con las grandes epidemias del pasado, la actual apenas sería lo que una réplica a un gran terremoto. Por comparación a lo que esperan muchos especialistas, sólo un simulacro del futuro, pero lo suficientemente grave para aprender a evitar lo que puede venir y, según algunos, vendrá inexorablemente, aunque no sepamos cuándo ni qué patógeno será.

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En la cátedra de Moisés han tomado asiento los letrados y los fariseos. Por tanto, todo lo que les digan, háganlo y cúmplanlo…, pero no imiten sus obras, porque ellos dicen, pero no hacen. Atan bultos pesados y los cargan en las espaldas de los demás, mientras ellos no quieren empujarlos ni con un dedo. Todo lo hacen para llamar la atención de la gente: se ponen distintivos ostentosos y borlas grandes en el manto, les encantan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas, que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame ‘señor mío’. (Mateo 23, 13-15)

En estos días acudo también a la lectura del Evangelio. Y puesto que estamos en medio de una enfermedad pandémica, releo sobre todo las curaciones milagrosas. El estilo tan escueto y directo del evangelio puede producir a primavera vista la impresión de que estamos ante historias de un tosco y primitivo realismo. Pero esta impresión no hace sino velar precisamente su dimensión simbólica, profundamente elaborada, como demuestran la larga permanencia de su lectura y la riqueza compleja de sus múltiples interpretaciones.

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