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La peste pandémica de Putilandia, sobradamente preparada – Carlos Díaz

Nada debería impedir salir de casa sin mascarilla a quienes poseen una energía tan desbordante como Alejandro Magno, capaz de lanzarse a una expedición de conquista de 25.000 kilómetros por la mañana y de regresar a tomar el roscón de reyes al día siguiente, que de paso le servía de dulce corona. Yo creo profundamente las leyendas de esos eternos héroes de aceitada musculatura tan parecidos a Aquiles, el guerrero más poderoso y temido de la mitología griega. Honor y gloria, pues, a los excelsos y a las excelsas, incluidos nuestros excelentes vecinos portugueses en Burgos. Él se llama Excelso, y lo mejor es que, cuando le explicaba a su no menos Excelsa compañera Rosa la etimología del citado nombre, la buena mujer ni se inmutó, ya que según ella se correspondía inequívocamente con los atributos de su hombre. Le dicen a mi mujer que mi nombre es Excelso y corre el riesgo de morirse de risa por culpa de la excelsitud a mí atribuida o –lo que sería peor- de reaccionar enérgicamente contra mi impostura alegando que mi nombre es Legión, como el del endemoniado bíblico de la Biblia. Y con no poca razón.

Como fuere, esta noche he soñado que peleaba con el Excelso Alejandro Magno, y que me machacaba antes de abrir mi boca. Yo, Carolus Minus, jamás sería como Carlomagno, ni comandaría dinastía carolingia alguna. Me he levantado con dos muelas menos, destrozado, molido, amoratado, tumefacto hasta no caber en mi abollada armadura (yo, el supuesto caballero de la armadura oxidada), de la cual han tenido que excarcelarme con unas potentes cizallas los bomberos de mi barrio entre los aullidos de las sirenas. Soñar bélicamente con/tra Alejandro Magno es algo para lo cual no hubiera debido conceder permiso a nadie don Sigmund Freud.

Con todo, y ya que jamás venceré en buena lid a mi gran apaleador, reconozco con admiración su valor guerrero y me inclino ante su maiestas pues, cuando pierdo, no cedo al resentimiento contra los más fuertes. Su victoria no humilla mi derrota, al tiempo que me enorgullezco por haber dado en tierra con mi cuerpo por virtud de los golpes maestros de su músculo divino. Lo cual sólo es posible cuando se lucha cuerpo a cuerpo, y no con tanques ni traiciones por la espalda.

Menos admirable es que los conquistadores macedonios como el propio magno Alejandro obligaran a las poblaciones nativas por ellos dominadas a adoptar la lengua, el teatro, la cultura, y a llevar una existencia miserable, mientras los propios conquistadores, ciudadanos libres, organizaban magnos simposios –libaciones interminables del dulce mosto mediterráneo- para leer a Homero y para filosofar (basta con leer cualquier diálogo de Sócrates). Todo ello, mientras los efébicos alumnos libres se entrenaban desnudos en los gimnasios a la orden de sus instructores para vencer en las competiciones atléticas.

Grecia enseñaba, Roma construía carreteras y calzadas. Un magisterio libre, una auctoritas de aquella aristocracia magisterial forjada en el esfuerzo y en la voluntad de ir más lejos, nunca hubiera aplaudido la ley del mínimo esfuerzo de nuestros bachilleres, es decir, la eliminación de los exámenes, en cuyo campo de juego no hacen falta pasaportes higiénicos ni pruebas sanitarias para circular. Ni siquiera los docentes esclavos entendieron jamás la paideia basileus (la del niño rey) como una crianza de los rosados cochinillos hijos de sus amos amparados por los gruñidos de sus potentados progenitores. En pocas palabras, eran enseñados como reyes para que lo fueran, no porque lo fuesen. Estaban sobradamente preparados porque se preparaban sobradamente, no porque les sobrase preparación, que nunca sobra.

Aquellos pedagogos griegos hubieran rechazado a una sociedad de hijos como los de papá Teodoro, y cuando digo Teodoro digo Vladimiro, de cuyos hijos nadie habla aunque están, si sabe, más locos que ambos. El hijo de para Obiang Ngema, con su excelente currículo y corona de laurel, está a punto de heredar de su padre asesinísimo para superarlo en inhumanidad cual corresponde al bastardo sobradamente preparado. Nadie escapará de la fétida pestilencia del coronavirus del monstruo guineano con mascarillas de caca. Y cuando digo Teodoro –repito- digo Vladimiro, y cuando hablo de los hijos de Teodoro –repito- hablo de los hijos de Vladimiro, tan locos como él y tan sobradamente preparado como él, o incluso más que él, para ir a la guerra hasta la masacre final.

La peste pandémica de Putilandia que ha asolado campos, fábricas y talleres se ha visto incrementada por esos prodigios sobradamente preparados de la kalebarroca a escala sobradamente preparada, un monstruo grande que pisa fuerte toda la inmensa inocencia de la gente. Cuarenta y tantas guerras abiertas a gran escala y miles de ellas a pequeña escala, y eso por no hablar de las guerrillas domésticas donde los divorcios están sobradamente preparados, han pasado a ser la guerra nuestra de cada día. ¡Como cuesta decir en semejantes condiciones “y en la Tierra paz a las personas de buen criterio y de buena voluntad”! Ya lo decía el principio de Arquímedes en previsión del presente: todo asesino sobradamente preparado sumergido en un líquido experimenta un movimiento vertical y hacia arriba igual al peso del volumen sobradamente preparado que desaloja.

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