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Siete cosas que sabemos sobre los volcanes

José Manuel Alonso
Profesor de escritura. Instituto Emmanuel Mounier, Madrid.

Para Suso Batista Santana y Antonio Guedes Guedes.    

Debajo hay fuego
Vivimos sobre volcanes. Todos. Aunque la mayoría no lo sabemos. O fingimos no saberlo. Los canarios sí son conscientes, y por eso muchos son pausados al hablar, intercalan palabras y silencios como si estuvieran escuchando a la vez que hablan, como si tuvieran en todo momento un oído pegado al suelo, atendiendo a algún leve latido de la tierra que a nosotros nos pasa inadvertido. Por debajo de la piel del mundo, de la piedra que cimenta nuestras casas, fluye un magma que preferimos ignorar, pues ningún banco nos prestaría dinero para construir nuestra casa sobre lava. Necesitamos estabilidad para edificar nuestra vida. Y sin embargo esa roca firme sobre la que alzamos nuestro ser fue fuego un día, es fuego frío que flota sobre un océano subterráneo de sangre (Wegener).

La lava no se puede controlar
Sobre mi escritorio conservo una piedra volcánica que una amiga me trajo de las laderas del Etna. Para mí esa piedra, pequeña y pesada, simboliza la obra de arte (= vida). Antes de ser piedra fue lava, es decir, fuego, fuego líquido. El fuego para mí representa el espíritu, la chispa de la creación, el impulso interior que mueve a escribir (= vivir). Pero el fuego, mientras es fuego, no se puede manejar, no se puede compartir, no puede pasar de mano en mano. Hay que dejar que se enfríe, que se vuelva sólido, para poderlo palpar, labrar, compartir. El fuego es incomunicable. Pero el arte (= vida) es comunicación. Esta paradoja la encontramos en todo lo auténticamente humano.

Los volcanes son impredecibles
Que por dentro somos magma, igual que la Tierra, no es algo de lo que seamos conscientes en todo momento, pues ¿quién puede vivir con las venas abiertas durante mucho tiempo? Vivimos atesorando el dolor «como vales que un día han de pagarse» (Valverde); lo sepultamos bajo postillas que nos protegen de la infección de la vida pero que (¡ay!) siempre intentamos arrancarnos. La vida escuece. Y en cuanto rascamos un poco la costra de la herida, brota la lava, incontenible. Puede ser el arte cuando es verdadero, cuando nos mueve por dentro, cuando nos recuerda que tenemos un adentro, que somos un dentro, que somos por dentro. Puede ser una mirada que nos asalta desde unos «ojos que son como una herida que mana sangre nuestra, / y por eso nos duelen cuando miran» (Rosales). Puede ser esa mujer flaca y desgreñada que iba hablando sola, a la que todos fingimos no ver esta mañana, muy temprano, en mi barrio. Su voz agria aún resuena en mi cabeza; su sangre la vierto en este molde de letras para que se enfríe y se convierta en tinta y me deje dormir: «No tengo sida ni tengo nada, tengo una ruina encima que solo quiero matar».

La lava produce tierras fértiles
Muchos años después de una erupción, las tierras arrasadas por el volcán se pueden volver a cultivar. Incluso son más feraces que antes. Esto se debe a que el cultivo empobrece los suelos poco a poco, mientras que el magma los rejuvenece, les aporta ricos minerales traídos directamente del sótano del mundo, donde se almacena el calor primigenio de los astros. El volcán crea nuevas tierras y hasta islas nuevas que algún día podremos habitar. Se pueden sembrar plataneras sobre la sangre de los mártires. Pero hace falta tiempo. Sin tiempo no somos nada. Nuestros cuerpos están hechos de tiempo, de minerales fundidos durante eones en los altos hornos de las estrellas, conservados calientes en este termo gigante que llamamos Tierra. Lo instantáneo no es humano.

Los terremotos son avisos
Los volcanes son la adolescencia de la tierra, el fuego de la juventud, sus erupciones cutáneas. A medida que ese fuego se enfría, nos hacemos mayores. Demasiada estabilidad nos fosiliza. Nos alimentamos de elementos químicos y por eso, al tiempo que empobrecemos la tierra de donde los extraemos, nuestros cuerpos van adquiriendo con los años una textura mineral, quebradiza. Cambiamos fuego por caliza. Eso nos vuelve más vulnerables ante los terremotos. Los edificios flexibles resisten mejor los seísmos, los rígidos cascan. Los temblores nos avisan: hay magma moviéndose, removiéndose, buscando una postura más cómoda en la cama. El fuego pugna por salir, pero hay que pagar un precio. Respiramos gases tóxicos. Los más rígidos perecerán. La vida se renueva, pero hay que pagar un precio. Una ofrenda al volcán.

Volvemos al fuego
Algunas religiones incineran a sus muertos, pues fuego somos y al fuego volveremos. Nosotros quebramos la cáscara de la tierra para devolverle a nuestros seres queridos, para acostarlos un poco más cerca del magma del que vinieron, del que vinimos. No es fría la tierra que los acoge, no, sino cálida, como eso que fluye en nuestro interior, «como otra sangre que sonara oscura, que dulcemente oscura te besara / por dentro» (Aleixandre). Mientras tanto nosotros, en la superficie, barremos las cenizas.

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