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Este soy yo - Carlos Díaz

«–Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa que he dicho es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean ni verán en el mundo. A esto respondió el labrador: –Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana. –Yo sé quién soy, respondió don Quijote, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías».

Don Quijote dijo saber, «yo sé quién soy», pero él sabía erróneamente, pues creía ser lo que no era, un derribador de molinos de viento. Incluso cuando vuelto a la cordura rectificó la idea que de sí mismo tenía, a saber, un manchego sin real alcurnia que manda quemar los libros de caballería ante su azoquetada sobrina, tampoco era lo que decía que era. Al definirse por el ideal faltábale el yo real, y al definirse por el yo real le falta el yo ideal.

Del mismo modo la totalidad de nosotros mismos no alcanza a definir por completo ese deseado soy yo, porque cada uno de nosotros no somos en singular, sino en un plural parecido al río que no cesa; en realidad, somos muchos, legión, legión de legiones, legionarios hasta la enésima potencia. Si lo miramos por el lado bueno, eso nos convierte en inabarcables, inclasificables o inobjetivables. Si lo miramos mal, nos reducimos a la condición de objetos cuando falseando y manipulando la autoimagen ante los demás, e incluso ante nosotros mismos, mostramos únicamente aquellos perfiles que más nos complacen para de este modo potenciar una sola dimensión del yo que se dice a sí mismo: «no seas un vagón de municiones, sé un rifle».

No deberíamos minimizar esta incapacidad para reconocernos a nosotros mismos, pues tal vez no seamos tan inteligentes emocionalmente como para comunicar sin ambigüedades la complejidad de nuestra persona, es decir, las legiones particulares que la componen. Ojalá hubiera un ser-persona capaz de coordinar unitariamente todas y cada una de las gestas de sus generales (entendimiento emocional, voluntad, valor, virtud, ego, pasión, instinto, etc.) pues, si estos entran en luchas intestinas entre sí, terminan reduciendo mi persona a un cáncer con metástasis en todas sus células, un desgobierno incoherente con cada general combatiendo entre sí, que pronto terminaría con mi identidad personal. En resumen, en la persona (es decir, en el yo-nosotros) no pacificada se da una triple lucha que dejaría poblado de cadáveres el campo de batalla: los de mis generales contra mí persona, los de mis generales entre sí, y los de mis generales contra los generales de las otras personas. Mal zafarrancho de combate.

Todo esto ocurre en la lucha por la supervivencia y el supremacismo de cada uno de nosotros por culpa de sus ambigüedades, traiciones, pactos y estrategias que son todo menos relaciones de auto/hetero/ayuda. Ahora bien, si en plenos fragores bélicos renunciásemos al lobo y dejásemos salir al cordero que llevamos dentro, no solamente perderíamos la guerra, sino que también nos veríamos atrapados por el engaño y aniquilados en la decepción, ya que la pólvora que se dispara deja huellas en las propias manos, y desde luego en la propia persona. Nada más irracional –pero más real, diríamos con Hegel– que el lema si vis pacem para bellum, si quieres la paz prepara la guerra, si quieres apagar un fuego incéndialo más, pues su furia voraz te destruirá.

Todo lo cual revela la pluralidad irreductible de nuestros corazones legionarios, incapaces de mancomunar el mundo de los sentimientos y de las razones, de ver y aceptar los significados personales propios y de los ajenos. Además, por lo común, cuando alguien (algún alma bella) comprende una parte de su propia persona, teme que la otra parte ignota de ella misma le ataque, dada la enorme carga de negatividad que se supone en todo ser personal.

Por otra parte, cada legión personal tiene también enormes dificultades para aceptar a las ajenas: ¿Puedo aceptarlas tal como son, es decir, diferentes, sin considerarlas deficientes respecto de lo que yo mismo represento? ¿Puedo yo comportarme de tal modo que mi conducta amable no sea sentida por otros como una amenaza subrepticia? ¿Puedo sin problemas decirle al otro que su comportamiento es incorrecto, con el mismo grado de confianza con el que le digo que su comportamiento me resulta plausible y adecuado?

Ya casi no sé de qué forma proclamar que yo somos (¡yo/nosotros somos!) tú-y-yo, ni cómo serlo además de sólo decirlo. Pero entonces ¿quién soy yo? Yo soy quien puede servir en orden al reencuentro de algún modo pacificador de nuestras reales tensiones. Pero soy yo porque el principio de mi identidad está en la no-indiferencia respecto al tú, a ese que tú eres conmigo. Pero esta convicción, cuando se tiene, suele durar poco. El yo que abraza al tú que forma parte de mi yo es el mismo que pasa su vida empujando hacia afuera, expulsando de sí, al tú de su yo.

A pesar de todo, siento que mi tarea como asesor, counselor, logoterapeuta, psicoterapeuta, o como queramos llamarla, es la de acompañar a la otra persona en el espantoso viaje que ella debe emprender hacia su propio interior sin que tampoco yo mismo eluda en mí reconsiderar y trabajar algunos de los propios sentimientos míos, desconocidos por mí mismo, que él irá descubriendo, en lugar de sentirme atemorizado e incluso aterrorizado al explorar los ocultos rincones de mi belicosa legión.

Y para eso hay que descender a los infiernos del propio daimon y luego subir cada día un peldaño de la caverna opaca en que, esclavo como el de Platón, voy languideciendo, y eso sin olvidar que mi esclavitud es la tuya y la tuya la mía, según Bakunin. Cada día que lo olvido me siento yo mismo un poco más esclavo, pero con temor y temblor, audaz y a la vez inseguro, sin dejar de ser legión, aunque con la esperanza de un orden y de una armonía que tiene que existir, al menos desde el momento en que la empiezo a buscar. No buscaríamos si no hubiéramos encontrado; no encontraríamos, si no hubiéramos sido encontrados. Encontrados no por una bala, perdida o no, sino por la mano del tú, que dice ahora, la mano que me man-tiene: razón cálida, ontología militante.

No vendrá a pacificar nuestras confusas legiones ningún ángel más vengador aún que nosotros, un Santiago matamoros, y menos aún con la retórica del angelismo según la cual «el núcleo íntimo de la personalidad es de naturaleza positiva». El autoconcepto o self-concept del irrealista no es una guerrita de soldaditos de plomo con balas de fogueo. Con angelologías narcisistas se mata mucho.