El COVID-19 y los veterinarios - Juan Capote

Muchas veces me he encontrado con padres de niños pequeños que me conocen e intentan presentarme a sus hijos diciendo aquello de «mira, Pepito, este señor es el médico de los animales». Lo hacen con buena intención y probablemente es lo único que se puede decir, dadas las escasas entendederas de esos tiernos infantes, quienes, evidentemente, no iban a entender nada si les dijeran «este señor se dedica a estudiar la fisiología del tejido secretor de la glándula mamaria de pequeños rumiantes».

Como tampoco entenderían que ante la presencia de un médico lo presentaran como «un veterinario especialista en una sola especie: la humana». Pero el caso es que a los representantes de esa profesión, que tiene como lema Higia pecoris, salus populi, en la imaginación popular se les ve únicamente como clínicos que se dedican a curar animales enfermos. Y más veces de la cuenta como clínicos de segunda, utilizándose nuestro nombre como peyorativo para designar a un profesional de la medicina humana reincidente en la mala praxis.

Los miembros de la comunidad científica pronto aprendemos que, para abordar un nuevo experimento o proyecto, debemos empezar con una reflexión, en la línea del ‘falsacionismo’ que preconizaba Karl Popper. Por eso quiero comenzar con una autocrítica. Durante mucho tiempo nosotros, los veterinarios, no hemos hecho el esfuerzo suficiente para revertir esta situación, e incluso colegas relevantes han ocultado su título al presentarse en público. Con dignas excepciones, nos hemos preocupado mucho por lo que estamos haciendo y poco por la imagen de un colectivo que, no solo en la práctica clínica, ha dado pasos espectaculares en los últimos tiempos.

Pero no es eso únicamente. De acuerdo con nuestro lema, muchos colegas son responsables de que los alimentos lleguen al consumidor en estado óptimo, siguiendo un proceso de trazabilidad. Otros se preocupan por la rentabilidad de las explotaciones combinando conocimientos sanitarios y produccionistas. Una buena parte trabaja en laboratorios de carácter estratégico para preservar los suministros saludables a la población. Muchos, pero menos de los que debieran ser, se dedican a la ciencia con notables resultados, alguno de los cuales llega a publicarse en la revista más valorada del mundo, Nature

Ahora, con la aparición del COVID-19, el lastre que arrastramos en España los veterinarios se ve reflejado en su falta, involuntaria, de involucración en los comités científicos de las diferentes administraciones. No se tiene en cuenta nuestra experiencia en pandemias. En pocas décadas hemos tenido que lidiar con las ‘vacas locas’, la gripe aviar, la peste equina, la peste porcina… El aislamiento masivo no se inventó para actuar contra la enfermedad vírica que ahora nos azota.

Estamos acostumbrados a seguir su cumplimiento en diferentes especies desde hace mucho tiempo. Además existen bastantes equipos, con personal cualificado para manejar esas PCR, en las instituciones que acogen a nuestros profesionales y que pudieron ser reclamados en el momento que se necesitaban clamorosamente. Por otra parte no podemos olvidar que, con casi total seguridad, se trata de una zoonosis proveniente de un animal no doméstico y existe una especialidad en nuestra profesión dedicada a los exóticos…

El otro día leí que uno de los equipos que se ha reciclado para luchar contra este virus tiene como líder a un biólogo marino. Y lo más importante, Alemania, país paradigmático en esta lucha, cuenta en su comité científico, desde el minuto uno, con el Dr. Lothar Wieler, director del famoso instituto Robert Koch, un veterinario. Ahora que cada uno saque sus conclusiones.

Publicado en Canarias en positivo
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