COVID19: Jugando con la abuelita durante el encierro - Carlos Díaz

Algunas veces se me meten en la cabeza estribillos de canciones que no tengo interés en cantar, ni siquiera en tararear, pero que me invaden obsesivamente sin que yo pueda desalojarlas de mis infladas meninges por mi sola fuerza de voluntad. En esta ocasión casi ha sido peor, porque no acababa yo de sentarme a escribir el artículo de esta mañana cuando, sin saber cómo ni por qué, me ha venido a la cabeza aquella máxima áurea de fortuna audaces adiuvat, la fortuna ayuda a los audaces. Tal aserto, que como es bien sabido constituía un patrimonio cultural de los clásicos romanos, se me ha colado por la chimenea hollinada y, aunque he llamado a los bomberos, no se ha podido hacer nada. Así que, incapaz de vencer al enemigo, me uno a él hasta que le derrote.

Así que sus y a ello. Es bien cierto que debemos contener la audacia excesiva a fin de que no degenere en temeridad, esa effrenata audacia o audacia desenfrenada proveniente de Catilina y que tanto molestaba a Cicerón. En realidad, cada uno de nosotros lleva en su interior al mismo tiempo un animal desenfrenado todavía no embridado, pero también un cobardica pusilánime que tras su impresentable prudencia aparente esconde su alma de eunuco. Un poco más, y ya estamos en la temeridad; otro poco más, y ya tenemos delante al pusilánime; otro poco más todavía, y ya estamos todos en el mismo gatuperio. En ocasiones la misma persona embiste con zarpazos de fiera a unos, pero se humilla ante otros, e incluso a los mismos de antes; incluso en determinados momentos propiciamos el zarpazo, y a renglón casi seguido nos ciscamos de miedo ante la misma persona a la que acabábamos de agredir hace poco, nosotros mismos.

A mí particularmente, y así lo he manifestado en mi demasiado larga serie de diez libros sobre virtudes1, lo que realmente me asombra es la porosidad que existe en los seres humanos entre virtudes y vicios, los cuales ambos parecen anhelarse osmóticamente en tanto que contrarios: al cobarde le gustaría ser héroe, al héroe le encantaría conservar la prudencia, y así siempre y en todo. Virtutes paganorum splendida vitia, las virtudes de los paganos son vicios espléndidos, escribió nada menos que san Agustín, un hombre al que siempre he tenido por muy inteligente, aunque ya no me atrevería yo a dar la vuelta a su afirmación para defender lo contrario a ella, a saber, vitia paganorum splendidae virtutes, que los vicios de los paganos sean espléndidas virtudes, algo que sí hubiera podido firmar y firmó Nietzsche por aquello de su inversión axiológica.

Y, aunque voy a frenar mi audacia por esta vez, ganas me dan de meterme en más complejos berenjenales todavía escribiendo cristianos donde san Agustín escribía paganos; en cualquier caso, el deseo de explorar lo contrario de lo que se vive o dice vivir le es inmanente a cualquier hijo de vecino, y el nombre de ese deseo es tentación. Por genealogía primero (Adán y Eva), y por naturaleza a partir de ellos, todos miramos a los árboles prohibidos, especialmente si vienen bien cargados de ubérrima cornucopia. La especie humana ¿qué otra cosa es sino un conjunto de animales tentadores unas veces, tentados otras?

Más difícil aún es aguantarse a uno mismo cuando miramos haciendo como que no miramos a dichos árboles, entonces nos sentimos tentados y humillados, cautivos y desarmados como el ejército rojo ante el ejército azul, porque entonces hemos dado con la hipocresía u hidropesía del alma, algo sumamente irritable para quien es denunciado con ese clarinazo viscoso y verde, ese monstruo lanzado contra nuestra amada reputación. Imputación contra reputación, todos participamos de esa diputación o disputación…

Y, por si fuéramos pocos esta mañana, acaba mi abuela de solicitarme para jugar con ella a distribuir los libros de mi despacho en dos mitades, a la derecha los más hipócritas, a la izquierda los menos, y allá a su frente los nada hipócritas. No sé si esto será muy académico desde el punto de vista de la biblioteconomía, pero con toda seguridad voy a necesitar los guantes antivirus para no contaminar nada, y la mascarilla para preservarles de la impureza de mi aliento.

La cosa promete, imagínense. Una vez que hayamos terminado todo esto con canónica escrupulosidad, procederemos a situar a nuestros autores según hayan sido las causas que les han llevado a ser como son, por ejemplo, si han sido más infectadores que infectados, o más purificados que purificadores, para determinar su rango ético y su responsabilidad moral. Una vez que todo eso haya sido bien evacuado, tenemos pensado hacer una analítica axiológica en orden a la adopción de la correspondiente profilaxis, unos a un pabellón y otros a otro, debemos mantener la asepsia fenomenológica. Quizá también les someteremos a revisión de cuando en cuando, no vaya a ser que los que ayer fueron lo que son hayan pasado a ser de otro modo a como eran, y a la inversa, pues ya se sabe que quien ríe en sábado llorará en domingo, y que hasta el final nadie es dichoso. Finalmente tendremos perfectamente determinados a los ganadores y a los perdedores, y luego nos iremos la abuelita y yo a tomarnos unos churros con picatoste, que a ella le encantan.

Nunca sabré de dónde ha salido ese horrible infundio de que estar encerrado es sinónimo de estar reprimido o aburrido, quizá es que hemos olvidado a nuestras abuelitas.

1 En especial para este caso, cfr. Díaz, C: La virtud de la prudencia. Ed. México, 2004.