COVID19: Jesús, la Iglesia y el Reino que viene - Joaquín Tapia

LA EXPERIENCIA PASCUAL: JESUS DE NAZARET, LA IGLESIA DEL SEÑOR JESUS Y EL REINO DE DIOS QUE VIENE

En las duras y difíciles circunstancias presentes de este año 2020, la meditación orante de los textos de la Eucaristía de este tercer domingo de Pascua no puede sino atenerse a lo más estricto y fundamental de nuestra fe. He elegido tres palabras básicas para resumir nuestra fe pascual.

1. JESÚS DE NAZARET

Las primeras palabras de Simón Pedro como evangelizador en la plaza pública del mismo Jerusalén, donde muy pocos días antes había sido condenado a muerte y crucificado al Señor, fueron bien claras y taxativas: «enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. A Jesús el Nazareno, a ese varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de Él como vosotros mismos sabéis; a éste, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pues bien, Dios lo resucitó… permitidme hablaros con franqueza… A este Jesús Dios lo resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

Quiero comentar este texto evangélico con san Juan de la Cruz. El fraile carmelita amigo de Teresa de Jesús escribe el libro de la Subida al Monte Carmelo (el duro sendero de la vida espiritual) en la segunda mitad del siglo XVI, cuando nuestro conocido como Imperio español, en tiempos de Felipe II, comenzaba a otear la ‘cuesta abajo’ de las continuas guerras hacia las que se vería abocado precisamente por ese mismo imperialismo que también tenía connotaciones e intereses religiosos. No sé si necesitamos algo más que leer despacio lo que nuestro paisano de Fontiveros dice en el capítulo 21 de la segunda parte de este libro, para entender lo que nos quiere señalar. Dice exactamente esto: «Pongamos un ejemplo: conoce el demonio que la disposición de la tierra y aires y término que lleva el sol, van de manera y en tal grado de disposición, que necesariamente, llegado tal tiempo, habrá llegado la disposición de estos elementos, según el término que llevan, a inficionarse, y así a inficionar la gente con pestilencia, y en las partes que será más y en las que será menos. Ve aquí conocida la pestilencia su causa. ¿Qué mucho es que, revelando el demonio esto a un alma, diciendo: “de aquí a un año o medio habrá pestilencia” que salga verdadero? Y es profecía del demonio. Por la misma manera, puede conocer los temblores de la tierra, viendo que se van hinchiendo los senos de ella de aire, y decir: “En tal tiempo temblará la tierra”; lo cual es conocimiento natural; para el cual basta tener el ánimo libre de las pasiones del alma… Si quieres con claridad natural conocer las verdades, echa de ti el gozo y el temor, y la esperanza y el dolor. Y también se pueden conocer eventos y casos sobrenaturales en sus causas acerca de la Providencia divina, que justísima y certísimamente acude a lo que piden las causas buenas o malas de los hijos de los hombres. Porque se puede conocer naturalmente que tal o tal persona, o tal o tal ciudad, u otra cosa, llega a tal o tal necesidad, o tal o tal punto, que Dios, según su providencia y justicia, ha de acudir con lo que compete a la causa y conforme a ella, en castigo o en premio o como fuere la causa; y entonces decir: “En tal tiempo os dará Dios esto, o hará esto, acaecerá esotro ciertamente”. En aquello o por aquello que cada uno peca, es castigado. El demonio conoce esto, no sólo naturalmente, sino aun de experiencia que tiene de haber visto a Dios hacer cosas semejantes, y decirlo antes y acertar». ¿Alguien podrá hoy encontrar mejor retrato de nuestra situación actual social y religiosamente pusilánime en lo que a la fe en Cristo se refiere?

Pues bien, necesitamos hoy tener aquella misma claridad y valentía de los primeros evangelizadores, y de los grandes santos, para creer y vivir testimoniando sólo una profunda convicción. La convicción de la fe regalada que debe invadir al verdadero discípulo del Nazareno. La convicción de que no hay más Evangelio para la salvación integral del hombre que el propio Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios Crucificado por amor y por amor Resucitado. No tenemos más Dios que el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Este Jesús de Nazaret es el resplandor de la Gloria del Padre y es la Impronta de su ser. En esta pascua 2020 precisamente se nos asegura con una fuerza especial que, frente a todo tipo de ídolo social o religioso que nos acecha, la única manifestación y muestra plena del Amor incondicional de Dios por nosotros y en favor nuestro es JESÚS DE NAZARET. El misterio de Dios para el hombre es Jesús de Nazaret; y solo en Jesús de Nazaret Dios se nos ha descifrado del todo. Por eso mismo, Juan de la Cruz en el capítulo 22 nos lo dejó muy bien escrito: «Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o quisiere alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra cosa alguna o novedad. Porque le podría responder Dios de esta manera, diciendo: Si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en Él, porque en Él te lo tengo todo dicho y revelado, y hallarás en Él aún más de lo que pides y deseas. Porque tú pides locuciones y revelaciones en parte, y si pones en Él los ojos, lo hallarás en todo; porque Él es toda mi locución y respuesta y Él es toda mi visión y toda mi revelación». (Subida al Monte Carmelo 22,5). Podrá decirse más alto, pero no más claro.

2. LA IGLESIA DEL SEÑOR JESÚS

La Pascua es el momento y lugar del auténtico nacimiento; del brotar dinámico de la Iglesia en el Espíritu del Señor Jesús. Porque la Iglesia o está viva, renacida en el agua y la sangre del costado abierto de Cristo, o no es nada. Probablemente se convertirá en un montaje sin mucho sentido, valor, ni interés humano. En la primera carta de san Pedro hoy podemos leer: «Puesto que podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios». ¡Cuánta necesidad tenemos todos en la Iglesia de purificar nuestra fe y nuestras acciones eclesiales (individuales y comunitarias) para que nuestra fe y nuestra esperanza sólo estén puestas en el Dios de Cristo Crucificado y Resucitado!

3. EL REINO DE DIOS QUE VIENE

Finalmente, en el evangelio que también se lee este domingo aparece la famosa escena de los discípulos en camino hacia Emaús. La escena que todos conocemos. Aquellos discípulos necesitaron aprender a reconocer al Señor Resucitado en su palabra, en sus hermanos, en los más pobres, y en la auténtica y sencilla ‘fracción del pan eucarístico’. Con el salmo responsorial diremos: «Señor, me enseñarás el sendero de la vida».

Por eso mismo, creo que deberíamos gritar cada día con más fuerza en todas las eucaristías que celebramos: «anunciamos tu muerte; proclamamos tu resurrección; ¡Ven Señor Jesús!».

Ánimo a todos – Marana-tha – Ven Señor Jesús

Joaquín Tapia, sacerdote