COVID19: Alma transubstanciada: Emmanuel Levinas - Carlos Díaz

Queridos amigos y amigas:

Si queremos un orden nuevo, o al menos un desorden mejor, hay que esforzarse. La malignidad del mal ya estaba ahí, pero siempre regresa. Frente a ella sólo cabe una subversión radical de todos los planteamientos. Hela aquí.

En su malignidad, el mal es exceso. Ahora bien, mientras que la noción de exceso evoca la idea cuantitativa de intensidad, de un grado que rebasa la medida, el mal es exceso en sí mismo; el mal no es exceso porque el sufrimiento pueda ser fuerte y rebasar lo soportable, su esencia la constituye su ruptura con lo normativo, con el orden, con la síntesis, con el mundo. El sufrimiento como tal es una manifestación de lo inintegrable, de lo injustificable. Lo propio del mal es lo inintegrable. En el aparecer del mal, en su cualidad, se anuncia una modalidad: el no-hallar-sitio, el rechazo de toda conciliación-con, algo contranatural, una monstruosidad, lo de por sí perturbador y extraño.

El mal me alcanza como si me buscase, me golpea como si detrás de la mala suerte que me persigue hubiese una finalidad, como si alguien se encarnizase contra mí. El mal sería un tenerme en su mira o enfocarme. Me alcanzaría como una herida en la que emerge un sentido: ¿por qué me haces sufrir en vez de reservarme una eterna bienaventuranza? En el exceso del mal el yo es despertado de su estado de su ser-en-el-mundo por la prohibición del abandono del otro. En esta idea del sufrimiento como elección en la persecución, el sentido comienza en la relación del alma con Dios a partir de su despertar por el mal. Para arrancarme del mundo, Dios me daña en cuanto yo único y excepcional.

La muerte del otro hombre me encausa y me cuestiona, como si, por mi indiferencia, pasase yo a ser el cómplice de esa muerte; y como si, antes incluso de estar yo mismo abocado a ella, tuviera que responder de esa muerte del otro en lugar de abandonarle. El otro es prójimo precisamente en esa llamada a mi responsabilidad por parte de su rostro que me requiere, que me reclama; el otro es prójimo precisamente al ponerme en cuestión. Es en la prohibición de ese abandono cuando la responsabilidad por la muerte del otro tiene sentido.

La responsabilidad no me deja constituirme a modo de yo pienso, sustancial como una piedra, o como un corazón de piedra en sí y para sí. Llega hasta la substitución del otro, hasta la condición o incondición de rehén. El sólido empedrado núcleo de mi sustancia queda desnucleado. Pero en la responsabilidad a la que estoy expuesto nadie puede sustituirme, por ello me obliga como irremplazable y único. Me obliga como elegido. En la misma medida, me prohíbe cualquier sustituto. Irremplazable en la responsabilidad, yo no puedo sin carencia, sin culpa o sin complejo, escaparme del rostro del prójimo: heme aquí consagrado al otro sin dimisión posible. No me puedo escapar del rostro del otro en su desnudez sin recursos: en su desnudez de abandonado que resplandece por entre las hendiduras que desgarran la máscara del personaje o su piel con arrugas.

El dar adquiere un sentido en el dativo del para el otro, en el que el sujeto se hace corazón, sensibilidad y manos que dan. Y, por eso mismo, también posición depuesta ya de su reino de identidad y de sustancia, ya en deuda, para el otro, hasta la sustitución del otro, alterando la inmanencia del sujeto en los trasfondos de su identidad; sujeto insustituible para la responsabilidad que le asigna todo esto y que reencuentra ahí una identidad nueva. La responsabilidad para con el otro, la imposibilidad de dejarlo solo en el misterio de la muerte, acontece a través de todas las modalidades del dar, del don último de morir por el otro. La responsabilidad no es una fría exigencia jurídica. Es toda la gravedad del amor al prójimo. Como si perdiese la inocencia de mi ser ante la muerte del otro, como un remordimiento o, al menos, como un escrúpulo de existir. ¿No equivale mi existir, por su quietud y por la ‘buena conciencia’ de su deseo de perseverar, a dejar morir al otro? No se define la humanidad del hombre tan sólo por lo que el hombre es. El sentido de lo humano no se mide por su presencia, desborda los límites ontológicos, la esencia humana y el mundo. Lo que sigue llamándose identidad del yo no es una confirmación de la identidad del ente en su ‘algo’, no es una exaltación cualquiera o una sobrevaloración de dicha identidad del algo que se realza en un alguien; esa identidad del yo o del sí-mismo significa el carácter de intransferible responsabilidad de rehén hasta la substitución del otro: infinita sujeción. Esta responsabilidad, siempre previa o anárquica –sin origen en un presente– es el modo de una libertad inmemorial más antigua que el ser, que las decisiones, y que los actos.

Debido a la responsabilidad por el otro puede haber algo nuevo bajo el sol. Mi responsabilidad para con el otro hombre, que llega hasta la responsabilidad por su responsabilidad, no proviene de un respeto profesado a la universalidad de un principio ni de una evidencia moral; el Otro arranca al Yo de su aislamiento en sí. El Yo es en sí, es aquí y, como tal aquí está en el mundo: es necesario arrancarlo de este enraizamiento. La proximidad del prójimo es mi responsabilidad para con él, el aproximarse a él me convierte en guardián del hermano, y ser guardián del hermano es ser su rehén.

Poner la subjetividad en esta responsabilidad es entrever en ella una pasividad nunca lo bastante pasiva de consumirse por el otro sin que las cenizas de este consumirse puedan convertirse en el núcleo de un en sí y para sí. Yo que dice heme aquí. En Los hermanos Karamazov escribe Dostoievski: «Cada uno de nosotros es culpable delante de todos por todo y por todos y yo más que nadie». Cuando empezamos a decir que alguien puede substituirme a mí, entonces comienza la inmoralidad.

¿Qué significa como a ti mismo?, ¿significa como a ti mismo que lo que más se ama es uno mismo? Buber y Rosenzweig tradujeron ama a tu prójimo, él es como tú. «Ama a tu prójimo; todo eso eres tú mismo; esa obra eres tú mismo; ese amor eres tú mismo». La Biblia es la prioridad del otro con respecto a mí. En el otro es donde siempre veo a la viuda y al huérfano. El otro siempre pasa antes. Esto es la disimetría de la relación interpersonal. Ninguna línea de las que he escrito resistiría si no hubiera esto. Y esto es la vulnerabilidad. Sólo un yo vulnerable puede amar a su prójimo.

El sí-mismo, lo que convierte en único al yo, es la imposibilidad de escabullirse del otro. Mientras no haya otro, no se puede hablar ni de libertad ni de no-libertad. El no-poder-escabullirse es precisamente esa marca de unicidad en mí. Es por la ética, por el énfasis de mi obligación, por lo que yo (je) soy yo (moi).

Esa idea de responsabilidad no implica paternalismo («usted es responsable del otro, y le es indiferente que el otro deba aceptar la responsabilidad que usted tiene»), lo que el otro pueda hacer por mí es asunto suyo. Si fuese asunto mío, la sustitución no pasaría de ser un momento del intercambio, y perdería su gratuidad. Asunto mío es mi responsabilidad y mi sustitución inscrita en mi yo, inscrita como yo. El otro puede substituir a quien quiera, salvo a mí. Uno no puede dejarse reemplazar en la sustitución, del mismo modo que uno no puede dejarse reemplazar en la muerte.

Cuestionamiento de mi derecho al ser que ya es mi responsabilidad por la muerte del otro, que interrumpe mi conato, es decir, la espontaneidad de mi ingenua tendencia a perseverar. El derecho al ser y la legitimidad de ese derecho no se refieren a la abstracción de las reglas universales de la ley, sino, en última e inapelable instancia al para-el-otro de mi no-indiferencia hacia su muerte, a la que se expone la misma derechura de su rostro. Me mire o no, tiene que ver conmigo. El cuestionamiento de mi derecho al ser es inseparable del para-el-otro en mí. Cuestionamiento contranatural, contra lo natural de la naturaleza, pero cuestión de sentido por excelencia que me requiere y en la que, en contra de la naturaleza, el pensamiento se despierta a su responsabilidad intransferible.

La cuestión por excelencia no es «¿por qué hay ser y no preferiblemente nada?», sino «¿tengo yo derecho al ser?». Mi ‘en el mundo’ o mi ‘lugar al sol’, mi ‘en mi casa’, ¿no han sido una usurpación de los lugares que pertenecen al otro hombre por mí oprimido o hambreado? No presentar mi relación con el otro como un atributo de mi sustancialidad, como un atributo de mi consistencia de persona, sino, por el contrario, como mi destitución, de mi deposición (en el mismo sentido en que se habla de la deposición de un soberano). Sólo entonces puede tener sentido en mí una verdadera ab/negación. Temor que me viene del rostro del otro, cuestionamiento de mi presencia y de mi responsabilidad. Nada de reposo para sí mismo al abrigo del concepto de yo. Tiene una significación en la respuesta, sin escapatoria posible, a la asignación que me llega del rostro del prójimo. La tarea principal consiste en pensar lo Otro-en-lo-Mismo sin pensar lo Otro como otro Mismo. Lo Otro perturba o despierta a lo Mismo, lo Otro inquieta a lo Mismo o inspira a lo Mismo, o lo Mismo desea a lo Otro o aguarda a lo Otro.

El yo del otro, yo sin yo, es la fragilidad misma, cuestionada como tal yo, sin identidad, responsable de aquél a quien no puede dar respuesta, sin aguardar tampoco una respuesta suya. El otro no responde. El temor por el otro, temor por la muerte del prójimo, es mi temor, pero no temor por mí. La cuestión de lo Otro se vuelve responsabilidad por el otro, y el temor de Dios, tan extraño al terror frente a lo sagrado como a la angustia ante la nada, temor por el prójimo y por su muerte.

Cuando se sufre por alguien, la vulnerabilidad es también sufrir para alguien. Se trata de esta substitución del por por el para. Si no se plantea esto, de inmediato uno se encuentra en un mundo de revancha, de guerra, de la afirmación prioritaria del yo. Con vulnerabilidad intento describir al sujeto como pasividad. Si no hay vulnerabilidad, si el sujeto no está siempre en su paciencia al borde de un dolor ya insensato, entonces se pone para sí mismo, y en este caso no está lejos ya el momento en que se fije en sustancia, el momento en que es soberbia, en que es imperialista, en que dispone del otro como de un objeto.

Intento evitar el término experiencia moral en todo esto; la experiencia moral supone un sujeto que existe, que ante todo es y que, en un momento determinado, tiene una experiencia moral; mientras que es en la manera como existe, como vive, en la que hay esa ética; o, con mayor exactitud: el des-inter-esamiento deshace su esse. La ética significa esto. El yo responsable del otro, yo sin yo, es la fragilidad misma, cuestionada como tal yo, sin identidad, responsable de aquél a quien no puede dar respuesta, sin aguardar tampoco una respuesta suya. El otro no responde.

Un día, en Lovaina, me llevaron, después de una conferencia sobre estas ideas, a una casa de estudiantes que allá llaman ‘pedagogía’; me encontré rodeado de estudiantes sudamericanos, casi todos ellos sacerdotes, pero más que nada preocupados por la situación de América del Sur. Me hablaron de lo que allí sucede como de una suprema prueba de la humanidad. No sin ironía, me preguntaban dónde habría hallado yo concretamente a lo Mismo preocupado de lo Otro hasta el punto de padecer por su causa una fisión. Respondí: al menos, aquí. Ahí, en ese grupo de estudiantes, de intelectuales que muy bien podrían haberse ocupado de su perfección interior y que, sin embargo, no tenían más temas de conversación que la crisis de las masas de Latinoamérica, ¿no eran ellos rehenes? Sea como fuere, en la relación con el otro estoy siempre en relación con el tercero. Toda la recuperación de las Instituciones se hace a partir del tercero. Por consiguiente, la palabra justicia se aplica mucho más a la relación con el tercero que a la relación con el otro. Pero lo que en realidad sucede es que la relación con el otro nunca es exclusivamente una relación con el otro: desde el principio, en el otro está representado el tercero; en la misma aparición del otro, el tercero me mira y me concierne.

Resumen comprensivo del libro de Emmanuel Levinas De Dios que viene a la idea. Ed. Caparrós.