COVID19: La peor de las pandemias: la falta de amor al prójimo - Daniel García

Comentarios al artículo de Carlos Díaz «La lección más perversa que me enseña esta gran desolación».

Querido Carlos, en lo esencial estoy de acuerdo con tu reflexión, pero yo me pregunto quién puede no temer a la muerte, creyente o no creyente, siendo tan humanos o tan inhumanos. Hace unos días, leyendo a Emmanuel Levinas (Alteridad y trascendencia), respondiendo a una pregunta relacionada con este tema, dice que tememos a la muerte porque es lo desconocido: nadie puede contarnos la experiencia y qué es lo que han visto; aunque, como dicen algunos, narren experiencias parecidas, realmente no es nada serio, porque nadie pudo volver para contarlo. Recuerdo hace unos años a una paciente de mi mujer cómo, tras una grave enfermedad, sentía más dolor que miedo, porque sus hijos y nietos vivían de su pobre pensión y, tras la crisis económica, no disponían de ingresos; y ya estaba a punto de morir con más preocupación por ellos que por miedo a la muerte. El amor que sentía por sus seres queridos era más fuerte que todos los miedos. También hay enfermos que suspenden los tratamientos voluntariamente, por el sufrimiento que llevan arrastrando, y sin embargo, justo en el momento en que se ven morir, acuden a darse el tratamiento para evitar, a pesar del sufrimiento que no quisieron soportar, el temible fin.

Sí que es cierto que la inmensa mayoría, y sobre todo los que aplauden en sus balcones con lo que se convertirá en himno nacional, el Resistiré, ven asustados la muerte porque significa el fin, no de la vida sino del consumismo, de las vacaciones en la playa, el chiringuito, las cervezas y el tinto en las terrazas. La despreocupación por lo humano seguirá siendo igual, por desgracia no se producirá ningún cambio, lamentablemente la metanoia no se producirá en todas las personas; si no, sería dado como bueno este microapocalipsis. Como diría el príncipe Don Fabrizio en El gatopardo, en época de crisis y de cambios revolucionarios en la Italia de Garibaldi, «todo debe cambiar para que continúe igual», y lamentablemente es así: no se habla más que de la recuperación de la normalidad económica, de seguir con lo mismo, que si estamos perdiendo la riqueza a la que habíamos llegado, dicen (¿Quién? Unos pocos, diría yo). Qué miedo como alguno de ellos pierdan sus paraísos fiscales, aunque continúe muriéndose la mayoría de las personas en el mundo de hambre, o en las fronteras del paraíso llamado Europa, la tierra de la que mana miel y leche, o más bien mala leche y miel amarga, en Grecia o en sus mares o mares Nostrum. Lo que teníamos antes sí que es un virus mortal, el peor, y al que no temíamos.

A pesar de todo esto quiero seguir creyendo en la persona, porque hay personas que merecen que se crea en ellas, seguir en esta lucha y en esta esperanza desde nuestras posiciones, que son utópicas pero realizables: no perder nunca la esperanza, la fortaleza y la caridad, que a veces es muy difícil. El amor es más fuerte que la muerte, y creo que una sociedad falta de amor al prójimo es una sociedad que sufre la peor de las pandemias.

No tengo, Carlos, la suerte de conocerte en persona, pero sí que sigo dialogando contigo a través de las lecturas de tus libros y de haberme dado a conocer el personalismo comunitario; por esto estaré siempre agradecido. Un fuerte abrazo, amigo.