COVID19: La lección más perversa que me enseña esta gran desolación - Carlos Díaz

Este artículo es el resumen de una videoconferencia impartida por Carlos Díaz el 15 de abril. Puedes acceder a la grabación en este enlace

A todos, al parecer, cuentan las crónicas, nos ha pillado por la espalda la puñalada trasera, algo o alguien conspiraba para matarnos sin dar la cara: iba a por mí sin que yo pudiese negociar con él a fin de postergar su homicidio, así piensa la gente. Esta histeria contra la muerte, esta recopilación de aplausos a la misma hora todos a una como Fuenteovejuna para aplacar la Parca no explica sino la reagrupación de la manada para defenderse en círculo con las patas traseras contra el animal asesino.

No creo, la verdad sea dicha, que quienes salen a la ventana a echarle saetas a quienes les atienden médicamente –‘héroes’ o ‘heroínas’– estén pensando en otra cosa que no sea en su propia sanación; dudo mucho que el aplicado palmeador o palmeadora se encuentre dispuesto a la reciprocidad con sus vitoreados y sus marciales ‘resistiremos’, pues la reciprocidad es el gesto básico de la solidaridad. Hasta aquí llega su temblor; me basta, como al apache, con aplicar el oído a la tierra en que sus aplausos rebotan, para entender su presunta ‘pureza’. Ya están los caramelos arrojados desde la altura de sus carretas de papel por los reyes magos endulzando a los niños que han acudido a la cabalgata. Pronto serán mayorcitos y ya no creerán más en los reyes (en la monarquía ya es otra cosa, ahí los caramelitos funcionan). Y, por supuesto, contando con que tras la verbena y la ritualización de esos gestos catárticos nos va a proteger el cielo de la vuelta a lo mismo, al mismo egocentrismo. Hemos aplaudido para superar la angustia, nos sentimos buenos y mantenemos a raya a la pelona. Si aplaudir costase dinero no se oiría ni el siroco.

Los creyentes quieren a toda costa no ver a Dios tan pronto, y los no creyentes no verse expulsados antes de tiempo del cierre de las persianas chirriantes de los grandes almacenes, que es donde verdaderamente mora lo sagrado. A mí personalmente, haber comprendido que la gente está apegada a la vida como la estampilla al sobre, sinceramente me ha sorprendido más de la cuenta. Quizá haya sido la lección más grande que me ha dado tan magna ocasión.

Como si hubiésemos adquirido el derecho a vivir sin garantía de caducidad sin asumir el deber de plantarle cara a la muerte, lo cual al fin y al cabo no es más que la mitad de la película. Claro que el temor a morir se agudiza entre quienes han tenido y tienen miedo a vivir, mientras que aquellas personas que han sabido ser más felices suelen ser también más agradecidas por la vida que va a acabar muriendo. En una época de seguros y de reaseguros eso sin embargo no vende. Eso sí, el féretro del rico pesa más y es más vistoso aunque al instante sea enterrado, metido en tierra.

Hoy me he levantado pensando que el mal es anónimo, se oculta, no da la cara, eso sí que no falla. Uno de los dos ha cometido el asesinato y yo no he sido. Alguien ha sembrado los virus, pero yo no he sido; a mí me han contagiado, eso es lo único que me importa. Yo no he contagiado a nadie, ¿no querrá usted que me culpabilice por la muerte de nadie a causa del virus? No se trata de eso, claro está, sino de algo muy distinto: ¿se reconoce usted también contagiador, o sólo contagiado? Si sólo contagiado, dígame por favor quién fue el primer contagiador.

Pasa lo mismo con toda serpiente que serpentea sobre la faz de la tierra. Existe gente, mucha gente, que no se sostiene en pie sobre la tierra porque se muere de hambre, pero es porque se mueren ellos solitos, a mí no me mire tan fijamente, es el capitalismo, la patronal, el sindicalismo, el vicio, pero yo, que tengo bien forrados los riñones, nada quiero saber de esos cadáveres, no me los cuelgue, busque usted en otra parte, que yo tengo todos los papeles en orden contable. O llamo a la policía. Entre todos los matamos y ellos solos se murieron, pero yo no. Si los contabilizásemos desde que cayó el primer rayo sobre la tierra habitada, ¿cuántos muertos por hambre pandémico tendríamos?

Ahí tienen la analogía entre el virus que mata y el hambre que mata. Pero usted tranquilo. Se acabará la Tierra, pero el mal no terminará, si seguimos así. Siento ser tan desagradable.