Identidad

Entrevista a Carlos Díaz

Buenas tardes, Carlos. ¿Dónde estudiaste?

Dónde, en todos los lugares que he pisado. Cuándo, siempre. Mi padre estuvo en la guerra, colaboró con la Institución Libre de Enseñanza, y lo inhabilitaron para el magisterio después, se trataba de una práctica habitualmente seguida con los maestros republicanos represaliados.. El único delito que cometió mi padre fue el de pertenecer a la Institución Libre de Enseñanza, yendo por los pueblos jurdanos, que vivían en el paleolítico, y por otros muchos. Con su máquina de proyectar películas y diapositivas ponía en marcha audiciones de discos y hacía en esas circunstancias lo que se podía. Enseñaba a los asombrados campesinos archianalfabetos el funcionamiento de una ducha, y para esa gente que nunca había visto cosa semejante era algo de ensueño y mágico. En definitiva, colaboraba como maestro culto en programas de extensión cultural. Y como “pago” de estas acciones pedagógicas, habiendo sufrido la guerra en el bando republicano, fue humillado por el franquismo victorioso y castigado durante años a perder la escuela que había ganado por oposición, y años después todavía a multas en las que se le detraía buena parte de exigua paga. Y así estuvimos largos años viviendo del magro salario de mi madre, también maestra, en aquella época en que regía sin hipérbole el dicho tristemente célebre pasas más hambre que un maestro de escuela.

Condenada de este modo la familia a vagar en busca de pueblos mejores, los hijos fuimos naciendo en aquellos míseros caseríos fantasmas casi inexistentes en el mapa, los peores rincones de España: donde a veces no había luz, o no había agua corriente, o no había médico o cura, señales externas de que un pueblo es o no es un pueblo.

Yo nacía en uno de aquellos lugarejos, Canalejas del Arroyo, Cuenca, pero estoy aún jocosamente cabreado porque hasta ahora no me han dedicado ni un callejón; me da rabia, porque un pueblo digno de mi altura hubiera debido llamarse Montemayor del Río, y no Canalejas del Arroyo, y tener la plaza del pueblo dedicada a honorar mi augusto nombre.

Finalmente, tras una odisea de desplazamientos, nos trasladamos a un poblachón manchego, Puertollano, Ciudad Real, donde pasé mi adolescencia y el bachillerato, y desde allí a Madrid. Otra odisea, pues mis progenitores, para acceder a la plaza de la capital de España después de montañas de años de servicios, no tenían puntos suficientes, por lo cual se vieron obligados a realizar una permuta legal con un maestro que iba a jubilarse de forma inminente, lo cual les costó la mayor parte de sus ahorros; de este modo, ese señor maestro pasó los últimos meses de su vida profesional en Puertollano, y nosotros nos convertimos en megalopolitas.

De todas maneras, antes de llegar a la gran urbe, gracias a su laboriosidad infinita y sacrificada, la de mis padres, todos los hermanos pudimos estudiar fuera, en Salamanca y en Madrid. Yo recuerdo muy especialmente el ambiente de aquella sin par Salamanca unamuniana, un auténtico milagro viviente en el tiempo, donde pude estudiar durante dos años en el célebre Colegio Mayor San Bartolomé.

¿En Alemania estuviste una vez terminada la licenciatura?

Sí, allí fui con una beca para hacer la tesis doctoral, luego he estado en alguna ocasión más. Y, si bien es verdad que quien hablaba alemán era el rey en la facultad de filosofía, nunca olvidé que también Hitler dominaba ese idioma, y que no es el idioma el que hace al hombre, sino el hombre al idioma. Así que, al regresar de Múnich a la universidad Complutense como profesor ayudante de metafísica con apenas veinticuatro años y la tesis sobre fenomenología en el bolsillo, me tocó en una de nuestras habituales sesiones con los profesores del departamento exponer lo aprendido en Deutschland, y como el idioma alemán es muy constructivista, a fin de probar el nivel técnico de mis colegas, tuve la ocurrencia perversa de alterar y manipular la terminología de Husserl. Termino la exposición y me dice el jefe de departamento, y con él –naturalmente, faltaría más– todos los adjuntos abajo: “fantástico, Carlos, eres un verdadero maestro”. My God.

Pues ese “que quede bonito” es la esencia de la sabiduría académica. Luego lo he comprobado miles de veces, volviendo al mismo vómito incluso en las dos oposiciones que hice, en una de ellas con resultado de número uno. Lo que pasa es que hay que saber mentir, y eso resulta fácil cuando se estudia más que los eunucos academicoides que mienten menos porque saben menos. Aunque resulte increíble, ese es el currículo oculto de la pedante degeneración académica. No todo es así, ciertamente, ni toda la gente es así, pero con frecuencia ocurre, una y mil veces la misma lámpara de Aladino.

¿Cultura popular en contraposición con cultura académica, Carlos?

La cultura popular no existe actualmente. Porque la antigua cultura popular era la que nacía en cada pueblo con sus diferencias, pero en la actualidad ya no existen pueblos, una vez que los medios han igualado y banalizado hasta los más recónditos lugares de cada país. Globalización. 

La cultura universitaria, donde acontece lo mismo enteramente, sólo que pasada por el embudo de la cursilería, y en esa medida formalmente metamorfoseada, es manierista, egipticista, por lo cual sus referencias son siempre las mismas a los mismos autores de moda, a las ideologías del momento, y a todo lo que haga falta para evitar cualquier lectura crítica del poder y favorable a un mundo mejor. Esto último ni se te ocurra, o estás fuera. Por otra parte, cuando alguien enseña en la universidad con un lenguaje circunspecto e incluso pulcro ¿qué hay detrás? Hay apenas una jerga técnica ininteligible para enrevesar lo que dicho en román paladino hubiera podido ser entendido por el paisano de la boina. Trátase de una sofisticada retórica que confiere poder a sus usuarios y mantiene a distancia a la gente. Ese es fondo de lo que aparece a primera vista como un preciso y riguroso ejercicio intelectual que puede quedar más o menos bello, más o menos esotérico, no siendo otra cosa que jerga de la inautenticidad, como dijera Theodor Adorno en su libro de título omónimo.

¿Cuántas veces no habremos visto esa miserable prestidigitación? Con el curso de los años terminas tan escéptico de todo eso, que terminas refugiándote en los clásicos, los cuales, a pesar de su ocasional dificultad léxica, introducen en su discurso dimensiones rompedoras y al mismo tiempo profundas que te ayudan a crecer. De la fetidez saciada de esas cloacas, los maestros verdaderos se apartan.

Tal vez a alguno le parecerá que estoy exagerando, enhorabuena; si esto les parece así es porque ellos han disfrutado de maestros auténticamente valiosos, que los hay, algo por lo que les felicito muy cordialmente.

Carlos, yo creo que tienes un concepto muy alto de los filósofos, de los profesores, o de los pensadores. ¿No será por eso por lo que te manifiestas en términos tan duros?

Podría ser, puesto que, como acabo de manifestar, hay no pocas personas que me lo reprochan, llegando a acusarme de no tener otro referente que el de mi propia subjetividad narcisista. Seguramente eso tendrá algún valor veritativo. Por otra parte, soy muy exigente, pues según mi opinión ser maestro es algo verdaderamente sagrado, lo cual contrasta con la laxitud de los planteamientos pedagógicos al uso. En todo caso, no sé si yo debería aflojar y aceptar que la mediocridad nos siga atenazando, recordemos que en este país estamos a la cola de Europa en matemáticas y en lingüística, aunque no deseo entrar en ese espinoso tema. Sea como fuere, nadie negará que los escalafones pedagógicos deberían sufrir un cambio radical. Al final, creo que lo único que puedo hacer es esforzarme por alcanzar cotas siempre mejores, pese a mi manifiesta mediocridad. Pero estos fallos posibles míos no deberían impedir que atendiésemos a otros considerandos para responder al sentido de esta entrevista.

¿No te parece que el atraso tiene mucho que ver con el exceso de presencia de lo religioso entre los pueblos y las naciones?

Yo lo veo precisamente al revés: los pueblos con religiones más grandes y creativas, pensemos en la fenicia, griega, romana, han tenido religiosidades populares más culturógenas y capaces de movilizar popularmente. Manifestaciones religiosas populares las ha habido siempre, las culturas antiguas entierran a los muertos con ritos funerarios, exorcizan a los espíritus en que creen, elevan preces benéficas o damnatorias contra el enemigo, o en favor de la lluvia, a modo de ritos panúrgicos universales.

Por otra parte, no me resisto a decir que la burda idea de que la religión es el opio del pueblo ha resultado incapaz de mantenerse; más aún cuando se ha intentado imponer la cultura antirreligiosa y atea quien más problemas dogmáticos en su propio interior ha tenido ha sido el inquisidor, emperador, dictador, caudillo, etc. La religión civil propugnada por pensadores como Rousseau, o incluso como Hegel, sí han hecho mucho daño por medio de sus intelectuales académicos domesticados, de sus ejércitos, de sus leyes, y de sus aparatos ideológicos de propaganda. No hace falta ser anarquista, como en efecto lo soy, para pensar como pienso. Del Estado, ni su religión, ni sus popes, ni sus ritos, ni sus mitos.

Para finalizar, no me sentiría cómodo si no añadiese que sólo una persona inculta puede hablar con términos incultos respecto del hecho religioso. Dejemos, por lo tanto, todos de incendiar los arcanos sagrados y cultivemos las dimensiones más constructivas de las creencias, siempre y cuando no dañen al ser humano. Todo lo que dañe al ser humano, creyente, dubitante o increyente, es sectario, hijo de secta y padre de sectarismo, mereciendo el fuego purificador.

Has criticado a la academia y defendido el hecho religioso, ¿crees que aún estamos a tiempo de reganar aquella vieja cultura popular militante?

He criticado en efecto, la academia como fábrica de puestos de trabajo endogámicamente establecidas, aunque jamás he defendido formas cerriles y sectarias de religiosidad. Así que mi respuesta por la cultura popular se desprende lamentablemente de mis afirmaciones anteriores. En efecto, ¿de dónde iba a salir un pueblo ágil, propositivo, emprendedor, entusiasta, generoso, con una escuela muerta, con un Estado matador, y con una cultura tan aburrida que ahuyenta incluso a los escolares de los centros educativos que deberían formarles? ¿Y cómo podría emanar un pueblo sano a partir de unas enseñanzas religiosas sobadas y sin vida que han logrado hacer contra sí mismas más incluso que sus más acérrimos enemigos?

Por otra parte, no creo que del pueblo estén salido hombres aquellos tribunos como Menenio Agripa o Quintio Cincinatti que hayan profundizado especialmente para intentar devolver al pueblo lo que es del pueblo, comenzando por su dignidad. Desafortunadamente veo por doquier a un pueblo consumista y amamantado por el Estado del que están saliendo y han salido personajes cuya única pasión ha sido la de redimirse del arado, lograr una posición acomodada, y seguir luego con la misma actitud existencial que tenían en sus vidas privadas, un empujoncito más y al poder, no tanto para engañar a la gente, sino porque el poder le engaña a uno para que engañe a la gente. A veces miro con simpatía a Espartaco. Ay, el anarquismo tan amado.

Nada de esto impide que el nivel tecnocientífico escolar se haya elevado, como no podía ser menos en el siglo XXI. Por lo que se refiere al saber, el ingeniero posee más técnicas para construir puentes o carreteras, también el neurocirujano tiene conocimientos para operar de los cuales el lego carece. Ahora bien, la equidad de su uso social es más bien triste.

Así las cosas, Carlos, ¿por qué lo culinario se convierte en un rito cultual universal que se eleva a canon teórico?

Cuando el diablo no tiene que hacer, con el rabo mata moscas…

Carlos: yo ahora no sé más de lo que los emigrantes sabían en la época de los 60….

Emigraron porque no había trabajo para ellos en España, y porque tampoco sabían latín, sólo tenían sus manos para trabajar. Yo viví intensísimamente las luchas de la emigración en esa época en Alemania junto a mi maestro Marcelino Legido, y he dejado cuenta de ello en no pocos libros, que hoy muy pocos entenderían porque se carece de aquel espíritu místico y escatológico de la militancia. Después de aquella época no he vuelto a sentir ese pálpito ni ese hálito en casi nadie. ¿Luchaban porque albergaban esos sentimientos, o albergaban esos sentimientos porque luchaban? La respuesta no es o….o, sino y….y. Lo que nunca he sabido es por qué cambia la vitalidad de los pueblos hasta el punto de resultar incomprensible a la generación siguiente. Lo único que mi avellanado caletre puede constatar es que el ser humano es un miriaedro inabarcable y misterioso, a pesar de que algunos de sus comportamientos puedan ser explicados con la linterna de la sociología primero, y de la patología espiritual después.

Carlos, cuando estás sesenta años trabajando y ves a los superficiales buscar la disputa por la disputa, como gallitos en pelea, y no el amor a la verdad y a la vida ¿qué sientes?

Siento que no tengo derecho a arrojar sobre ellos la primera piedra, pues el mal hábito académico sigue presente en mí, animal polémico que a veces no dudaría en eventrar al enemigo dialéctico, e incluso que daría medio brazo por una frase paradigmática que pasara a la historia bajo mi acervo. Acerbo acervo. Ciertamente, cuando me descuido me sale ese supremacismo mío del que reniego, propio de quien cree saberlo todo mejor que nadie, y que le permite como perro viejo ladrar sentado. Lo siento. No sé si me darán los días que me queden para superarlo.

Afortunadamente no he hecho kilómetros de moqueta, ni siquiera cien metros, pues siempre he tenido una pata fuera de la Academia: he sudado tinta en la editorial obrera católica Zyx, en el movimiento obrero, en el Instituto Emmanuel Mounier, en Latinoamérica entre los más desgraciados, y sobre todo soy el amor con que he sido amado por amigos maravillosos. Por eso no puedo decir como los académicos “yo soy escéptico”, sino tan sólo “soy filósofo”, amo la sabiduría y el precio que por ella haya que pagar.

Carlos,¿ para qué tantas escuelas, si no se enseña en ellas a vivir?

No soy partidario de la desescolarización, pese a todo; es necesario que exista una institución especializada en enseñar ciertos saberes que solo pueden enseñarse allí, a condición de que en ellas se enseñe bien.

¿Y no te parece lo mismo de la familia al uso, que es un egoísmo de la sangre?

Creo que la familia es un necesario e imprescindible núcleo de socialización en el que se debe enseñar a vivir con valores y virtudes personalistas y comunitarias. Cuando esto no se produce, cuando ella enseña lo que no se debe enseñar y no enseña lo que debe enseñarse, podríamos decir que la familia ha fallado estrepitosamente. Requiem.

¿No crees, Carlos, que nos están faltando virtudes, maestros de vida, ejemplos luminosos, gente que cree y procura llevar a cabo lo que cree?

No puedo estar más de acuerdo: la gente no cree en, tan sólo cree que y de resultas de ello hace como que. Fíjate, mi madre era maestra nacional, daba clase en lo que por aquel entonces se denominaba escuela cagona, una unitaria de niños y niñas de las más cortas edades, con una ratio aproximada de cien alumnitos y alumnitas por aula, y tenía una auxiliar pagada por el Ayuntamiento encargada de quitar la caca a los niños y niñas a veces aún incontinentes. En esa escuela yo mismo fui uno de sus alumnos, sin ningún privilegio. Mi madre, una maestra de corazón con la vocación infinita que no pocos maestros y maestras de entonces tenían, vivía para la escuela de la cual era auténtica alma mater. Después de la clase tenía todavía la paciencia y el amor suficientes para recoger todos los cuadernos y subírselos a casa, y lo primero que hacía era darle la vuelta a todos los picos de las hojas, porque los niños colocamos los picos hacia arriba, los enderezaba poniendo unos clips en las puntas de las libretas y luego, restaurados también los garabatos con colores, cansada y feliz, dejaba la tarea preparada para el ansiado día siguiente. El premio: su realización como persona.

Pues muchas gracias, Carlos, ha sido un placer. No me cabe la menor duda de que eres en todo eso la verdadera efigie de tu madre.