O Dios es necio y nosotros sabios, o Dios es sabio y nosotros necios - Francisco Cano

23. T.O. 2022 C. Lc 14,25-33

“Quien no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”

Proyecto de vida no aceptable para la mayoría de los hombres y mujeres del planeta Tierra. El evangelio es tan real que nos dice que nos paremos a reflexionar, a examinar si tenemos medios y fuerzas para emprender y lograr lo que se pide al seguidor de Jesús.

Jesús llama, antes de tomar una decisión, a la reflexión madura. Es evidente que para ser discípulos de Jesús tenemos que saber lo que queremos, lo que pretendemos y con qué medios queremos trabajar. No se puede actuar de manera inconsciente. Jesús nos ofrece un lenguaje realista y humilde que invita a sus discípulos a ser fermento en medio del pueblo, o un puñado de sal que pone sabor nuevo a la vida de las personas.

El evangelio nos muestra que seguir a Jesús es hacer frente a los adversarios, enfrentarse con los adversarios del reino de Dios y su justicia. Luchar a favor del reino de Dios no es posible de cualquier manera, se necesita lucidez, responsabilidad, decisión. Y esto es lo que hacemos los seguidores de Jesús: sentarnos y dialogar, meditar, debatir, reflexionar, de lo contrario el proyecto cristiano puede quedar inacabado.

¿Cuál es el problema? Nuestros ídolos privados.

En el clima en el que vivimos hoy, este lenguaje de Jesús resulta escandaloso, porque Jesús pide la adhesión radical a su persona, y por tanto hemos de subordinarlo todo al seguimiento incondicional.

¡Ah! Y no se trata de un consejo evangélico para un grupo de cristianos selectos. Es condición indispensable de todo discípulo: “El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”.

Todos queremos ser libres, pero en el fondo el ser humano parece condenado a ser esclavo de sus ídolos, porque nos pasamos la vida buscando algo que responda a nuestras aspiraciones y deseos más fundamentales. Sí, cada uno de nosotros buscamos un dios para vivir, queremos ser libres y autónomos, pero no podemos vivir sin entregarnos a algún ídolo: dinero, éxito, poder, prestigio, sexo, tranquilidad, felicidad a toda costa.

Tenemos cada uno de nosotros un ídolo privado al que damos culto, y nos rendimos a él. Pero la invitación de Jesús es provocativa, y sólo hay un camino para crecer en libertad, y sólo lo conocen los que se atreven a seguir a Jesús incondicionalmente, colaborando en el proyecto del Padre: construir un mundo justo y digno para todos.

Y algo más: llevar la cruz, pero Jesús no es un asceta, no invita a una vida mortificada, el evangelio no habla de las contrariedades de la vida, ni de los sufrimientos naturales. El evangelio no habla de esto; la crucifixión de Jesús ha sido la consecuencia de la obediencia absoluta al Padre, de donde sale la fuerza de su lucha contra todo sufrimiento. Esta ha sido su cruz: verse rechazado como culpable ante todos por su fidelidad al Padre y su amor liberador a los hombres. Rechazado por su mismo pueblo, por sus amigos y hasta por sus familiares.

Hay quienes van por la vida como víctimas y viven compadeciéndose de sí mismos. Éstos necesitan mostrar sus penas a todo el mundo: “Mirad qué desgraciado soy”, “ved cómo me maltrata la vida”. Estas personas no maduran nunca.

El cristiano no ama ni busca el sufrimiento, no lo quiere ni para los demás ni para sí mismo, y no sólo esto, sino que lucha con todas sus fuerzas para arrancarlo del corazón. Pero, cuando es inevitable, sabe llevar la cruz en comunión con el Crucificado y ve en el sufrimiento una experiencia en la que, unido a Jesús, puede vivir su realidad más auténtica, porque nos hace vivir con confianza y en comunión con Dios y con los que sufren.

En resumen, el pecado es buscar egoístamente la propia felicidad, rompiendo con Dios y con los demás. Esta es la pura verdad.

Llevar la cruz en comunión con el Crucificado es exactamente lo contrario: abrirse confiadamente al Padre y solidarizarse con los hermanos en la ausencia de felicidad.

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