Sobre el desarrollo de las facultades intelectuales y morales según Charles Darwin - Carlos Díaz

Siempre me ha gustado leer directamente a los autores mucho más que a sus comentaristas. Por lo general existen dos clases de comentaristas, los unos son los hermeneutas o intérpretes serios, que saben de qué va la cosa, cuyas versiones resultan interesantes e inevitablemente diferentes entre sí, y los otros los repetidores y plagiarios, los cuales, a base de regurgitar y ser regurgitados por sus cuatro estómagos –sin trato con los textos originales– desfiguran por completo todo aquello a lo que dicen referirse, por lo que enseñan error y son fuente permanente de horror. Desgraciadamente, la mayor parte de las historias de la filosofía o del pensamiento en general operan con este último descaro.

No extrañará, pues, que, siendo muchos más los que repiten falsedad sobre falsedad, o sea, los que dicen que dicen sin haber leído a quien supuestamente dijo, uno no pare de llevarse las manos a la cabeza. Habituado a los escoliastas sin categoría y a los traductores sin capacidad, puede uno llegar a creer que está aprehendiendo cosas serias, pero sin duda alguna se equivoca. Tuvo que pasar tiempo hasta que pude darme cuenta de todo eso, y desde entonces no leo comentarios, y mucho menos cito lo no leído directamente. Nada de esto impide que los grandes hermeneutas nos enseñen, pero no porque sus interpretaciones de los clásicos sean objetivas y fieles, sino porque lo que ellos mismos enseñan es magistral.

En lo que a mí se refiere, la lectura directa de los textos, e incluso de sus márgenes, me ha llevado cada vez más sin proponérmelo a la condición de heterodoxo, aunque no es eso lo que deseo, pues destacar por decir cosas diferentes a las comunes puede también ser resultado de una necia estolidez. Como fuere, la lectoauditoría facilita toda esa magia mezcla de creatividad y truculencia. He leído, según creo, la obra entera de autores tan difíciles como Husserl o Hegel, y aunque me causa enorme tristeza constatar cómo la mayoría de los profes los manosea sin haberse acercado mínimamente a ellos ni una sola vez, no puedo evitar preguntarme si acaso la lectura directa de las fuentes que yo mismo llevo a cabo no será un disparate objetivo más, un enredo de mi cabeza, tan fatigada por pasarse sobre el duro banco del estudio tantas noches y tantas lunas de claro en claro y de turbio en turbio. Tengo los codos despellejados, descarnados, en carne viva, si bien no pretendo garantías de objetividad por algo tan cruel.

Dicho lo cual, vayamos con algunas cuestiones de entre las muchas contenidas en el capítulo quinto de El origen del hombre de Charles Darwin:

a) «Sucede otro tanto, en lo que Mr. Wallace ha insistido con justicia, con respecto a las facultades morales e intelectuales del hombre, de condición variable y, según nos inclinamos a creer, con grandes tendencias a ser hereditarias; de lo cual se sigue que, si en un principio fueron de importancia para los hombres primitivos y sus progenitores, la selección natural debió perfeccionarlas y adelantarlas»1.

Lejos de la brutalidad de quienes aún se enojan por lo que Darwin dijo o dejó de decir («usted procederá de un mono procaz, yo soy hijo de un obispo episcopaliano»), lo primero que yo siento ante sus propios textos es una educada timidez, cuyos respetuosos titubeos llegan amortiguados a mis oídos, pues lectura es semisuma de vista y oído, y eso lo saben muy bien los mejores toreros. Esta delicada modestia vale tanto más cuanto más fundada está en el estudio, y quien lo desee comprobar no tiene más que fijarse en la cantidad de notas repletas de citas sobre la bibliografía de los científicos a los que se refiere nuestro autor. En eso, nobleza obliga reconocerlo, quizá los anglosajones hayan sido desde siempre un modelo con respecto a quienes miden la profundidad de sus palabras con el ensordecedor incremento de sus decibelios, es decir, «entrando fuerte y porque se puede».

b) «Aumentándose de día en día las facultades de racionar y prever los sucesos, cada hombre se convenció bien pronto de que, ayudando a sus compañeros, los obligaba a pagarle después en igual moneda sus servicios. Motivo leve, sí, pero que fue suficiente para que se fuera adquiriendo el hábito de ayudar a los compañeros, y de ejecutar acciones que ganasen su benevolencia, robusteciéndose con ello los sentimientos de simpatía que son el primer impulso para ejecutar buenas acciones. Además de esto, los hábitos seguidos durante muchas generaciones.

»Cuando compitieren entre sí, si en otras cualidades hubiera paridad, la victoria estaría de parte de la compuesta por individuos más valerosos, más simpáticos y fieles, dispuestos siempre a avisarse mutuamente de los peligros, y a defenderse y ayudarse». «Mutuamente se ayudaron los hombres unos a otros»2. Y, leído esto, me escandaliza leer que en el sanguinario Darwin sólo existe la lucha por la vida, supuesta causa de la selección natural de las especies, y a su vez de la supervivencia de los más brutos, pues –sin dejar de reconocer la lucha entre los individuos, algo muy evidente– Charles Darwin asegura que la victoria está en el apoyo mutuo en el interior de los beligerantes, tal y como también lo defendió el anarquista Pedro Kropotkin, a quien suele presentarse como su antítesis dialéctica, y eso por tampoco haber leído a Kropotkin, que en su célebre Apoyo mutuo no es un querubín que se chupe el dedo.

c) La virtud principal de las afirmaciones de Darwin es la generosidad: «Es sumamente dudoso que de los padres más simpáticos y benévolos, o de aquellos que fuesen más fieles para con sus compañeros, haya resultado mayor descendencia que de los padre egoístas. Si el individuo generoso estuvo siempre dispuesto a sacrificar su vida antes que hacer traición a sus camaradas, es fácil que pierda la vida sin dejar herederos de su noble conducta y naturaleza; los hombres más bravos que por el mismo motivo quisieren siempre ponerse al frente en los combates, exponiendo liberalmente sus vidas por salvar las de los otros, perecerían por término medio en mayor número que los otros hombres»3. Nunca dice Darwin que los mejores se reproduzcan más, pero no niega que son los superiores moral y cognitivamente. ¿De dónde vienen, pues, las acusaciones de pesimismo lanzadas contra el padre del evolucionismo? Vencerán los más brutos, pero no convencerán.

d) Junto a la simpatía como factor de apoyo mutuo sitúa Darwin la alabanza: «Otro estímulo más influyente en el desarrollo de las virtudes sociales es el que nace de la alabanza de nuestros compañeros. Al instinto de simpatía se debe principalmente que tributemos por hábito a nuestros semejantes alabanzas o censuras por sus acciones, queriendo todos que se nos tributen las primeras y no merecer las segundas, en virtud de un instinto desde el principio adquirido, como todos los demás instintos sociales, por selección natural. Incluso los salvajes tienen vergüenza cuando infringen algunas de sus reglas, por ridículas que parezcan, y por consiguiente, remordimientos»4.

e) «Finalmente, nuestro sentido moral o conciencia es un elevado y completo sentimiento nacido de los sentimientos sociales, fuertemente guiado por la aprobación de nuestros semejantes, regulado por la razón y el amor propio, y en los últimos tiempos por profundos sentimientos religiosos apoyados en el hábito y la instrucción. Conviene no olvidar que, aunque un elevado grado de moralidad no proporciona a cada individuo y sus hijos sino ventajas muy ligeras o casi nulas sobre los otros hombres de la misma tribu, con todo, cualquier aumento en el número de los hombres que tengan buenas cualidades morales, tienen necesariamente que proporcionar a su tribu inmensas ventajas sobre las otras. La tribu que encerrase muchos miembros que, en virtud de poseer en alto grado el espíritu de patriotismo, fidelidad, obediencia, valor y simpatía, estuviesen siempre dispuestos a ayudarse unos a otros y a sacrificarse a sí propios por el bien de todos, saldría victoriosa en cualquier lucha: he aquí una selección natural. En todo tiempo ha habido tribus que suplanten a las otras; y siendo la moralidad un elemento importante para el éxito de sus empresas, no cabe duda de que cuanto más y más morales sean los miembros de una tribu, tanto mayores serán sus tendencias a medrar y crecer»5.

¿Dónde está el ‘monstruo’ que, en 1871, en lugar de estar guerreando con las escuadras británicas, estaba escribiendo The Descent of Man, and Selection in Relation to Sex aportando novedades memorables para la humanidad?

1 Ibi, p. 172.

2 Darwin, Ch: El origen del hombre. Ed. Diana, México, 1969, p, 172..

3 Ibi, pp. 175-176.

4 Ibi, pp. 176-177.

5 Ibi, pp. 178-179.