Louise Michel, la virgen roja - Carlos Díaz

«Una noche, cuenta Emma Goldman, me sorprendió la visita de varios reporteros: “El presidente acaba de morir”, me anunciaron. “¿Qué opina? ¿No lo siente?” –“¿Es posible, pregunté, que en todos los estados Unidos sólo el presidente haya muerto hoy? Muchos otros habrán muerto al mismo tiempo, quizá en la pobreza y la miseria, dejando a personas sin recursos tras ellos. ¿Por qué creen ustedes que deba lamentar más la muerte de McKinley que la del resto? Mi compasión ha estado siempre con los vivos, los muertos ya no la necesitan”»1. El patriotismo es el último recurso de los canallas porque prefiere el mejor equipamiento para el ejercicio de matar personas, antes que el de fabricar artículos de primera necesidad como calzado, ropa y casas para todos, un oficio que garantiza mayores beneficios y mayor gloria que el del honesto trabajador, cuya muerte se desprecia.

Pero había otra manera de vivir y de morir: «Louise Michel era huesuda, estaba demacrada y parecía más vieja de lo que era en realidad. En las barricadas de la Comuna de París, Louise eligió los puestos más peligrosos, y luego ante el tribunal exigió la misma pena con la que fueron castigados sus compañeros, despreciando la clemencia del tribunal en relación con su sexo. La burguesía parisina no se atrevió a matarla, y prefirieron condenarla a una muerte lenta en Nueva Caledonia. Pero no habían contado con la fortaleza de Louise Michel, con su devoción y capacidad de consagración a sus compañeros de desgracia. En Nueva Caledonia se convirtió en la esperanza de los deportados, en la enfermedad cuidaba sus cuerpos, en la depresión animaba sus almas. La amnistía de los Comuneros trajo de vuelta a Francia a Louise y a los otros, encontrándose con que era el ídolo de las masas francesas, que la adoraban como su Mère Louise, bien aimée. Al poco de su retorno del destierro, Louise encabezó una manifestación de parados en la Explanada de los Inválidos. Había miles sin trabajo desde hacía tiempo y estaban hambrientos y Louise dirigió la marcha hacia las panaderías, por lo que fue arrestada y condenada a cinco años de prisión. Ante el tribunal defendió el derecho de los hambrientos al pan, aunque tuvieran que robarlo. No fue la sentencia, sino la pérdida de su madre, a la que amaba muchísimo, lo que resultó el más duro golpe durante el juicio. Louise declaró que no tenía nada más por lo que vivir, excepto la revolución. En 1886 Louise fue indultada, pero se negó a aceptar favores del Estado, por eso tuvieron que sacarla por la fuerza de la prisión para ponerla en libertad.

»Durante un gran mitin en Le Havre, alguien disparó dos tiros a Louise mientras se hallaba en la plataforma hablando. Una bala la atravesó el sombrero, y la otra le dio detrás de la oreja. Durante la operación no se quejó lo más mínimo. Sólo se lamentaba de que sus pobres animales estuvieran solos y de que su regreso causaría inconvenientes a la amiga que la esperaba. Louise, además, hizo cuanto pudo por que su agresor no fuera encarcelado, y ella misma apareció en el tribunal para rogar al juez en su favor, pues la conmovió especialmente que la hija del hombre quedara sin su padre. La postura de Louise influyó incluso a su fanático asaltante.

»Más tarde, Louise, que tenía intención de participar en una gran huelga en Viena, fue arrestada en la estación de Lyon cuando estaba a punto de subir al tren. El jefe de la masacre de los trabajadores de Fourmies vio en Louise a la formidable fuerza que había intentado aplastar repetidas veces, exigiendo que fuera trasladada de la cárcel e ingresada en un manicomio, aduciendo que estaba trastornada y era peligrosa. Fue eso lo que indujo a sus compañeros a persuadirla de que se marchara a Inglaterra. Su vestido estaba raído, el gorro era viejísimo, todo lo que llevaba puesto le sentaba mal. Pero todo su ser estaba iluminado por una luz interior. Se sucumbía rápidamente al encanto de su radiante personalidad, tan irresistible por su fuerza, tan conmovedora por su sencillez infantil»2.

Los vulgares periódicos franceses continuaron pintándola como una bestia salvaje, como la Vierge Rouge, carente de encanto y rasgos femeninos. Qué extraña mujer, sólo empoderada para desempoderar a los del banco azul.

1 Goldman, E: Viviendo mi vida. Fundación Anselmo de Lorenzo, Madrid, 1996, p. 343.

2 Ibi, pp. 196-198.