Ulises criollo - Carlos Díaz

José Vasconcelos (1882-1958), el famoso político, filósofo, escritor, rector, pedagogo, etc., aspira –casi como Hegel respecto de la historia de la humanidad– a identificarse con cierta idea de México que él mismo crea o recrea en una de sus múltiples Memorias, la célebre Ulises criollo, elevando su propio destino a la categoría de un destino general. El Vasconcelos íntimo también se adhiere al destino general, pero sin proponérselo, casi a pesar suyo, y no por lo que lo distinga de los demás, sino precisamente por lo que lo asemeja a sus contemporáneos. Traigo aquí unos textos en parte hilarantes y en parte tristes, como la vida misma:

«Y en calidad de médico acudió a nuestra casa don Patricio Trueba, clínico famoso y a la vez director del Instituto. Más bien alto y grueso, con barba corta semicana y anteojos. Don Patricio era venerado por los estudiantes como ejemplo sobresaliente de sabiduría y de rectitud. Enciclopedista de viejo estilo, gozaba fama de poder reemplazar en sus faltas lo mismo al catedrático de matemáticas que al de historia. Durante mucho tiempo, la cultura de nuestras provincias no tuvo otro refugio que la devoción abnegada de unos cuantos varones ilustres que al margen de la política y del partidarismo aleccionarán a los jóvenes con el ejemplo a la vez que en la cátedra procuraban defender los más elementales valores contra la mentira de los hipócritas y el atropello del pretorianismo. Como médico, don Patricio hablaba poco, pero sabía dejar la impresión de que el enfermo tenía que sanar»1. Qué gran verdad.

«Una tarde me habló mi padre: estaba apesadumbrado, él tenía la culpa por no haberme llevado, como era su deber, a la tumba de mi madre, pero le dolían tanto semejantes situaciones, que prefería evitarlas; “ahora veía que había hecho mal”, decía, pues un conocido le informó de que había visto en el cementerio mis flores y deseaba advertirme: “no era esa la tumba, sino precisamente la de al lado”… Si yo quería, me acompañaría para mostrármela, pero no era necesario; yo encontraría las flores ya cambiadas. Resulta imposible expresar el disgusto que me produjo mi engaño. No sólo el destino había cambiado a mi madre en los últimos días; también ahora el azar escamoteaba sus restos. Lo más curioso es que yo ya no sentía por la tumba auténtica la misma ternura lúcida que ante la falsa. Flores, oraciones y lágrimas, imposible revivir momentos que fueron únicos. No era rito de piedad filial lo que me había llevado a aquel pedazo de tierra, sino pasión desesperada que arde y no vuelve. Lo que hice después tuvo ya mucho de rito. Una vez más limpiar de yerba, renovar las flores, en fin, ¿a qué continuar un relato de lo que tantos han padecido también? Volvía mi madre a tener razón: para no caer en engaños “prescinde de poner odio ni amor en lo que cambia y perece”… Sin embargo, cuesta dolor tomarlas en el momento vivo»2. Qué gran lección: aprender de las tumbas ya sin ellas.

«Estudió conmigo otro compañero ya desde entonces famoso: Luciano Wicchers, hijo de veracruzana y de banquero judío. Por astucia de poderoso no le había enviado su padre a Mascarones con los ricos, sino a jurisprudencia con los pobres. ¿Para que aprendiese a defenderse de ellos? Paseando el corredor revisábamos no sé qué textos. Llevaba Wicchers zapatos nuevos y fue a tropezar con un ladrillo flojo del piso. Inmediatamente interrumpió la marcha y, subiendo el pie a una banca, se puso a pulir con saliva un leve rasguño de la puntera del calzado. Increpaba al mismo tiempo su torpeza, y en seguida explicó: “¿Y usted estará pensando que qué puede importarme a mí, hijo de millonario, un raspón en la punta de un zapato? Es claro, no es el dinero, no pienso dejar de usarlo porque se ha raspado; lo que me duele es causarlo en algo que es mi propiedad”. –“Vaya, le contesté bromeando, no presuma usted de Shylock”. –“¡Qué Shylock ni qué literatura –repuso–, si lo judío lo llevo en la sangre!” Y rectificó: “judío de la banca, se entiende”. A propósito de la teoría de los contratos, comentaba que su padre era tan honrado, que antes se pegaría un tiro que faltar a compromisos por él firmados: “Eso sí –agregaba– mi padre no firma jamás un contrato en que no estén de su parte todas las ventajas”»3. Insuperable descripción del tenedor burgués, poseído por lo que posee, y que tanto me recuerda a otros textos de Mounier.

Se ha caracterizado a Vasconcelos entre los escritores que escriben mal, pero no lo creo; en cualquier caso, es un maestro pese a su cambio de ideas al final de su vida: «Vasconcelos tenía para nosotros el prestigio de un mito; pero no hubiera podido ser nuestro maestro, porque no le gustaba ser maestro. Hay en el fondo de Vasconcelos algo hermético, incomunicable: respira mejor en una atmósfera de aislamiento y soledad. En él, además de un resorte de rebeldía y desconcierto, actúa fuera de toda previsión. Hay que seguirle a ciegas, y ése no es modo de enseñar ni de aprender. Tiene la impaciencia del pormenor, el desdén de lo objetivo, quiere deshacer las fuerzas organizadas de la historia en el huracán ciego del mito. Es luminoso y errático como un cohete. Cuando lo conocimos nos causó una gran impresión. Su fondo de bondad se sentía como un clima cordial. Nos conmovía cuando, acallando algunas de sus más firmes convicciones, nos daba la razón. Nos sorprendía cuando, habiendo condescendido nosotros con su modo de pensar último, una mañana se contradecía y nos contradecía. Nos dejaba perplejos que, a veces, defendiera con tanto calor opiniones que nos parecían tan equivocadas; pero nuestra perplejidad crecía cuando sobre nuestras réplicas acumulaba opiniones que juzgábamos todavía más erradas que la primera, y al fin nos enmudecía una cordial indignación cuando remataba con una afirmación que le parecía tan obvia y que nos sonaba al mayor disparate del mundo. Pero lo extraordinariamente curioso es que en ese disparate había un secreto parentesco con la verdad, con una verdad no sé si de un mundo torcido, extraño, descompuesto, o de un mundo sublimado o de mejor esencia que el nuestro. Pero al fin nos acostumbramos a quererle a pesar de no compartir sus opiniones. Y esta creo que es la actitud de nuestra generación hacia Vasconcelos. En las generaciones posteriores, la actitud fue más violenta; los admiradores indiscretos, los discípulos apasionados de los primeros momentos, acabaron negando al maestro con una fuerza que era la de la misma vieja admiración orientada en sentido contrario»4.

A mí me ocurre lo mismo con Vasconcelos. ¡Y cómo hubiera deseado tenerlo por maestro!

1 Vasconcelos, J: Ulises criollo. FCE, México, 2000, p. 123.

2 Ibi, pp. 164-165.

3 Ibi, pp. 250-251.

4 Castro, A: El escritor, un maestro imposible. En Vasconcelos, J: Ulises criollo. FCE, México, 2000, pp. 860-861.